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Se puede llegar a la fama por caminos manipulados, el fraude científico asedia a la ciencia pura

12/07/2017 12:40 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

El fraude científico es la distorsión intencionada del proceso investigador. Es decir, “mentir descaradamente". Los casos más grave son:la fabricación que conlleva la creación de datos inexactos; la falsificación que es la manipulación de datos verdaderos y el plagio, robo de ideas

Estamos enamorados de la ciencia: colados, prendados, totalmente seducidos. Según las 'Encuestas de la Percepción Social de la Ciencia', cuanto más científica es una profesión, más respeto social acumula. Es lógico, pese a sus pequeños fallos, que las manías y las bombas nucleares, han dado al sabio un mundo que nunca habría soñado tener. Pero como demuestran todas las series sobre institutos científicos, el amor está indeleblemente unido a la traición y el engaño, también en la ciencia. 

Hablar de fraude científico puede parecer un tema menor, un tipo de 'dopaje académico' que sólo afecta a los investigadores y a los aficionados a la divulgación científica. Pero es algo más serio. No se debe olvidar que  muchos consideran que el renacimiento actual del "movimiento antivacunas" fue un fraude científico cuya causa tardaron 12 años en descubrirse: el estudio que Andrew Wakefield publicó en 1998 relacionando la vacuna de la triple vírica con el autismo.

El fraude científico es la distorsión intencionada del proceso investigador. Es decir, “mentir como bellacos” : Sección Ciencia". Con esta etiqueta nos referimos a los casos más graves: fabricación, falsificación y plagio.

La fabricación conlleva la creación de datos falsos, la falsificación se refiere a la manipulación en uno u otro sentido de datos verdaderos y el plagio, hacer pasar un trabajo ajeno (o fragmentos de él) como propio. El plagio es el robo de ideas y conquistas ajenas.

Aunque el fraude es el mayor pecado capital también se usa el concepto más amplio de 'mala praxis científica' (scientific misconduct) que incluye prácticas como el uso de escritores (y analistas de datos fantasmas), la manipulación de los índices de impacto, la violación de los principios éticos (sean experimentos humanos o animales) y la no publicación (o directamente ocultamiento) de resultados relevantes falsificados.

Medir el fraude es complejo. La distinción entre error y engaño no es evidente: un científico al que "han pillado con las manos en la masa", siempre pueden recurrir a la 'equivocación' o al 'yo-no-sabía-nada'. En definitiva, salvo defraudadores en serie muy descarados o denuncias directas de colaboradores, en el fraude científico se suele pillar antes al cojo que al mentiroso.

Por eso, las estimaciones varían muchísimo. En Estados Unidos, hay un fiasco claro entre el 0'001%, según los datos del Gobierno, y el 10-20% de 'serias deficiencias' detectadas por la FDA ( Food and Drug Administration) americana, entre el 1977 y 1990. Llegaron a ser condenados por mala praxis sólo un 2% de los investigadores clínicos supervisados por dicha agencia federal.

Y otros indicadores que suelen usarse son los artículos retirados de revistas científicas, lo que nos situarían entre el 0'02% y el 1%.

Es un tema difícil de medir, en el que existen grandes intereses y donde hay muchos indicadores distintos que nos ofrecen cifras muy dispares. Lo que quiere decir que nadie sabe nada en el lenguaje más técnico.

Para dar más claridad al asunto, Daniele Fanelli sacó la artillería pesada : el metaanálisis. Una estrategia: como pasa con las encuestas electorales, cada estudio científico tiene sus fallos, sus problemas de muestreo, sus sesgos y sus aciertos. Y a la estrategia más razonable de la manipulación se le llama 'metanálisis". Se eligen todos los estudios, se les compara, se depuran fallos y sobre todo se hacen brillar los aciertos. Para eso, Fanelli recogió todas las encuestas que se habían hecho sobre el fraude científico (unas 18 que trataban fundamentalmente sobre fabricación y falsificación) y las metaanalizó para ver qué podía sacar.

