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Cataluña y Venezuela, en la visión del izquierdismo global

01/04/2018 11:10 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Ha lanzado también un mensaje de pacto en la parte última de su discurso cuando ha ofrecido diálogo con la conocida expresión de "mano tendida"

El Reloj del Tiempo

 

Los discursos dados por candidatos a un puesto clave en la estructura del Estado, persigue una sola acción y alusión que es la independencia de ese espacio físico, desde una óptica territorial y, todo lo llevan escrito, jamás han aprendido de política y menos estudiado una carrera de Ciencias Políticas en alguna universidad. Jordill Turull. No quiere tratar el caso de aferramiento a España y de independencia de Cataluña y más bien desea lograr su autonomía, como candidato a la presidencia de la Generalitat.

Ha lanzado también un mensaje de pacto en la parte última de su discurso cuando ha ofrecido diálogo con la conocida expresión de "mano tendida". "Por nosotros no quedará, por mínima que sea la respuesta del jefe del Estado y del presidente del Gobierno", ha dicho, que no ha pronunciado en ningún momento palabras como república, independencia, autodeterminación, ni expresiones como legitimidad democrática, proceso constituyente o derecho a decidir tan propias de los meses anteriores. "Es urgente que se acepte el mandato derivado de las elecciones del 21 de diciembre y se restituyan las instituciones después de la represión del Estado", ha dicho Turull, y ha enumerado a continuación a los profesionales que han sufrido esta actuación.

Desde el principio se sabía que el famoso “derecho a decidir” era un hábil eufemismo con el fin de enmascarar el inexistente, en condiciones de países democráticos, derecho de autodeterminación de “los pueblos”. Este derecho tiene una larga historia que merece algunas reflexiones.

Es conocido que la socialdemocracia internacional reconoció este derecho ya en 1896, en un Congreso celebrado en Londres, en el sentido de que se trataba de un derecho político a la independencia o secesión de la nación o imperio opresores. Este criterio lo adoptaron casi todos los partidos pertenecientes a la 2ª Internacional, incluyendo el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, del que emanaría el partido bolchevique de Lenin. Con el triunfo de la revolución de 1917 —de la que se conmemoran los 100 años—, la libre autodeterminación y la posibilidad de formar un Estado separado se recogió en la declaración de Derechos de los Pueblos de Rusia y, después, en la Constitución de 1924. No obstante, esta posición no fue nada pacífica en los debates de la época. Mientras Lenin, Trotsky, Kautsky y otros defendieron con ardor la consigna auto determinista, otros como Rosa Luxemburgo, Bujarin y los llamados bolcheviques de izquierda se opusieron con igual empeño. Los primeros, argumentaban que el nacionalismo era una fuerza revolucionaria en la época de las colonias y de los imperios, “cárceles de pueblos”, mientras que los segundos sostenían que en la era de los imperialismos modernos era una antigualla defender las fronteras nacionales y, sobre todo, que el nacionalismo había estado en el origen de la espantosa guerra del 14, cuando incluso una parte de la izquierda había votado los créditos de guerra, costándole la vida al socialista francés Jean Jaurès al oponerse a ellos. Prevalecieron entonces las tesis de Lenin y de otros dirigentes de la izquierda, pues era cierto que la libre determinación tenía sentido en el proceso de descolonización e, igualmente, la independencia de naciones sojuzgadas por los imperios que fueron derrotados en aquella carnicería: el austro-húngaro; el de los zares; el otomano y el del káiser Guillermo. Quedaron en pie el británico y el francés que durarían unos años. En el fondo, las teorías de Luxemburgo y Bujarin se compadecían más con las de Marx, que en su análisis del desarrollo del capitalismo veía más conveniente para la causa de los trabajadores la federación de las naciones con el fin de lograr entidades políticas más fuertes.

En este sentido, la historia de Cataluña, Venezuela y Argentina reflejan un solo proceso de colonización, como de intervención, apareciendo Rusia de nuevo de una manera silente para motivar el desprendimiento de la izquierda democrática y asumir votos a su favor, pero, una mala jugada de Puigdemont pone adelante el interés del país al suyo personal, solo por obedecer intereses partidistas.

, antes de lanzar un mensaje en aranés y otro en castellano. "No vamos contra nada ni contra nadie, solo practicamos un ejercicio de plena libertad porque tenemos sed de justicia y libertad". Después ha asegurado: "Sabemos distinguir el pueblo español de sus gobernantes" y ha añadido: "No guardamos ningún rencor".

Sin duda, los programas de gobierno tienen una matriz española en el mundo, los rusos abandonaron el Occidente. Dejaron a Cuba desolada con un edificio de estructura militar, haciéndose amigo en este tiempo de Daniel Ortega y del presidente bolivariano Nicolás Maduro Moros para adueñarse de las plantaciones de plátanos, bananas, café y cacao para comercializarlos a países de su esfera geopolítica.

