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El bicho, ( coronavirus) que nos acompaña y ahora es nuestro adversario

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28/03/2020 23:34 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Los laboratorios no descansan para ir contra la población civil, es una lucha ardua, más los gringos

Fusión y Convivencias.

Uno de los fines de los grandes científicos de las grandes potencias militares es generar enfermedades artificiales. Estas personas asumen su responsabilidad de tener sus propias ideologías y, buscan tener una nueva dimensión de la realidad. De allí, la importancia de la filosofía para asumir argumentaciones que nos lleven a una concepción concreta de la libertad.  Ellas, constituye un hecho vivo en nuestra conciencia y, por lo tanto, no podemos ir a la especulación del idealismo alemán, porque, en estos tiempos hay una constatación de los experimentos que se proyectan y ejecutan en los laboratorios.

Se debe entender que nuestra América es una prolongación de Europa. Por lo tanto, somos una tierra de promisión y nuestra única realidad, debemos cuidarla. Hace falta en este tiempo, la construcción de la verdad ante una generación antipositiva, en consecuencia, cuidado en no caer en posturas agnósticas.

Es cuestión de conciencia, sobrevivir. Tener una visión mental de nuestro espacio físico. Así, como del movimiento de las partículas, llamase bacterias o virus patógenos.

En consecuencia, tener conciencia para permitir que todo este limpio en nuestro círculo. Así que dejemos al lado el realismo ingenuo y no botemos desperdicios en nuestro contorno. Estamos, ante una libertad que debemos saber interpretar y vivir.

Estamos en un debate globalizado y, por todos los rincones comunitarios se palpa la debilidad del socialismo por acometer un estado de emergencia. Y quien, gana o pierde con todo esto. Pero, en el seno de la izquierda se palpa que habrá ordazos por no cumplir lo referido en el Foro de Sao Paulo, celebrado recientemente en Caracas.

¿Cómo será el día después de estar alarmados en lo relativo al comportamiento social, siendo como somos venezolanos y, por tanto, adictos a tocarnos todo el rato? Nos tocamos como modo de reconocimiento social y, a diferencia de asiáticos, que juntan manos y saludan con un leve gesto inclinando la cabeza o ciudadanos del norte de Europa, que apenas se acercan entre sí a menos de un metro, los venezolanos somos propensos a lanzarnos los unos contra los otros nada más vernos. Si eres hombre y te cruzas con mujer le estampas enseguida dos besazos en un acto que encierra intercambio aromático, un poco de piel, afecto y, también no neguemos, un cariñoso coqueteo permitido. Nos gusta. Entre mujeres es mucho más porque ellas, además de a hombres, se besan entre sí, caminan muy juntitas y del brazo, también a veces van juntas al baño y uno nunca ha entendido para qué, mientras que los tipos prefieren un cruce de manos o, incluso, un aparatoso abrazo, todo ello en una sociedad mundial hoy propensa en general a mantener las distancias, ese metro y medio o dos que nos pone a salvo del riesgo vírico. Estos son nuestros hábitos y la tendencia es que los cambiamos cuando el estado de alarma derive en otro estado, quizás de semi-alarma en el que tendremos que medir cada distancia, cada beso, no sabemos por cuánto tiempo, quizás para siempre porque el virus cambia nuestra manera de relacionarnos

¿Cómo haremos a partir del día en que se abran las fronteras de nuestro límite del mal? Vas al bar en compañía de un amigo y pides dos cañas, pero en el platito común de aceitunas hurgan manos distintas; compartimos tapas de ensaladilla, comida en general con esas viandas al centro en restaurantes con cruce de tenedores y, no digamos, en romerías o ferias con la fritada de calamares o pimientos donde el intercambio vírico resulta imparable en esas ciudades de lona que hoy parecen el nido perfecto para un contagio -si sobreviven al termómetro, que hay que ser un virus tocho para aguantar vivo bajo una lona roja y blanca con la calor-. Tocarnos o compartir alimentos parecen dos cuestiones nacionales hoy heridas de muerte y, al menos lo que este contagio de entrada puede provocar, es la renuncia a dar besos, la mano o abrazos a aquellos que de entrada nos caen mal o no nos gustan o cuyo olor sea, digamos, mejorable, ya que puestos a ser cuidadosos al contacto habrá que empezar eliminando aquél que ya nos producía cierta aversión y que manteníamos solo por cortesía. Porque aquí besamos hasta a quien nos acaban de presentar o nos cae como una patada. Con un leve gesto bastará y, cuando nos lo hagan a nosotros, nos sentará mal porque como venezolanos de Venezuela, que somos no aceptamos el hecho de poder caerle mal a nadie -"menudo estúpido o estúpida es", diremos-.

