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Charla para un taller literario

18/11/2013 17:22 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

En el año 2006 se redactó esta charla para un taller literario que ahora se reproduce aquí para el deleite de los lectores

 

Me invitaron a participar en un encuentro, un día sábado, con los asistentes al taller literario, en una casa azul, como ese azul de Rubén Darío, como ese azul del pájaro, del pájaro azul.

 Azul de "Azules encontrados"; azul geográfico y nerudiano recordándome aquella página donde dice "aquí lo único que se exige es azul !"

 Azul de "Independiente", azul de fútbol. Azul color de policía y celestial.

 ¿En dónde? En calle San Martín casi Echeverría -el poeta, autor de "El matadero", narración en la que nos muestra la represión y la violencia, y "La cautiva", autor romántico, comprometido y sin tumba conocida.

 ¿En dónde? En un taller literario a cargo de Elena Garzón.

-Vení, me dijo, yo te presento. Es una oportunidad para vos de hacer conocer lo que hacés...  

-Sí, ya sé, le contesté.  

Ella agregó.

-A ellos les sirve. Se están iniciando y pueden aprender.  

La invitación quedó en pie para el día sábado 10 de junio a las 18 horas en el Instituto Alas. Pero después se suspendió y se habló del sábado 17 pero yo me alejé de la ciudad y me fui a caminar a Penitentes. Finalmente se concretó el sábado 24 de junio después del partido de Argentina y México, en Alemania.Yo me preparé entonces. Imaginé un título y me puse a escribir algunos aspectos de la charla que iban surgiendo raudamente entre mis pensamientos.

Un taller literario, pensé,   y rápidamente recordé mi asistencia a ese taller en 1983 con Jorge de Luca, autor del libro de poesías "Aves de paso"; aparecieron en mi mente algunas imágenes de los asistentes, éramos jóvenes. Se concretaron dos encuentros y el taller se cerró. El aula se ubicaba en una planta alta de una librería ubicada en calle San Juan casi esquina Garibaldi. Se cerró. ¿Por qué? No sé. Nunca nos cobró nada. 

Traje a mi memoria imágenes de mi padre cuando por interés en su tarea de periodista me llevaba con él a los lugares donde iba a hacer una nota. Me acuerdo bien...de una foto que me hizo sacar junto a un cañón del ejército de San Martín que estaba de exposición en las Playas Serranas en donde funcionaba la Escuela de Oficiales de la Policía, hoy Museo "Cornelio Moyano", mi ingreso a una de las dependencias médicas en las que observé un frasco con un feto en alcohol; mi ingreso, en calle Rodriguez, a Infantería de la Policía de Mendoza  y al polvorín donde guardaban las municiones antidisturbios: estanterías llenas de proyectiles con gases lacrimógenos.  

Apareció también la imagen de la presentación del libro “Por mi cuarta sección” del Dr. Francisco Reig en su estudio de la Cuarta Sección. El, allí, leía pasajes de su libro y yo escuchaba de pie entre medio de todos los asistentes. No habían sillas.

Era niño entonces!  

Y es cosa de niños jugar e imaginar; imaginar que podía escribir un libro. Empecé, así, a escribir en un cuaderno algunas ideas sobre una noche de terror, un monstruo y...

Y vino a mí el momento en que conocí al Dr. Américo Calí. Yo leí en el diario que presentaría un libro, en un salón de la Dirección Provincial de Turismo. Yo allí había jugado cuando niño ya que mi papá había conseguido un trabajo de parte de los muchachos que cantaban la marchita y pintaban paredes. Tanto pintaron y tanto cantaron que se olvidaron de aprender a leer y a escribir. Y al ascender no sabían qué tenían qué tenían que hacer. Ahora yo entusiasmado por la escritura podía volver allí e ingresar a su charla, escuchar y aprender. 

Llegué y me senté en el último asiento del salón que estaba lleno. El estaba en la mesa académica junto a dos señoras que hablaban y explicaban el por qué de su poesía, el interés de su lirismo... y él vestido de traje, al final de la presentación, ya canoso, se puso de pie y comenzó a saludar uno por uno a los asistentes en la sala. Llegó hasta mí, quizás el más joven, y me estrechó su mano.