Al responder por su propia conducta científica, un 1, 97% de los científicos reconocieron haber fabricado o falsificado datos al menos una vez y un 33, 7% reconocieron haber realizado algún otro tipo de práctica dudosa. Pero si se les preguntaba por la conducta de sus colegas, las cifras ascendían a un 14, 12% y 72% respectivamente. Es curioso, que en España hay personas de la profesión que hace de todo (incluido los fraudes científicos) y son muy hábiles en el “efecto viga-en-ojo-ajeno”. 

En el estado español, como decía un crítico famoso, "no lidera el ranking mundial de investigadores fraudulentos; no obstante, empezamos a contar con alguna figura de renombre internacional". El lado negativo es que esto se debe más al infradesarrollo científico de España que a otros factores dignos de orgullo.

Habrá que aclarar que el fraude científico no es algo nuevo. En 1702, William Charlton mandó una mariposa (la Papilio ecclipsis) a James Petiver, uno de los primeros grandes entomólogos ingleses, y éste la dio por auténtica. Pasaron 91 años, hasta que Fabricius se dio cuenta que el descubrimiento de la nueva especie era un fraude. Se trataba de la muy común Gonepteryx rhamni, a la que Charlton había  pintado puntos negros en las alas.

En 1830, Charles Babbage publicó sus "Reflexiones sobre el Declive de la Ciencia en Inglaterra y algunas de sus causas". En él, aunque hay quien piensa que su mayor motivación era personal, ajusta cuentas con el establishment científico de la época y hace un repaso muy jugoso de la situación del momento con frases que podrían haber sido escritas hace un cuarto de hora.

Pese a que no es un fenómeno moderno, parece cierto que en los últimos 40 años el fraude científico ha aumentado (y con él la atención mediática y la preocupación política).

Hwang Woo-Suk dijo haber sido el primer científico en clonar un embrión humano; Joachim Boldt falsificó más de 90 artículos; la revista National Geographic dijo haber encontrado al Archaeoraptor, el eslabón perdido entre las aves y los dinosaurios. Marcial Losada publicó unos delirantes análisis sobre la felicidad que, eran semiplagios.

Se podrían dedicar un post a repasar solo los fraudes científicos más raros y sorprendentes. Sin ir más lejos, en España, quizá el caso más llamativo fue el de Jesús Ángel Lemus, un veterinario que colaboraba con el CSIC y que se inventó 24 artículos científicos entre 2007 y 2011. Lemus, tras ser cazado por sus propios compañeros, declaró a El País que "hay mucha presión por publicar".

Hendrik Schön(2002), físico alemán de Laboratorios Bells, publicó en Nature & Science una serie de innovaciones nanotecnologicas fraudulentas anunciando que era posible crear transistores de tamaño molecular,   un gran avance en computación y  comunicaciones. Un comité de científicos de Bell Labs dictaminó que había destruido información para sustituirla por falsificaciones bien combinadas con algunos datos auténticos. Schön alegó que todo había sido una confusión. A Bell Labs no le fue posible probar aquel embrollo. Los editores de Nature & Science tuvieron que pedir disculpas, pero tampoco intentaron perseguirle judicialmente.

Jon Sudbo (2006), médico sueco de la Universidad de Oslo. Sus investigaciones versaban sobre los efectos del tabaco en el cáncer bucal. Su trabajo más destacado fue publicado en The Lancet, la revista más prestigiosa de medicina científica de habla inglesa. Su abogado declaró que el investigador reconoció que, ese artículo y otros de sus trabajos se basaban en información muy inexacta sin base científica.

Existen grandes intereses y muchos indicadores distintos que nos ofrecen cifras muy dispares. Lo que quiere decir que nadie sabe nada del volumen del fraude científico

La clave del fraude reside en que, según parece, los científicos son también personas. Y las personas responden a incentivos y consecuencias. Las decisiones de los científicos sobre qué investigar, qué métodos usar, cuándo aceptar una teoría y cuándo rechazarla o cómo interpretar un experimento no ocurren en el vacío, no son neutrales pero tampoco son inocentes.

