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Batuque

17/03/2010 18:06 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Breve historia del amor entre un perro y un niño

Para todo hay una primera vez en la vida. Primer día de colegio, primera novia, primer paso, primer golpe al tratar de dar ese primer paso, y así podríamos seguir con todos los ejemplos que se nos ocurriera.

Esto trata de mi primer mascota. Tendría 5 o 6 años quizás cuando lo trajeron a casa. De talla chica tirando a mediano, pelambre hirsuta, edad y raza no muy bien definida; casi parecía un puerco-espín. Color crema esa pelambre que apenas dejaba ver sus ojos.

Esos si que impactaban. Contadas veces vi en mi vida la bondad y el cariño que trasmitían esos ojos. Si los ojos son el reflejo del alma, no es posible afirmar que los animales no la tienen y que me perdonen los teólogos de toda laya. Quien haya visto los ojos de mi perro, no podrá afirmarlo ya. Hablaba con la mirada, se comunicaba conmigo, quizás porque a esa edad, la sociedad no había manchado con sus podredumbres humanas mi alma en toda su virginidad infantil.

Y surgió el tema de su bautismo. Como en todo bautismo, no lo consultamos acerca de su apelativo. Y como había un perro de historieta exactamente igual a él, no solo en su físico, sino en la mirada pícara y bonachona, le cayó casi sin pensarlo, el mismo nombre: BATUQUE. Cumplidas las formalidades pertinentes, se lo comunicamos y parece que le gustó. Por lo menos eso parecía decir con su cola cuando se lo dijimos, BATUQUE. De ahí en más pasó a ser su identidad.

Así comenzó nuestra vida juntos. Nos acompañaba a todos lados. A hacerle los mandados a la vieja al boliche de la esquina, a jugar en el campito de enfrente, que era el lugar donde se desarrollaban la mayoría de nuestras correrías y aventuras de entonces. Le apasionaba hurgar en cuanta cueva encontraba en el piso. Nos enteramos después que en alguna rama de su árbol genealógico había existido un fox-terrier, raza que se usaba en la caza del zorro por su habilidad en excavar sus cuevas. Cuando veía un hueco en el suelo se despertaba su ADN y se olvidaba hasta de nosotros, persiguiendo su presunto zorro. Hasta que se cansaba y volvía al mundo real y a nuestro juegos compartidos. Que no concebíamos sin su presencia, participara o no en ellos.

En la cuadra de la vuelta de la esquina de casa, un vecino largaba a pastar sus patos, gansos y gallinas, que nosotros con su ayuda corríamos. Pasábamos así largos ratos divirtiéndonos con esa travesura infantil, que el también disfrutaba. Cumplido y poco exigente, comía lo que había sin preguntar ni hacerse el exquisito. Si era sopa, sopa, si guiso, guiso, si había suerte, los días de pago algún huesito de asado. Y siempre agradecía con su mirada buena, acompañando con su solidaridad nuestra endémica pobreza.

Un día no había nada para echar a la olla salvo el agua de aljibe que teníamos.

De pronto BATUQUE no aparecía. Buscamos en la casa y nada. Cruzamos al campito, recorrimos la cuadra preguntando a los vecinos y nada. Volví a casa con el ánimo destrozado y me senté en el viejo zaguán con un nudo en la garganta por la falta del, a estas alturas, amigo más que mascota. No sé cuanto tiempo pasó. Al no haber hora del almuerzo había perdido la referencia en el tiempo.

De pronto apareció. Con una gallina más grande que él en la boca. Se sentó en el escalón del zaguán, soltó la gallina y me miró con una mirada que denotaba triunfo diciéndome: hoy comemos. Así, en plural. El pudo haber solucionado su hambre ese día, pero sabía que sus amigos la estaban pasando fieras, y no lo pensó. Fue más fuerte la amistad que el estómago. Había quien podría habernos dado una mano. No los vimos, no aparecieron. Sólo BATUQUE, un perro… cosas que pasan, diría Larralde. Andando el tiempo, entendí por que alguien dijo “cuanto más miro a la gente, más quiero a mi perro”. Y ese día comimos gallina. Todos. Y agradecimos y pedimos perdón al viejo González (que así se llamaba aquel vecino al que le corríamos patos y gallinas), aunque el por supuesto ni se enteró.

Contyadas veces vi en mi vida la bondad que reflejaban sus ojos

Esto que parece un cuento debo decir que fué rigurosamente cierto, y la imagen de BATUQUE cargando la gallina todavía aparece patente en mis recuerdos.

La vida, lamentablemente, no es una telenovela, y no siempre hay finales felices.

Una mañana, no sabemos si por sus necesidades, o si por correr alguna aventura en soledad, se escapó sin nosotros a la calle. No le dimos mayor importancia, sabedores de que terminado su asunto volvería. Pero pasaban los minutos y no regresaba. Hasta que alguien nos trajo la noticia. A BATUQUE se lo había llevado la perrera. En ese instante se paró el tiempo, y el mundo se derrumbó alrededor nuestro. Sabíamos que era su sentencia de muerte. La perrera, ese engendro del mal, que cuando hacía sus razzias en busca de perros vagabundos, todos los gurises corríamos detrás de ella espantando a los perros menos avisados y llenándolos a ellos de piedrazos.

Pero ese día, ese maldito y aciago día pasaron más temprano que lo habitual y no pudimos ayudar al amigo en su desgracia.

Y a pesar de que, enterado mi tío, que vivía unas casas más allá, salió raudo, caballero andante en su bicicleta, intentando el rescate del amigo en apuros, del lugar de cautiverio, nada se pudo hacer. BATUQUE se había ido a retozar para siempre en el cielo que seguramente tienen los perros, más legítimamente ganado que muchos humanos que piensan ir a algún cielo algún día.

¿Fin de la historia?. Para nada. La amistad no conoce esa palabra soez. BATUQUE ha seguido acompañándome estos casi sesenta años, y supongo que seguirá hasta el final, que a lo mejor no es nada más que otro principio, y retomaremos la costumbre de retozar juntos ya liberados de nuestros problemas. Varia veces en mis sueños nos he visto como entonces, y me duelen esos despertares.

En otras ocasiones, que las ha habido, mirando una olla vacía o con muy poca cosa a la hora de comer, lo veo sentado en el escalón de entrada de casa, con su solidaridad, su gallina, y su mirada pícara y bonachona diciendo otra vez: hoy comemos.

En estos últimos sesenta años he estado en deuda con un amigo, cosa que me he reprochado constantemente. Humildemente le pido perdón.

Hoy me siento en parte liberado de esa carga. Y estés donde estés, recibe todo el afecto que se ha acumulado en estos largos años.

HASTA MAS VER, BATUQUE, AMIGO.


Sobre esta noticia

Autor:
Che Cacho (217 noticias)
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Tipo:
Opinión
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