Calí murió poco tiempo después. Y yo, con el correr de los años, conocí a su hija María Eugenia quien amablemente me invitó a su casa, la casa de calle Alem, y me hizo conocer la biblioteca y la sala donde leía sus más de cinco mil libros. Ella me contó que su papá la llevaba de la mano a los talleres literarios que organizaba para la SADE.Yo, en ese momento, no tenía palabras para agradecer y asombrarme de lo que veía.

Seguí escribiendo... pero más que nada seguí leyendo. Ya había comenzado a escribir algunas poesías y relatos chapuceramente mal, pero había escrito. 

Mi interés, ahora, era mostrar lo que había hecho y me inscribí en algunos encuentros juveniles y leía mis poesías. Me aplaudían. Me paraba en la calle San Martín, allí, en la puerta de la Dirección Provincial de Turismo y ofrecía mis poesías a cambio de monedas a los transeúntes que ocasionalmente pasaban por la vereda.

Yo era poeta y empezaba a tener reconocimiento. 

Luego conocí por intermedio de un gendarme retirado de apellido Peralta, que fue mi compañero en un curso de Lengua y Cultura Italiana, a Santos De Paula quien tenía a su cargo el Suplemento Cultura del Diario Mendoza, donde aparecieron en 1984 mis primeras publicaciones. Yo no cobraba nada, pero años más tarde De Paula pidió que me ingresaran como cronista en la Sección Deportes del Diario HOY (ex-Mendoza).

Allí trabajé dependiendo de Cacho Cortez, Sgroi, Gustavo De Marinis, Lucio Ortiz; cobraba por nota publicada y mi debut fue en Buena Nueva de Guaymallén en una carrera de ciclismo. Luego hice fútbol, basket, balonmano, remo, bicicross, hipismo, karting, atletismo y no sé qué más. 

Luego pasé a escribir notas para la sección Departamentales, me pasaron a la sección Espectáculos y escribí algunas entrevistas para los suplementos dominicales. Conocí y trabajé con los fotógrafos Pizarro, Barroso, Muñoz, Cicconi. Aprendí a redactar epígrafes para sus fotografías y esta tarea me entusiasmaba, me atrapaba, me abstraía, pero al redactar las notas sentía algo distinto y yo notaba que mi autoestima descendía. También entré en contacto con Raúl Silanes quien me hizo algunos comentarios sobre su actuación en los concursos literarios de la SADE y sobre mi libro "Interrogantes".

Asistí a conferencias, charlas, presentaciones: hoy puedo hacer una enumeración casi desordenada. David Viñas, el izquierdista y su interés por reescribir la historia literaria desde los soportes ideológicos, el juez Leiva, a quien recuerdo porque alguien desde la mesa académica decía "no me cabe duda que es honesto", la gente que se había dado cita en el edificio del ex-Banco de Mendoza aplaudía entusiasmada como un público enfervorizado y displicente, pero yo que había adquirido la enseñanza de que las personas honestas son las que suelen en muchas ocasiones ser perjudicadas me abstenía de aplaudir para no ser cómplice de lo que vendría después, los discursos de Alfonsín, en Casa de Gobierno de Mendoza, en el Bº Huarpes, en la Asociación Mendocina de Box, eran para mí interesantes manifestaciones de oratorias a tener en cuenta, "Los caminos del Che" de una escritora ecuatoriana con la cual conversé en otras oportunidades, el profesor Vega y su historia de San Carlos, las conferencias del profesor Giudice en la Società Dante Alighieri, el escritor Perez-Reverte, corresponsal de guerra, autor del libro "El maestro de esgrima" en el que el protagonista se esfuerza por enseñar una estocada perfecta y mortal, en un contexto de conspiración española, vino a Mendoza y yo me tuve que retirar de su charla por un inconveniente de salud (la sala estaba llena, me faltó aire para respirar y me sofoqué un poco), Horacio Verbistky quien en su charla recibió la amenaza de que iba a estallar una bomba y él, para demostrar que no tenía miedo, pidió que nadie se retirara de la sala, yo estaba nervioso, busqué la mirada de Verbistky y él pareció indicarme con sus ojos que me quedara quieto, traté de mirar alrededor, traté de escapar de esa situación, pues mi debilidad me llamaba a huir y a no estallar, prefería estallar de manera heroica protegiendo a un bebé o salvando a una familia, pero así ¿qué sentido tendría? Al fin me dejé llevar por su mirada y me quedé quieto en la silla hasta el final. Después salí... casi corriendo. Verbistky es un buen autor y aporta bastante al periodismo de investigación.