Sydney Brenner, Nobel de medicina en 2002, reflexionaba hace unos años sobre que dejar la ciencia a los científicos había provocado una deriva del sistema académico que estaba destruyendo las bases de la ciencia.

La imagen de los científicos suele ser la de 'buscadores de la verdad', pero, si lo pensamos un poco, veremos que en realidad los científicos buscan un montón de cosas más. Buscan dinero, reconocimiento, respeto, realización personal, seguridad y un largo etcétera. “Los científicos, a pesar de las polémicas investigaciones, son personas”.

Por eso, necesitamos una mayor implicación de la sociedad en el debate científico. En primer lugar, porque las sociedades democráticas tienen en sus manos decisiones muy importantes sobre cómo se organiza y desarrolla la ciencia.

Y, en segundo lugar, porque todos los que se dedican a ésta tienen claro que el éxito de la ciencia depende de la capacidad para alinear objetivos personales y colectivos y para lograr que la única forma de conseguir reconocimiento, poder y dinero en el mundo científico sea buscando la verdad. Y eso es algo que solo podemos lograr todos juntos.

Un listado que muestre a los investigadores con menos escrúpulos de la historia reciente, sería imposible y vano. Porque los ejemplos abarcarían muchos tomos y habría quien se aprovecharía de ellos para nuevos "inventos". Muchos personajes implicados en escándalos de gran magnitud  han trascendido del ámbito académico para llegar hasta las casas de los ciudadanos de a pie, como cualquiera. Y muchos son leyendas urbanas. Los autores más sonados y condecorados con el deshonroso honor de haberse convertido en los representantes de las estafas científicas más grandes del siglo, hasta se han hecho famosos. Lamentablemente. Y ese deporte de "saber engañar" hasta se ha puesto de moda en muchos ámbitos sensacionalistas. Sin embargo, y aunque resulta muy difícil medirlos, los casos de fraudes y errores menores sospechosamente involuntarios se tasan entre un 0.1% y un 1 % mientras que los casos de prácticas claramente fraudulentas o cuestionables pueden moverse entre un alarmante 15% y 60 %.

La aparición de estos casos de fraude doloso abre numerosos interrogantes sobre su extensión: ¿hasta qué punto el fraude está extendido como práctica entre los científicos?. ¿Son sólo una minoría quienes se embarcan en esa peligrosa aventura o, por el contrario, ha comenzado el pseudocientífico a contagiarse del engaño en la comunidad?. Eso introduce cierta perplejidad social ante el sistema científico. ¿Tiene éste mecanismos suficientes para descubrir todos los fraudes?. ¿Tienen los fraudes alguna consecuencia sobre la calidad del conocimiento científico?.

Las batas blancas infunden respeto y generan credibilidad sobre todo entre los que esperan un milagro. La sociedad occidental despliega su corazón y su mente por dos vías fundamentales. Por un lado, canaliza la emoción a través del arte o la religión. Sus inquietudes, sus miedos, sus esperanzas, se expresan mediante la literatura, el cine, la pintura, incluyendo entre muchos la religión, que trata de dar una explicación a los miedos más profundos del ser humano e intenta aliviarlos. Por otro lado, encontramos a la ciencia, que proyecta la parte racional del hombre, la desarrolla y la consuma en un concepto que ha logrado convertirse en seña de identidad de esta sociedad. La ciencia se entiende bien con la realidad. La mima, la observa, la comprende.

Razón y verdad son sinónimos más factibles que cualquier otra combinación posible. Lo subjetivo y lo objetivo pelean para alcanzar una posición dominante entre la sociedad y alzarse con el poder absoluto. Antaño, permanecíamos sometidos al oscurantismo y a la superstición. Hoy estamos sometidos al dictado de la ciencia, que para bien o para mal, tampoco es perfecta y genera sus propios problemas.

