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Cristina y el síndrome del nido vacío

01/04/2014 16:48 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

El contexto en que la Presidenta pronunció su último discurso es menos cercano al auge que a la decadencia de su poder. En diciembre advirtió el efecto de su derrota, recién después de bailar sobre los muertos

Un 17 de octubre (pero de 1943), un productor de programas de radio de la BBC en la India introducía al aire una representación teatral deMacbeth,  tal vez la obra de William Shakespeare que mejor describe la trágica intimidad del poder.

El locutor improvisado tenía un balbuceo extraño. Años atrás, una bala fascista le había afectado la garganta durante la guerra civil española.

Eric Blair no era entonces el escritor que luego imaginó la novela del Gran Hermano; no todavía el crítico de izquierda vigilado por la inteligencia británica; menos aún el enfermo postrado que en sus últimos días entregaba listas al Foreign Office, casi al borde de la delación. Pero ya había comenzado a usar su seudónimo: George Orwell.

La tragedia de Macbeth, el noble que usurpa el trono y para sostenerse en él desata una serie de crímenes que finalmente también lo devoran, era para Orwell un espectáculo conmovedor. Lo veía cercano como pocos a la experiencia cotidiana del hombre común.

“Es la historia de Hitler o de Napoleón”, decía. “Pero es también la historia de cualquier empleado de banco que falsifica un cheque, de un funcionario cualquiera que acepta una coima”. O de hechos todavía menores, porque se funda “en la ilusoria convicción de que una acción humana puede permanecer aislada”.

Cualquiera puede decirse a sí mismo que cometerá sólo un delito para lograr sus fines y será luego, y de inmediato, respetable. “Pero en la práctica, como descubre Macbeth, de un crimen nace otro, aunque no crezca la maldad de quien lo comete”.

El análisis político ha recurrido muchas veces a las metáforas de Orwell. Acaso en el país reciente, en el que la Casa Rosada se ve obligada a enviar un comisariato político de emergencia a la reunión de gobernadores del partido que en teoría lidera, alguno pueda interpretar la situación como una genuina rebelión en la granja. Al estilo de la que ya imaginaba el autor inglés al momento de sobrevivir como productor radial de la BBC.

Otros, más ácidos, observarán la vocación de Gran Hermano que ejerce el Gobierno cuando el discurso emitido por cadena nacional eleva a la Presidenta a la condición de maternidad general, indistinta y benevolente para el ancho conjunto de la ciudadanía.

Pero esta observación no aportaría ninguna novedad. Mucho antes de que la progresía descubriese en el antiguo populismo la meca de todas sus utopías, el paternalismo de los líderes ya era fundante de todos los regímenes políticos que –para conservar las cosas como están– le explican al pueblo que la protección de un señor feudal es la única garantía ante las inciertas acechanzas de la libertad.

En cambio, esta Cristina madre y señora de todo lo creado puede ser interpretada en la clave del primer Orwell, cuando advertía que alguna vez todos hemos actuado de un modo parecido a Macbeth.

Obsérvese: el contexto en el que la jefa del Estado pronunció su último discurso es menos cercano al auge que a la decadencia de su esquema de poder.

En diciembre, advirtió el efecto social de su derrota recién después de bailar sobrelos muertos de un país enardecido.

Reapareció en enero, con un mensaje en el que otra vez hablaba de gestas inconclusas mientras por la espalda descargaba como un hacha una profunda devaluación de la moneda.

En marzo, el par de ideas nuevas que desgranó ante la Asamblea Legislativa se evaporó en otro efímero par de días. Recién hoy concluye el paro docente que conminó a desarmar entonces.

Una huelga nacional le ha sido anunciada para abril, mientras las negociaciones paritarias sólo se guían por la inflación del Congreso. Y, según parece, la reforma napoleónica del Código Penal subsistirá sólo si a la jefatura del Vaticano le interesa.

Con Axel Kicillof a su lado, la Presidenta reclamó débilmente que el tarifazo en los servicios públicos reciba un bautismo diferente. Ayer, nomás, al órgano de prensa oficial le fue encomendada la cristiana sepultura de la bandera del desendeudamiento. “El Gobierno acordó con Goldman Sachs un crédito por mil millones de dólares”, informó Página 12.

Con el ajuste, la Presidenta está intentando eludir una crisis económica mayor que sólo le aseguraría una salida deshonrosa del poder que ejerció sin concesiones durante una docena de años. Y ahora, al lumbre del ocaso, mira la cámara y se refugia en la maternidad general. Toda una representación del síndrome del nido vacío.

Es posible que el espectador tienda a conmiserarse. Después de todo, quién, en su diminuta escala, no se ha comportado alguna vez como 
Macbeth.

Y de ese modo, no menos amañado y primitivo que sus medidas de ajuste, Cristina está intentando construir la más precaria de las legitimidades argentinas: la amnistía de retirada.

Creerá, como el trágico personaje de Shakespeare, que al primer pecado lo admitió para acceder al poder. Y que a los siguientes, mucho peores, los cometió en defensa propia.

 


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