En otra oportunidad me encontré con Juan Draghi Lucero, autor de "La cabra de plata", "El hachador de Altos Limpios". También fui a su casa a conversar con él, le mostré lo que escribía; él me atendió en la puerta de su casa después de un mediodía con sol. Leyó mis trabajos y me dijo que él pensaba que había que ir a vivir al campo. 

En un teatro conocí a Armando Tejada Gómez con su "Tonada larga para el país del Sol" y asistí también a sus recitales con entrada de alimentos no perecederos cuando nos dejó su "transparente, transparente, el corazón transparente".

En reuniones de café que se hacían en el subsuelo de la Galería Caracol tuve un acercamiento con Carlos Levy, el de los gerundios y otros poemas.

Aprendí de Víctor Hugo Cúneo a escribir de pie, afirmado contra una pared, en un café, en una plaza, caminando por la calle... aprendí de Edgar Alan Poe a caminar de noche por la ciudad, por los alrededores, a ver la mugre en las calles y no escupir sobre ella. Y... a observar a los gatos trepando por los techos. 

Pero en la Universidad me acostumbré a dialogar con el Dr. Adolfo Ruiz Díaz, cruzaba conversaciones con él en los pasillos de la facultad donde él daba clases de Literatura. Yo asistía a sus clases y en los recreos me acercaba a conversar con él. Hablábamos de Rimbaud. Luego me atreví a llevar algunos escritos manuscritos a su gabinete en el tercer piso. El me atendía allí y me ofrecía una taza de té. Bebíamos, mientras él me daba consejos para escribir y yo escuchaba con atención. Escriba unas cuantas líneas por día -me decía- no importa la cantidad, usted escriba. Es un ejercicio diario para acostumbrar la mano sobre cualquier tema que le venga en mente. Puede leer un libro, si quiere, antes de comenzar a escribir para estimular la creación. No lea forzado. Elija un libro, si no le gusta, déjelo. Busque otro. Esos parecían ser algunos de sus consejos. El no me rechazaba, me atendía y me invitaba a volver. Los escritos que le mostraba los retenía por una semana y luego me los devolvía. Me esperaba para hacerme su comentario. Nunca me extravió nada y siempre insistió en que siguiera escribiendo.

Solo una vez se incomodó conmigo y fue en la mesa de examen cuando él me hacía preguntas y yo no respondía. Yo no lo hacía porque su erudición me apabullaba, él entre conversación y conversación recitaba de memoria poesías y tangos, y yo en esa mesa, frente a él, no me animaba a decir nada. El era para mí un gigante de la cultura.

El me dijo, entonces, usted es poeta!

En San Carlos se realizó un encuentro de narradores y allí entré en contacto con Fernando Lorenzo quien permitió que al final de todo le sacara una fotografía. El posó para mi foto vestido con un sobretodo y en su mano derecha una valija de cuero marrón afuera del hotel en el cual se hospedaba. Después murió. Una placa recuerda su nombre en la calle Rivadavia, en el café Liverpool; también le impusieron su nombre a una escuela de Maipú. Pero fue Carlos Levy quien me dijo que no podía hablar de literatura mendocina sin haberlo leído.

Le envié una carta con mis escritos a Ernesto Sábato quien me respondió y me alentó a seguir escribiendo. Yo, en esos días, había leído por mi cuenta "El Túnel", "Sobre héroes y tumbas" y comenzaba a leer "Abadón, el exterminador". 

Por el año 1987 volví a viajar por Chile, digo volví porque antes lo había hecho con mis padres, y entré a relacionarme con sus autores. Profundicé lecturas sobre Neruda, conocí su casa en Isla Negra; leí a la generación "entre la lluvia y el arco iris"; visité la tumba de Huidobro y conversé una tarde con el autor de "Oración por el siglo XX" que estaba, según me dijo él, autoexiliado en Chile.