Pero, encontraron en el Reino Unido, una camisa de fuerza. Al lado de los medios de comunicación impresos y las redes sociales.

Cuando concluyó la Gran Guerra llegó a París el presidente Wilson con sus no menos famosos 14 puntos, entre ellos el derecho de autodeterminación, sobre todo de las naciones que conformaban el imperio de los Habsburgo. Wilson procedía de la tradición anticolonial de EE UU, no le gustaban los imperios europeos y tampoco le interesaba dejar esa bandera en manos de un bolchevique como Lenin. A París fueron en peregrinación todos los nacionalismos irredentos con la finalidad de que el presidente americano les diera su bendición. Aun así, se cuenta que cuando se trató, también, el caso de Cataluña, el presidente francés Clemenceau se limitó a decir “pas des bêtises”(nada de tonterías) y ahí acabó la discusión. El resultado de todo ello fue que el mapa de Europa quedó cual manta escocesa, surgieron múltiples pequeñas naciones y en especial en los Balcanes, origen de múltiples conflictos.

En la actualidad, las condiciones han cambiado radicalmente y sería trágico que la izquierda no se diera cuenta de lo que eso significa. Comprendo que, a veces, no es fácil entender los vericuetos de la dialéctica de los procesos, pero este es un ejemplo de cómo un derecho progresista o liberador, en una fase histórica, se puede transformar en su contrario en otra etapa diferente. Esta es la razón por la cual Naciones Unidas —donde no sé si abundan los dialécticos— ha concretado su doctrina sobre este tema señalando que debe respetarse la libre determinación sólo en los casos de dominio colonial o en supuestos de opresión, persecución o discriminación, pero en ningún caso para quebrantar la unidad nacional en países democráticos.

En las condiciones creadas por la globalización, con mercados y multinacionales globales, inmersos en la revolución digital, cuando ya no existen situaciones coloniales generalizadas ni imperios “cárceles de pueblos”, el derecho de autodeterminación es una reivindicación reaccionaria, impropia de partidos o sindicatos de izquierda. Todavía más involucionista si cabe en el supuesto de los países pertenecientes a la Unión Europea, inmersa en un proceso de integración cada vez mayor, imprescindible para poder medirse, desde la democracia, con los grandes poderes económicos y tecnológicos. Una transformación de actuales regiones o autonomías en Estados independientes haría inviable el futuro de una unión política europea.

Y, ese es el problema de hoy. Precisamente Europa busca enredarnos en un problema particular suyo y, este es el papel de Pablo Iglesias en Argentina, a la vez, muy cerca de Ciudad de México.

Es verdad que, durante el periodo de los movimientos anticoloniales, véase la posición contra la guerra de África del PSOE de Iglesias, o durante la última dictadura franquista, la reivindicación de la libre autodeterminación tenía un sentido y así se recogía en los programas de los partidos y sindicatos de izquierda españoles; eso sí, siempre en aquel contexto y supeditado a la unidad de los trabajadores. Pero en condiciones de democracia, en la mundialización y la construcción europea no hay nada más contrario a los intereses de los trabajadores que romper un país. Ese acto profundamente insolidario —en especial cuando los que quieren romper son de los más ricos— divide a los sindicatos; quiebra la caja única de la Seguridad Social, garantía de las pensiones; parte la unidad de los convenios colectivos y el sistema de relaciones laborales, en un espacio de mercado único que, de quebrarse, dejaría a la intemperie a trabajadores y empresas.

"Quien no lava platos, no los rompe", ha insistido Turull

En consecuencia, los partidos y sindicatos de izquierda deberían revisar esta cuestión, superar viejas inercias y concluir que en las condiciones actuales lo que antaño era progresista hogaño es retrógrado y antisocial, propio de fuerzas nacionalistas radicales y/o populistas que no tienen nada que ver con los intereses de las mayorías sociales.

Más allá de las dificultades para desconectar la economía catalana de la española, la fortaleza de una Cataluña independiente dependería también de si logra seguir siendo parte de la Unión Europea o, al menos, participar en el mercado único.

Dos tercios de las exportaciones catalanas tienen como destino la UE. Sin embargo, al separarse de España necesitaría solicitar su ingreso en el bloque comunitario, algo que no ocurriría de forma automática ni inmediata.

Pero su membresía en la UE tiene que ser aprobada por todos los socios, incluyendo España, algo que probablemente no sucedería.

Algunos partidarios de la independencia catalana creen que Cataluña podría lograr un acuerdo con la UE similar al que tiene Noruega, que sin ser miembro tiene acceso al mercado común a través de un acuerdo especial.

Quizás los catalanes estén dispuestos a pagar por conseguir ese mismo acceso y no tendrían ningún problema para aceptar el libre movimiento de ciudadanos de la UE a través de sus fronteras.