El desarrollo tecnocientífico posiciona a una sociedad en lo más alto del escalafón. Se puede decir que conforman una ecuación proporcional donde a más nivel de ciencia, conlleva más nivel económico y por ende, mayor nivel de bienestar para sus ciudadanos. Hemos aprendido a respetar al estamento científico porque hemos visto que gracias a sus aportes las cosas funcionan y evolucionan.

La realidad se pone de su parte y se deja diseccionar mansamente por sus bisturís teóricos y experimentales. Son los príncipes de la objetividad, sumamente apreciados y respetados por el resto de ciudadanos. La sociedad entera les rinde pleitesía y el mero hecho de ver una persona con bata blanca ya  produce confianza en la gente. Cualquier individuo que quiere darle trazas de veracidad a una afirmación solo tiene que colgarle la etiqueta de “científicamente probado”. Entonces una mayoría cree que es algo serio e inobjetable y los más creen a pie juntillas todo lo que la composición del producto promete. Sin embargo, este poderío tiene un precio. Como persona y como tal, el científico está sujeto a las tentaciones mundanas de la fama y el dinero. Y los científicos no son una excepción.     

¿Por qué hacen trampa los científicos?.  ¿Ganan con ello dinero, fama, poder?. Pues lo cierto es que la de científico no es precisamente una profesión muy bien pagada. Si alguien quiere ser rico no debe dedicarse a la ciencia. Lo normal en casi todos los países es que la vida del investigador científico pase por una larga y primera época de unos 10 o 15 años en la que los contratos precarios siguen a las becas y durante este tiempo los salarios son pequeños.

Finalmente  consiguen una plaza fija con un sueldo relativamente decente, pero más bajo del que se cobra en otros trabajos que requieren similar formación y dedicación menor. Por otro lado si los emolumentos económicos no son el premio, hay otras recompensas que los científicos esperan conseguir de su trabajo. Una de ellas sin duda importante es el prestigio, tanto entre la comunidad de sus pares como en la sociedad. Es de suponer que el deseo de aceptación por los demás y de ser popular es común a todas las personas, pero ese reconocimiento es un premio extra cuando todo depende de la habilidad personal para logarlo relacionada con cualidades heterogéneas difíciles de explicar. Es injusto pero algo tan importante como el conocimiento de la ciencia y el mundo por sí solas no abren caminos y a veces ni veredas.

La competencia es un elemento clave en la comunidad científica. Todos los miembros de esa comunidad participan de esa carrera. Se trata de demostrar que uno puede producir mayores resultados que el otro o el resto. Además, puesto que los recursos son limitados, aquellos que producen más y más originales resultados son los que consiguen más fondos y apoyos para promocionarse y lanzar sus ideas e inventos. La competencia empieza a operar para salir de la etapa de precariedad laboral, por la que han pasado todos los investigadores, y puedan ocupar una de las pocas plazas fijas que se ofrecen.

Y la única manera de llegar arriba consiste en publicar artículos en las revistas de más prestigio dedicadas a la ciencia, que pasan directamente a internet y promocionan una idea científica desde su nacimiento. El prestigio, la estabilidad laboral y el estatus de los investigadores científicos dependen, pues, de los medios escritos y de internet. Todo esto hace que exista una enorme presión por publicar.

Y el hacerlo en revistas de prestigio con elevado índice de impacto, implica elaborar productos muy originales que abran campos nuevos o que revolucionen el panorama científico. Saber explicarlo eficazmente después, no es tarea fácil. La labor de síntesis para que facilite el trabajo del científico es imprescindible.

Algunos científicos, desesperados ante fracasos continuados, se lanzan a la aventurada carrera de tratar de endosar material fraudulento con tal de subir en el ranking del número de publicaciones interesadas en sus trabajos y en el impacto de las mismas. Y el actuar a lo loco lleva al fraude.

Los fraudes son de tres tipos: la invención de datos, la manipulación de las fuentes de datos para hacer que los resultados obtenidos coincidan con las pretensiones del investigador y el tercero, y menos grave, el plagio del trabajo de otros.

 

 


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