Al igual que se han tomado decisiones un tanto a oscuras porque no sabíamos a lo que nos enfrentamos, hoy, en realidad, tampoco conocemos la profundidad del agujero y estamos en pleno salto. Ahora estamos a oscuras y en pleno vuelo descendente, convencidos de que el paracaídas abrirá, una mullida colchoneta nos espera abajo para amortiguar, Dios existe y sabrá actuar a tiempo, nos crecerán seguro angelicales alas a tiempo... En realidad, no sabemos nada, ni tan siquiera conocemos lo más importante: la profundidad del vuelo, acaso más prolongado de lo que pensamos. Como tampoco sabemos en qué nos convertirá una vez aterrizados. 

Menos mal que Maduro, esta al pie del cañón.

El confinamiento ha dado pie a usar vorazmente internet no sólo para distraernos e informarnos, también para completar nuestro aprovisionamiento. Si dura mucho esto, las compras on line con entrega en tu casa se convertirán en un hábito sin edad y el efecto en nuestros comercios no se hará esperar, un comercio ya de por sí castigado por el cierre obligado en estas fechas. Entre 2017 a 2018 esta forma de compra aumentó un 32, 4 por ciento y, según los primeros datos, en estas dos semanas de confinamiento el ritmo de crecimiento puede duplicar la evolución que había. Cuanto más dure, más fácilmente se convertirá en hábito. Pero lo que seguro no va a cambiar en Venezuela, por muchos días de encierro, es el hábito de salir a pasear el perro, ir a la playa sí estoy en el municipio, campo o sierra, sentarnos en una terraza con familia y amigos, disfrutar de una comida a gusto con ellos con risas y miradas a los ojos sin cámaras de por medio, saborear el buen vino y cruzar copas brindando por esto y aquello.

La guerra biológica es letal

Es una cuestión de conciencia y, por ello la ciudad la están cerrando poco a poco.

Ya los gringos nos cambiaron la vida.

Este hábito, insustituible por las redes, no nos lo quita una pandemia. Saldremos en tropel como algunos el primer día de rebajas y aunque al principio dudemos si abrazarnos o besarnos y, unos más que otros, mantengan por distinto tiempo medidas preventivas, nada nos quitará nuestro hábito de disfrutar de la vida, necesitados de compartir la vida, los espacios, el tacto porque la temperatura de nuestra sangre es templada tirando a caliente y eso nos hace ser lo que somos. Sin límites.

Metáfora que describe un suceso sorpresivo de gran impacto socioeconómico y que, una vez atravesado, se racionaliza por retrospección haciendo que parezca predecible o explicable". La teoría del cisne negro fue desarrollada por el filósofo Nassim Taleb y como ejemplos ilustrativos propone la Primera Guerra Mundial, la gripe española, los atentados del 11S o esta pandemia del coronavirus.

Mientras que eran chinos los afectados, el resto del mundo vivía ajeno al Covid-19. Cuando apareció en Italia todos empezamos a pensar que también podría llegar a España, luego a Venezuela porque era para afectar países progresistas, pero no nos planteamos ni mínimamente que pudiéramos llegar a estar en estado de alarma, confinados en nuestras casas. Si hace tres semanas alguien nos decía que iba a comprar mascarillas se le enmarcaba en histérico e hipocondríaco. Pero el mundo global nos trajo al bicho y tuvieron que empezar a caer venezolanos enfermos en progresión diaria exponencial para que empezáramos a limpiarnos las manos, a tener los pomos de las puertas o los botones de los ascensores como un potencial nido de contagio, a salir en masa a comprar comida como si no hubiese un mañana y a comprar esos rollos de papel higiénico que resultaría digno de estudio qué tipo de campaña hizo alguna marca para conseguir su venta masiva hasta en Australia. Aun así, una parte de la población seguía pensando que todo esto era una exageración y hasta el mismo día pasado se organizaban banquetes de boda y comidas de amigos. La declaración del estado de alarma y el consiguiente confinamiento, unido al seguimiento constante en los medios con continuos datos sobre la evolución del virus, sus efectos y las medidas de prevención,  fue la única manera de conseguir que todos pusiéramos los pies en el suelo.  