Luego fui a caminar por las abiertas alamedas, a través del sector derecho; ideológicamente no era de aquí ni de allá pero al caminar no lo hacía por el centro y era evidente que otros ya habían luchado, solo avanzaba, solo, y a veces me detenía para recoger los panfletos que decían "no a la tiranía". No había gases lacrimógenos, ni saqueos, ni roturas de vidrieras.

No me escapé de la muerte, ni de la vida; me quedé en la madrugada de aquella noche de un bar, la última noche... Luego ya en el amanecer me acerqué a la terminal desde donde salieron los colectivos con destino a la Argentina. Un destino distinto, con futuro y sin mirar atrás. Yo había aprendido de Sarmiento y Echeverría a excluir a la tiranía. 

En 1988 viajé a Paraná, Entre Ríos, para recibir mi primer premio en poesía con mi trabajo "L'Immigrante" el jurado estuvo conformado por Carlos Sforza, Graciela Gianetti de Varisco Bonaparte y Teresita Ré de Turi; el acto se realizó en la Società Dante Alighieri y en mi estadía aproveché para conocer la casa de Juan L. Ortiz y algunos detalles de su vida.

En 1996 obtuve un tercer premio en cuento con "Otra vez sangre", en un concurso organizado por la Biblioteca Popular "Pedro J. Bustos" de Junín, Mendoza.

 En 1994 presenté mi libro "Interrogantes" a la casa editorial American International Publishers, Pennsylvania, USA. Allí me extendieron un contrato de publicación y comercialización el cual acepté. Se inició el proceso de publicación en el que intervino Tom Centola, Rita Stella, la manager Mónica Carvalho y George Anderson. Lamentablemente la empresa arrastró un déficit y tuvo que liquidarse y dejó de operar. Me devolvió los materiales procesados y me autorizó a publicarlos en otra editorial, yo hice el contacto con Dunken y en 1999 se terminó de imprimir mi libro en Buenos Aires.

 Me dediqué a realizar presentaciones con "Interrogantes" hasta que me cansé y me saturé. Asistí al stand de la editorial Dunken en la Feria Internacional del Libro donde firmé autógrafos e intercambié libros con otros autores. Conocí al escritor Anderson Imbert pero no me decidí a hablar con él y preferí observarlo a la distancia mientras mantenía una conversación con un lector.

 Estuve en un encuentro de Arte y Letras en Rivadavia, Mendoza, en el que participó Rolando Concatti y el poeta Hamlet Lima Quintana quien al cierre de las sesiones me dio un abrazo de despedida. 

En el teatro Independencia me senté entre el público para escuchar a Vargas Llosa y también asistí a un foro en el que estaba Mempho Giardinelli. Participé de charlas en las que disertó Jaime Barylko, el autor de "Don José" y otros autores que quizás ahora no recuerdo.

Y ya en el cierre, este cierre que deja atrás mis garabatos literarios, mis pretensiones empíricas, como un estallido incipiente para dejar mis cosas superfluas por un segundo... Me quedo inmóvil y vuelvo a ver en la muerte -que es todo y nada- la ausencia de mi pájaro. Mi pájaro distinto, mi pájaro caído. 

Ese que no era azul, pero fue mi amigo, mi compañero, mi cómplice y mi...

En el muro que separan los días y que no es el de los lamentos debo yo asumir una tarea casi terminada, es la tarea literaria emprendida entre libros y gratos recuerdos. Una tarea que también es aprendizaje en ese otro taller, el cotidiano, el del encuentro, el del que se comparte mano a mano, con los otros, los escritores con nombre y apellido, los reconocidos, los nombrados, los que hacen en el papel una obra artística, decantada, precisa, sin garabatos ni bochorno, una obra artística perdurable en el tiempo que más allá del reposo momentáneo en un estante de biblioteca puede despertar íntegra en la mente del lector que la atrapa.

No me queda, ahora, otra jactancia que la de Dios, alejarme sin ritual, sin haber consumido el licor de los hombres, solitario... 

Antonio Rolando Arenas

2006.


Sobre esta noticia

Autor:
Antonio Rolando Arenas (6 noticias)
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Tipo:
Nota de prensa
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Distribución gratuita
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