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Desierto negro

11/05/2009 15:13 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Tras los incendios del 2008 en Córdoba…

Ya suman nueve los años de combate contra el fuego en las sierras cordobesas. Pero en el 2008 la lucha se intensifica. Las llamas no perdonan. Villa Verna, Ascochinga, La Cumbre, Jesús María, Salsipuedes, Capilla del Monte, Tanti, Carlos Paz Rio Ceballos y varias localidades del Valle de Punilla, ya sufrieron su calcinante poder.

Los datos alarman: más de 400 evacuados, 40 mil hectáreas quemadas.  45 dotaciones de bomberos, 20 autobombas y 3 hidroaviones, no dan abasto. Duele más cuando se  piensa que muchos de los focos fueron provocados, que miles de personas sufren por una mano inconsciente.

 

Lunes 1ero de septiembre. La ciudad de Córdoba  amanece con un cielo rojo y un poco nublado. Pero las nubes son de humo y  el tono  rojizo no es precisamente por el sol del amanecer. Mucho calor. Autos y calles cubiertos de ceniza. Nadie sabe a ciencia cierta de dónde proviene, pero la realidad es que el polvo negro no cesa de aparecer.  Las noticias hablan todo el día de lo mismo: tres focos de incendio provocados  el domingo en las sierras cordobesas. Miles de hectáreas abrazadas por las llamas.

 

Un caso... entre cientos

Domingo 31 - Villa del Lago es un hermoso barrio de Carlos Paz, ubicado en el tramo que une esta ciudad con Tanti. Se encuentra sobre una colina que linda con el dique San Roque, repleta de casas residenciales, con enormes jardines y piletas de natación. Hace tres años Analía y Gustavo Pittau, una jóven pareja de 26 y 32 años,  decidieron  mudarse a esta tranquila localidad, admirando su bello paisaje y la paz que inunda el lugar.

Eran las  diez de la mañana y la Flia Pittau desayunaba a orillas de la piscina. Mientras Analía le daba de comer a su beba de dos meses, Gustavo disfrutaba de la magnífica vista al lago.  Ninguno de los dos sospechaba que, unas horas más tarde, el ritmo de este día tranquilo cambiaría rotundamente. Ella comenta al pasar: “lo único que me parecía  irregular era que el día estaba muy caluroso y ventoso”.

Al mediodía llegaron de visita los padres de Gustavo. Hicieron un asado en el quincho, y se sentaron a compartir la sobremesa. De repente, comenzaron a ver un poco de humo en el ambiente, así que Gustavo se levantó para terminar de apagar las brazas que quedaron en el asador. “Pensamos que el humo venía de ahí”, comenta Analía. Pero el  humo no se dispersaba. Así que subieron a la parte más alta del terreno y divisaron, que en el Complejo “El Pato” (a unos 3 km de la casa) se había generado una enorme columna de fuego. Pero como las llamas estaban lejos, supusieron que pronto  serían controladas por los bomberos y bajaron  a tomar unos mates. La mayoría de los vecinos aprovechó para hacer lo mismo, o dar una vuelta por el lago para mirar los veleros. El día se prestaba para pasear.

Como aún quedaba un poco de humo en el ambiente, Analía decide entrar unos minutos para resguardar a la beba. Eran como las cuatro de la tarde. “Cuando salgo - nos comenta-, mi marido estaba, aparentemente,  regando el patio. Yo lo reté porque se iba a vaciar el tanque, le dije que no desperdicie  agua; ignorando que el fuego ya estaba muy cerca”. Baja a buscar algo, y cuando sube de nuevo tenía las llamas en sus narices. “Estaba en la casa de al lado, ya no se podía respirar. Vi  fuego en un matorral y mucho humo”. Nos comenta que el esposo le decía: “está acá, está acá”. Le dijo que se vaya,  que saque a la bebé.

Como pudo, puso a su hija en el auto de la suegra y le pidió que se  la lleve.  “Bajé a buscar agua para llevarle a Gustavo, que estaba luchando para que el fuego no avance. Yo  no entendía nada, fue todo tan de golpe… Cuando doy la vuelta veo que  los bomberos estaban en mi patio”. En ese momento ella se da cuenta de la gravedad de la situación. Cerró la casa y se decidió a salir. Pero no encontraba el auto, no estaba por ningún lado. Desesperada comenzó a correr y en el camino se encontró con su suegro, que ya había sacado el vehículo de la vivienda.

“Fueron momentos de mucha confusión, nos agarró desprevenidos a todos”, nos cuenta Analía. “No se veía nada y la gente estaba desesperada. Una viejita entró en pánico, y gritaba a más no poder. Otra lloraba. La gente salía corriendo de las casas sin saber para dónde ir. Había personas desconocidas, que nadie descubría cómo habían llegado hasta allí. Más tarde nos enteramos que venían desde otros lugares para ayudar. Los perros ladraban, los nenes preguntaban (mientras tosían). Un propietario, un hombre extranjero de unos 40 años, parecía loco. Pedía que apaguen el fuego de su casa, que se incendiaba, estaba aterrorizado. Pero su casa no se estaba quemando”.

Para colmo de males, a los bomberos se les terminó el agua y la cooperativa que abastece al barrio había cortado el servicio unas horas antes (como suele hacerlo asiduamente, según comentarios de los lugareños). Los vecinos llamaban para reclamar y no había ni una telefonista que atendiese la llamada. El camión autobomba de refuerzo recién  llegó cuando Analía estaba saliendo del lugar.

 

Entre un cielo de ceniza y un suelo de carbón…

Los damnificados permanecieron tres horas en el puente negro (a unas 15 cuadras de distancia), esperando novedades. Todos los pasos estaban cerrados. Analía no sabía que había pasado con su marido y comenzó a  impacientarse. Así que, en un momento de distracción de los guardias tomó un atajo (junto a su suegra y su hija) e ingresó a su casa por otro camino  que solo ella conocía.

Mientras tanto, Gustavo y su padre habían quedado apagando el fuego. Utilizaron la bomba de la piscina para sacar agua y ayudar a los bomberos.

20:00 hs. Se encuentran de nuevo en casa. Todo el pastizal de los alrededores estaba quemado: al costado, al frente, atrás. Habían logrado frenar las llamas justo antes de que lleguen a su propiedad.

Ya era de noche, decidieron descansar.

Lunes de mañana… El panorama en Carlos Paz era desolador. En la ciudad de Córdoba también. Ahora entendimos de dónde provenían el humo y las cenizas que vimos al amanecer. 

“Estaba todo negro, todo destruido”, expresa Analía con tristeza. “A lo lejos se escuchaba la sirena de la  policía. Después nos enteramos que se había  reiniciado un foco, a consecuencia de unas brazas que quedaron prendidas”.

Cuenta que a las horas pudieron controlarlo, y las cosas volvieron a la normalidad. Si normalidad se le puede llamar a esta alfombra hecha de cenizas, a nuestras sierras convertidas… en un desierto negro.


Sobre esta noticia

Autor:
Tricia (5 noticias)
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Tipo:
Nota de prensa
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Distribución gratuita
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