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Ernesto Laclau, el filosofo de Cristina

14/06/2013 15:21 4 Comentarios Lectura: ( palabras)

La palabra populismo es una nube de asociaciones detestables. Es demagogia, irresponsabilidad, rechazo a la negociación institucional, desprecio de las sumas y las restas, adoración de un caudillo. Es un concepto impreciso –si es que llega a ser concepto

La palabra populismo es una nube de asociaciones detestables. Es demagogia, irresponsabilidad, rechazo a la negociación institucional, desprecio de las sumas y las restas, adoración de un caudillo. Es un concepto impreciso –si es que llega a ser concepto.

En la imaginación populista, el pueblo adquiere virtudes infinitas. El trabajador manual, el hombre sencillo y pobre encarna un ideal cívico, mientras que el burócrata y el banquero parásito son los enemigos de la sociedad. El populismo niega dos veces la política. Primero cancela la posibilidad de un gobierno aceptable: los gobernantes son irremediablemente perversos. Sólo el héroe podrá expresar las demandas del pueblo. Después, el populismo niega la capacidad de la política de administrar el tiempo. No rompe definitivamente con las instituciones de la democracia representativa, las usa con frecuencia pero mantiene una posición ambigua frente a sus ordenanzas.

Soledad Loaeza apunta los 3 elementos centrales en todo populismo: un discurso que idealiza al pueblo, una relación directa y vertical entre el dirigente y las masas, y una aversión a las instituciones del pluralismo democrático. Como el vocablo neoliberal, es una patología que nadie se atreve a reivindicar como propia.

Ernesto Laclau se ha apartado de esa línea para delinear una compleja reivindicación del populismo. El populismo no es el demonio; es seña de la operación política por excelencia: la construcción imaginaria de un nosotros. En 1985, junto con Chantal Mouffe (su esposa), Laclau publicó en Inglaterra su trabajo más importante. Se trata de Hegemonía y estrategia socialista. Para Laclau y Mouffe, las identidades no pueden brotar espontáneamente, sino que se confeccionan política, discursivamente. Siguiendo la línea de Carl Schmitt, sólo pueden construirse antagónicamente.

El populismo no es para él una ideología de contenido específico. El carácter distintivo del populismo es precisamente que aloja una variedad infinita de demandas que logran unificación a través de un enemigo común. Es igual que sea la rabia antioligárquica o el racismo antiinmigrante. La vaguedad resulta ser un instrumento a su servicio. Es más: se trata de su contenido esencial. Acercarse a la prosa de Laclau no es una experiencia grata. Veamos uno de sus párrafos, están empedrados de un pedante dialecto profesoral que hostiga al lector. “Este cambio tiene lugar mediante la articulación variable de la equivalencia y la diferencia, y el momento equivalencial presupone la constitución de un sujeto político global que reúne una pluralidad de demandas sociales.” ¿??? Después de leer esto uno entiende más de donde se nutren los “pensadores” de Carta Abierta no?

El populismo emerge cuando los cauces institucionales bloquean una y otra vez las demandas colectivas. Pensemos en un barrio donde hace falta el agua. Los vecinos se organizan, acuden al municipio y piden el suministro. Pensemos que el problema no se resuelva. La frustración del barrio será inevitable: el poder público no ha logrado atender su exigencia. Pero ésa será solamente una demanda frustrada. ¿Qué pasa si además de los problemas de agua hay inseguridad, malas escuelas y hospitales sin medicinas? ¿Qué sucede, pues, si esa frustración con el poder público es generalizada? Es entonces cuando se desata una lógica social en donde distintos grupos, con distintas demandas y distintas ideologías, se igualan en sus repetidos reveses frente al poder. Es en ese momento cuando puede hablarse de una ruptura populista.

Los líderes populistas, salvo enfermedad o catástrofe, no se retiran ni se cambian. Ernesto Laclau lo desaconseja

Laclau muestra que detrás de toda germinación populista hay una crisis de representación política. Una crisis de eficacia institucional. De ese modo puede lograrse la división dicotómica de la sociedad. El pueblo contra las elites, los de abajo contra el sistema, la nación contra los poderosos. La extendida experiencia de la frustración permite traspasar las diferencias del vecindario, la ocupación y la ideología.

Laclau descalifica a los críticos del populismo como aristócratas que le temen a su entorno. La primera parte de su trabajo ubica como ancestro del antipopulismo la repulsión por el pueblo. El temor al populismo no es más que la reencarnación de un miedo antecedente: el miedo al pueblo, el miedo a la democracia.

El recurso laclauniano es pedestre: quien ose atacar al populismo se coloca en la fila de los oligarcas. Los antipopulistas son antidemócratas. Lo que parece claro es que, al convertir al populismo en el milagro que cohesiona a un pueblo, el filósofo alimenta la farsa terrible. El farsante que se proclama símbolo patrio en la plaza pública resulta un admirable artista. Soy un pedazo de todos ustedes, ha gritado Hugo Chávez, recordando la identificación de los fascistas con Mussolini. Venezuela es Hugo Chávez. Y Chávez, ha declarado el filósofo argentino, es un gran demócrata.

Es cierto: el populismo puede ser síndrome de una democracia incompetente. No es vía, en modo alguno, para profundizar la democracia. La democracia tiene sentido porque permite y estimula la organización autónoma de la gente, porque previene el exceso, porque garantiza el derecho a la disidencia. El populismo, por el contrario, estimula las prácticas clientelares: el sacrificio de los derechos políticos a cambio de los favores del poder. Esa “democracia” de plazas llenas, puños duros y caudillos efusivos es, sencillamente, una democracia sin ciudadanos, sin diversidad pluralista, sin resguardos frente al peligro de la arbitrariedad.

En la última bien remunerada y masiva movilización de los clientes del gobierno, Cristina se encargó de explicar que no era "eterna", pero pidió otra década kirchnerista. Y lo hizo aclarando que su único heredero es el pueblo. "Es necesario empoderar al pueblo y a la sociedad de estas transformaciones y estas conquistas para que ya nadie más pueda arrebatárselas", dijo. Todos se fueron de la Plaza convencidos de que Cristina es irreemplazable, y de que su único heredero es ella misma. Los líderes populistas, salvo enfermedad o catástrofe, no se retiran ni se cambian. Ernesto Laclau lo desaconseja.

Vascoviejo


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Vascoviejo (24 noticias)
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Patricia (15/06/2013)

Es uno de los intentos de lectura de la obra de Laclau más patéticos que leí en mucho tiempo, "Vascoviejo" no demuestres tan flagrantemente tu ignorancia citando frases de Laclau que ni sabés explicar, Laclau es estudiado en más partes del mundo de las que te imaginás y -por suerte- hay gente que sí hizo el esfuerzo por entender su teoría, aún cuando disienta con ella.

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Laura (16/06/2013)

Vascoviejo, lindo. Lo tuyo es pura linealidad. Dale que complejizabas un poquito tu análisis? Sería lo mejor para tod@s, inclusive para vos mismo.

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juanjo (16/06/2013)

estoy de acuerdo lo que decis VASCOVIEJO ,segui escribiendo asi

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correntino (17/06/2013)

no estar de acuerdo con el concepto.... nos hace muyyy populistas...
grs. por ilustrar lo que siempre imaginamos pero no supimos expresar..