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Las colas del hambre, el pan nuestro de cada día

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02/06/2020 01:38 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

María, Jasmine, Jorge, Evelyn, Pablo, Fernando, Angustias... Solo con la lista infinita de nombres podría llenar los caracteres de este artículo y del periódico entero. Son algunas de los cientos de personas que forman parte de las llamadas colas del hambre. Esas que serpentean por muchos rincones de Madrid, que compiten con las de la gente buscando una mesa en las terrazas o a la puerta de las franquicias para comprar una camiseta.

Filas que al principio estaban formadas por personas desahuciadas por la sociedad que no tienen casa, a las que se sumaron familias que la tienen, pero sin recursos para alimentarse cada día. Luego vinieron las ancianas a las que no les llega la pensión, después los padres y madres en paro que por primera vez acuden con sus hijos de la mano y, por último, hoy día, él, Miguel. Un joven con una mochila de Glovo esperando su turno para recibir la ración de comida.

Miguel no está en paro, él trabaja cada día ocho horas repartiendo comida, la que no puede pagarse, como una especie de tortura que le obliga a llevar a sus espaldas aquello que necesita pero no puede permitirse. Miguel es religioso, conoce la Biblia y eso de "ganarás el pan con el sudor de tu frente". Una frase que en él se torna ridícula, falsa, cruel. Porque su sudor no sirve, ese que le recorre el rostro mientras sube una cuesta en bici bajo un sol de justicia, un sudor que no es suficiente para llevarse algo a la boca cada día.

Le miro entre la multitud y me recuerda a Sísifo, el personaje de la mitología griega que fue castigado por los dioses a subir una pesada piedra a la cima de una montaña hasta el infinito. Miguel ha cambiado la piedra por la mochila y encarna la metáfora del esfuerzo inútil e incesante de la humanidad. Inútil porque ni siquiera eso le asegura un plato caliente cada día. Incesante porque la cola es eterna, nunca se acaba.

Las colas del hambre no son las de la pandemia, estas colas ya estaban, eran el pan nuestro de cada día para muchos y muchas. Esta crisis solo les ha puesto un foco, las ha engrosado, las ha hecho ganar adeptos, tomando una nueva forma y adaptándose a los nuevos fracasos de nuestra sociedad. Hoy, los últimos en sumarse son los trabajadores y trabajadoras como Miguel. Y cuando tu trabajo no es suficiente, ¿qué es lo que queda?

El empleo precario es la esclavitud de nuestro tiempo, el ingreso mínimo vital es una gran ayuda, pero no resuelve el problema: fomentar el trabajo digno y justamente pagado es la única solución. Dejemos de engañarnos, esta pandemia no es un drama porque vaya a dejar una sociedad peor, esta pandemia es un drama terrible porque ha sido un espejo en el que mirarnos y comprobar que ya éramos un fracaso.


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20minutos.es
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