Pero, si España quiere, puede hacerle la vida muy difícil a una Cataluña independiente.

El tira y afloja entre EE UU y Rusia parece lejos de atemperarse. Tanto que los 60 diplomáticos rusos que expulsó Washington esta misma semana podrían no ser los últimos. Rusia, entre tanto, respondió con la expulsión de 58 diplomáticos de EE UU en Moscú. Asistimos a un escenario que muchos observadores ya describen como antesala de una Guerra Fría, por mucho que el anacronismo resulte obvio. De hecho, algunos prohombres cercanos al presidente aspiran a redoblar las medidas de fuerza. Así lo reflejaban el 30 de marzo en las páginas de «The New York Times» Peter Baker, Andrew Higgins y Steven Erlanger, que insisten en que si bien el presidente todavía se muestra reacio a criticar abiertamente a Rusia sí que habría concluido que es peligrosa. Un giro casi copernicano para una Casa Blanca frecuentemente acusada de actuar con inexplicable benevolencia ante Rusia.

Más todavía a la luz tenebrosa del «Rusiagate» y las salpicaduras que podrían acarrearle las posibles sinergias entre su campaña electoral y el espionaje ruso. Ese mismo día, y entrevistado en la cadena NBC por Savannah Guthrie, el embajador de Rusia en EE UU, Anatoly Antonov, lamentó el tratamiento que está recibiendo su país. «Me parece», dijo, «que la atmósfera en Washington está envenenada. Es una atmósfera tóxica (...) No recuerdo una [tan mala] en nuestras relaciones». Para Antonov, Rusia se ha transformado en la coartada de todos los males. «Hacen responsable a Rusia de todo, incluso del mal tiempo», sostiene, para añadir que «es hora de que dejemos de culparnos los unos a los otros. Es hora de empezar a hablar de problemas reales». En una conversación con momentos de gran dramatismo, el embajador afirma que ha invitado a sus «colegas del Departamento de Estado y de Defensa». «Si tienen miedo [a reunirse en su residencia], les dije: “Vamos, podemos vernos en un restaurante para discutir los problemas pendientes”. Esto fue hace cuatro o cinco meses. La respuesta que obtuve fue el silencio». El embajador también ha dicho en un comunicado que «las relaciones entre la gente común no deberían sufrir. Haremos todo lo que esté a nuestro alcance para asegurarnos de que los estadounidenses no tengan ningún problema con los viajes a Rusia. Una vez que los estadounidenses visiten Rusia, entenderán por qué la amamos tanto y por qué estamos tan orgullosos de ella».

Lo cierto, es que los norteamericanos ven un acecho ruso en Latinoamérica junto a los chinos con una sinergia peligrosa para el bien común y es el control agroalimentario y, que en Venezuela esta a manos de los militares, quienes han fracasado en tal administración y, el presidente Maduro no encuentra que hacer ante la vaguedad de los venezolanos en irse al campo a producir alimentos y trasladarse a los acuíferos a alimentar peces para el consumo humano. El Reino Unido se acopla en Las Malvinas y el Pacifico para limitar la ofensiva China y rusa en la caza de ballenas y atún en un mercado abierto con los japoneses.

En un análisis punzante, David A. Graham, de la revista «The Atlantic», se pregunta hasta qué punto la expulsión de los diplomáticos rusos no desbarata las sospechas de colisión con el espionaje ruso. Hasta ahora, el presidente estadounidense, Donald Trump, habría negado la hipotética influencia rusa en las elecciones no tanto por complicidad o porque, como se ha llegado a insinuar, el espionaje ruso incluso pudiera guardar información sucia en su contra, no porque sus colaboradores hubieran trabajado con los «hackers» rusos o porque el Kremlin hubiera apostado a su triunfo, como por el agudo, arrollador sentido que tiene de sí mismo y de su lugar en la historia. Cualquier concesión al relato del «Rusiagate», cualquier reconocimiento en ese sentido, disminuiría el mérito de su victoria. ¿Lo más fascinante? Que apenas hacía una semana desde que Trump felicitó efusivamente a Vladimir Putin por su triunfo en las elecciones legislativas de Rusia.

Pero el ego de Trump se estaría entrometiendo. Como explican en la NBC, y a pesar de que la retórica pública continuaba siendo amigable, detrás de las bambalinas Trump habría ensombrecido el tono sobre Putin, «pero el cambio parece más una reacción al reciente desafío del líder ruso que al convencimiento de que sea un adversario. Cuando a principios de marzo Putin afirmó que Rusia dispone de nuevas armas con capacidad nuclear que podrían atacar a EE UU, subrayando la amenaza con un vídeo que simulaba un ataque», el presidente se sintió herido. Muy herido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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Emiro Vera Suárez (1178 noticias)
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