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En un acto organizado por el Espacio por la Memoria y Derechos Humanos, Eduardo Jozami y Lilia Ferreyra recordaron a Rodolfo Walsh y presentaron la obra de León Ferrari, que reproduce el texto difundido por el escritor antes de ser asesinado.
Por Alejandra Dandan /
Eduardo Jozami hablaba de la Carta de un escritor a la Junta Militar. Y del modo en el que durante años la interpretación quedó entrampada por la lectura original de Gabriel García Márquez, compañero de Rodolfo Walsh en Prensa Latina. García Márquez difundió la Carta poco después de la desaparición de Walsh como "una obra maestra del periodismo" y dijo que eso le había costado la vida. "La difusión enorme que adquirió la Carta a partir de ese momento hizo costumbre vincular de manera directa la desaparición de Walsh con la Carta Abierta a la Junta Militar –dijo Jozami–. En realidad no era difícil pensarlo de esa manera, pero era imposible que una carta enviada ese mismo día, desde un buzón, haya provocado eso. La desaparición no ha sido por la Carta, sino porque era un militante político que durante años integró una organización que resistía la dictadura militar."
A 35 años del asesinato de Rodolfo Walsh, el Espacio por la Memoria y Derechos Humanos inauguró ayer en el predio del ex centro clandestino de la Escuela de Mecánica de la Armada una instalación de diez paneles de vidrio con la transcripción completa de la Carta Abierta a la Junta Militar, el texto que Walsh tenía en sus manos y había enviado por correo el 25 de marzo de 1977 poco antes de su muerte. La instalación se hizo a partir de una idea del artista plástico León Ferrari, cuyo hijo Ariel fue uno de los detenidos desaparecidos de la ESMA. Quedó montada en el espacio del "bosque de eucaliptos", frente el antiguo edificio del Casino de Oficiales. Jozami, que es director del Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, amigo y compañero de militancia de Walsh, enlazó esa ubicación con los últimos momentos Walsh.
"Hace 35 años, un día como hoy, posiblemente a una hora cercana a esta (las seis de la tarde), llegaba a este lugar el cuerpo de Rodolfo, posiblemente ya sin vida –dijo Jozami en el comienzo–. En el Casino de Oficiales de allá enfrente fue visto poco después su cuerpo ya convertido en cadáver. No se sabe bien qué ocurrió después y tal vez no sea importante abonarnos a las búsquedas de hipótesis macabras, porque Rodolfo Walsh está hoy acá con nosotros, con este homenaje que se le rinde seguramente al texto más importante que tiene que ver con la última dictadura argentina y uno de los textos fundamentales de la literatura política argentina."
En el homenaje, entonces, con Walsh corporizado en las dimensiones enormes que ahora adquiere su Carta, hubo tiempo para desentrañar las claves que todavía encierra ese texto; discutir las interpretaciones que lo dan como un texto de despedida o de resignación y rescatarlo como un legado político que inscribió a Walsh como uno de los intelectuales comprometidos con la sociedad y la política de su tiempo.
Estuvo su viuda y compañera Lilia Ferreyra, que leyó un texto que escribió (ver aparte). Habló del modo en el que se hizo esa Carta, por momentos visionaria. Habló de los tres meses en los que tecleó y corrigió el texto –en una máquina Olympia portátil–, que ella hoy es capaz de repetir de memoria. Y donde le dice en el último párrafo, a modo de diálogo íntimo, "imposible porque trasciende la muerte": "Rodolfo, te escucharon: la carta llegó hasta aquí".
En las primeras filas, escucharon las Madres de Plaza de Mayo, entre otras Vera Jarach y Laura Conte, que levantaron y bajaron las cabezas como si supieran de sobra de ese dolor del que se habló en el espacio marcado como escenario. Lita Bointano, de Familiares de Desaparecidos; Lila Pastoriza, del Espacio para la Memoria, compañera de Jozami y de quien él recordó que salvó el original de la Carta a Vicky, que Walsh escribió a sus amigos después de la muerte de su hija, un texto robado en el ataque a la casa de San Vicente, ocurrido al día siguiente del crimen.
Hubo representantes de distintas embajadas. Estuvieron Miguel Angel Estrella, embajador argentino ante la Unesco, y el legislador Aníbal Ibarra. Cuando Verónica Castelli, de Hijos, mencionó la presencia de la familia del secretario de Derechos Humanos de Nación, Eduardo Luis Duhalde, internado desde hace tres semanas, hubo un aplauso. Jozami destacó que es el encargado de llevar adelante la política más avanzada y democrática en derechos humanos de este país.
El resto del encuentro fue la densidad inacabable de la Carta. Jozami inscribió a Walsh en la "gran tradición popular argentina de los intelectuales que salieron a comprometerse con la sociedad y la política de sus tiempos". Y en el linaje de los grandes intelectuales de la historia que denunciaron las injusticias, como Voltaire, Emile Zola o Jean-Paul Sartre.
"Parece increíble que un año después (del golpe) hubiera una comprensión tan clara de todos las dimensiones de la política represiva que se estaba desarrollando, mientras había sectores políticos que todavía decían que la dictadura no era tan dictadura o que los desaparecidos tampoco lo eran tanto", dijo Jozami. En línea con el subrayado que los organismos de derechos humanos le dieron este 24 de marzo a la responsabilidad del poder económico, señaló que se necesitaba la "lucidez" de Walsh "para entender que la represión de las organizaciones guerrilleras no era el objetivo central". Sino que lo era la política del hambre y la miseria que se quería instalar en Argentina, recordó, en alusión al texto de la Carta.