Y algo desafiante, hasta mi amiga Mieke me ofreció comer carne de perro en el día de su boda, ella reside en Manaos, Indonesia y se casó con un norteamericano. Meses antes, me ofreció matrimonio en Nueva York.

Así que, de este bicho, tengo mis dudas, digan que echaron y basta.

Se acabaron igual los platos al centro, al menos aquellos cuyas salsas representan un mar espeso para la propagación y que tanto gusta en la zona, menos si invitan al sopón. Nada de sopones. Ni ensaladas al centro. Ni aceite o vinagre que antes estuvieron en otra mesa de a saber quién. Y ese pan o picos que nos ponen sobre paneras toqueteadas por cientos de manos sin, quizás, desinfectar. Los jóvenes tampoco deberán beber a gollete en la botellona, ni compartir el vaso con ese alcohol barato que más daño hace al cuerpo que el propio virus, ni, de lejos, pasar una caladita de algo porque maría se llama la yerba que induce al contagio cuando se exhuma en grupal corrillo. Si eliminamos la manera de relacionarnos mediante el tacto y el hecho de compartir comida en restaurantes, ferias o romerías, empezaremos a parecer noruegos pero morenitos y regordetes, una especie nueva europeizada y alejada del ancestral adn árabe andalusí.

Con el sexo también. Si ya las relaciones entre hombre y mujer atravesaban una etapa difícil por cuanto de peligroso resulta para un chico proponer acercamiento ante la perspectiva de ser señalado por acoso, ahora se le añade un elemento de riesgo e, incluso, una acusación extra por premeditación al contagio. Con alevosía. Lo peor: relacionarte con las personas a las que quieres, hacia las que de verdad se hace vital tocarse, besarse, y que este maldito contagio global las alejas de tu metro cuadrado, este espacio individual donde uno se encuentra tan solo y al que el virus y este pánico nos ha atado midiendo al centímetro los límites del bien. Y del mal. No vamos a renunciar al beso del amor o al de un hijo, quizás solo lo haríamos si nosotros mismos temiéramos ser un vehículo dañino hacia ellos. No tocarnos por sistema, ni dar besos de saludo o abrazos al amigo y medir la distancia, por supuesto no compartir un platito de olivas ni una tapa de ensaladilla o croquetas, descartar la idea de proponer sexo de riesgo ante un intercambio de fluidos que viene a ser como el Fórmula Uno pole position del contagio, renunciar a cierto porcentaje de besos de amor con tu pareja o hijos para evitar riesgos... ¿A quién, ante tal desastre, le importa la economía, que se suspenda la feria o la semana santa...? ¿Cuándo podremos tocarnos libres de miedos como antes y derribar esta frontera invisible que nos distancia? 

Una vez que empezamos a asumir las consecuencias de esta plaga enferma que nos azota y convencidos como estamos, al menos casi todos, de la necesidad de protegernos y de proteger a los nuestros cumpliendo el mandato de quedarnos en casa y de ser muy cautos ante el contagio, apartada momentáneamente la urgencia porque no corresponde ahora analizar la gestión de esta crisis, los tiempos de respuesta y la toma de decisiones, lo primero que nos asalta tras estos primeros días de confinamiento es, sin lugar a dudas, el comportamiento social. Y parece que, si Dios existiera, tal y como en fe le profesa el catolicismo, no encontraría mejor fórmula que esta aplicada para detener el mundo y cambiarle radicalmente el escenario a la vida, poniendo en valor lo importante y redimensionando lo superfluo. 

También la sociedad decide cómo comportarse frente a sus mayores, aquellos que te lo dieron todo, la misma vida, y a los que no siempre les prestamos la atención y el cuidado que merecen y que ahora son frente al Covid-19 los más vulnerables. ¿Les proteges o, como debaten internamente algunos países, preservas la economía en beneficio de los fuertes? Fuertes y débiles, la historia está repleta de ejemplos. Y la humanidad cubierta de errores.

Lo pagamos, los venezolanos. Los robos de otros. Ese bicho debió entrar a sus camas, nosotros somos inocentes.

 

 

 

 

 

 


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Autor:
Emiro Vera Suárez (1480 noticias)
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