También hubo momentos de intimidad. Y de una discusión política que llega al presente. Sobre las interpretaciones de la Carta, Jozami cuestionó a quienes advierten algo de resignación o de suicidio en el tono. "La minuciosidad con la que Walsh preparaba su vida futura; su retirada del primer plano del combate, el momento en el que prepara una resistencia con criterios distintos, de descentralización de recursos a pequeñas iniciativas y no a los grandes aparatos... vemos que si había algo que estaba lejos de la intención de Rodolfo Walsh era el suicidio o la resignación frente a la opresión."
¿Entonces por qué ese tono al final de la Carta, casi de despedida? "Los que se preguntan esto no saben cómo se vivía en aquellos años; no saben lo que es enterarse todos los días de la caída de un compañero; no saben qué es vivir durante años esperando esas noticias. Entonces, como lo muestra este monumento dirigido a todo el pueblo argentino, todo lo que se escribía tenía el tono dramático de lo que podía ser el último encuentro, la última carta. En ese sentido, también la Carta es un gran documento literario y gran testimonio de época, porque nos marca cómo pensaban y cómo vivían y cómo sentían como seres humanos, profundamente humanos y profundamente solidarios, los militantes que enfrentaban a la dictadura en aquellos años." Hubo un aplauso fuerte mientras caían gotas de lluvia.
DIALOGO CON EL ARTISTA LEON FERRARI, AUTOR DE LA OBRA
"Se quedó acá y lo mataron"
Ferrari cuenta cómo conoció a Walsh, en los '70, y dice que "se sacrificó" al no exiliarse. Confiesa que "ni siquiera pensaba" que una instalación suya podría exponerse en la ex ESMA y explica que se reprodujo la Carta con la misma tipografía que usó el escritor.
"Ni siquiera pensaba que mis obras pudieran estar ahí", dijo el artista León Ferrari a Página/12. En el bosque de eucaliptos de la ex ESMA ya está montada, de modo permanente, la instalación que reproduce la Carta Abierta a la Junta Militar, de Rodolfo Walsh. "Queríamos hacer la carta igual que él, en la Olympia. Pero tenía que ser mucho más grande", contó Ferrari. La obra consiste en un biombo de cristal grueso de unos 15 metros de largo, con láminas de 2, 50 por 1, 20, en las que puede leerse el texto completo.
–¿Por qué la Carta Abierta a la Junta Militar?
–La obra me la pidió Lilia Ferreyra, la viuda de Rodolfo. Sus libros son todos muy importantes, pero esa carta fue fundamental.
–¿Conoció a Walsh?
–SÃ, pero muy poco. Nos conocimos en un café. Yo le quería mostrar un libro mío. Me acuerdo que estábamos en el café y entró la policía. Yo me asusté pero Rodolfo me dijo: "No te preocupes, vienen a buscar la pizza" (risas). Y, efectivamente, así fue. El libro era Las palabras ajenas, que no está escrito por mí, sino que es una recopilación de palabras ajenas. Ese encuentro fue más o menos en 1970.
–¿Qué le produce a usted esta instalación?
–Me siento muy bien. Pienso que Rodolfo se sacrificó, porque se quedó acá y en el '77 lo mataron después de hacer pública esta carta.
–Antes de que se recuperara el predio, ¿alguna vez imaginó que sus obras iban a estar montadas en la sede de la ESMA?
–No. Me exilié en Brasil en 1976 y pude volver recién en el '82. Ni siquiera pensaba que estas obras pudieran estar ahí.
–En su serie "Nosotros no sabíamos" se refiere al tratamiento que los diarios les dieron a los crímenes de la dictadura. ¿En qué estado cree que se encuentra la reflexión sobre ese tema?
–Esa muestra es una recopilación de los asesinatos que aparecían en los diarios como si no fueran asesinatos, como si fueran muertes por enfrentamientos, por accidentes. Y sin embargo, eran asesinatos. Son 80 páginas tamaño oficio y, en realidad, los diarios mentían, pero se podía adivinar, sobre todo en las noticias sobre las apariciones de cuerpos en la costa, o en Uruguay, que se trataba de crímenes. El título y el prólogo del libro Nosotros no sabíamos tratan la idea de cómo era posible que la gente dijera "nosotros no sabíamos" si de los diarios se podía adivinar que era la dictadura la que mataba.
–¿Y hoy piensa que está instalada la idea de cierta complicidad civil?
–SÃ, afortunadamente, con este gobierno se han podido hacer investigaciones profundas sobre la culpabilidad militar y la parte civil.
–Desde "La civilización occidental y cristiana", usted trató el rol de la iglesia en los genocidios del siglo XX. Pero en "Nosotros no sabíamos" una buena parte de la serie está dedicada a la masacre de los Palotinos, ¿cómo explica esta heterogeneidad dentro de la Iglesia?
–Hubo cuatro obispos que estaban totalmente en contra la dictadura. El resto, (Antonio) Quarracino y la cúpula de la Iglesia, estaba a favor. Estoy leyendo un libro de (Christopher) Hitchens que se llama Dios no es bueno, donde se relatan una cantidad de cosas del Antiguo y el Nuevo Testamento que muestran que la religión es violenta. En ese sentido, estoy de acuerdo con un libro de Bertrand Russell, que se llama Por qué no soy católico, que sostiene que el mundo sería mucho mejor si no existiera la religión.
Entrevista: Sol Prieto