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EVITA: Del mito a la historia - Publicado en el periódico El Litoral -

03/08/2012 10:20 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

image Evita (La fotografía no pertenece a la nota original)

Autor: Rogelio Alaniz

Su paso por la historia fue fugaz y luminoso, como un sueño o como una pesadilla. O como una película. La amaron y la odiaron, la veneraron como una reina y la injuriaron como a una bastarda. Nadie se privó de nada, pero nadie cambió nada. Inútil desconocerla o infamarla, inútil el odio o la indiferencia. Sesenta años después el mito se mantiene intacto y ya se sabe que contra el mito y la leyenda no hay argumentos racionales que valgan.Eva Duarte será para siempre Evita. A pesar de sus críticos y de sus epígonos. Indagar sobre el número de amantes que tuvo en su vida o estampar su rostro en un billete no cambia nada. Evita no necesita de un certificado de virginidad o de la firma de Boudou al pie del billete para ser Evita. Alguna vez escribió que su mayor ambición era ser recordada por los pobres simplemente como Evita. Su deseo se cumplió en toda la línea. Sin disquisiciones o especulaciones complejas, para el hombre de la calle existe y existió alguien que se llamó Evita, una mujer que se acordó de los pobres como pareciera que nadie se había acordado antes y nadie se habrá de acordar después.Los que intentaron borrarla de la memoria colectiva sufrieron un fracaso abrumador. Quienes la amaron no la olvidaron ni la olvidarán. Las pasiones que despertó se han trasladado de generación en generación. Puede que la intensidad de ese amor hoy no sea tan fuerte, puede que el fuego de esa hoguera se haya reducido, pero en la memoria de los pobres sigue intacto el recuerdo de esa mujer a la que amaron como a nadie, y cuando murió la lloraron hasta secar los ojos.Todo en ella estuvo signado por la desmesura, Su irrupción en la política del brazo de un militar, sus discursos arrebatados de pasión, sus generosos programas sociales, sus odios intempestivos, sus amores desbordantes, su dolorosa agonía y su apoteótica muerte. Las óperas, las cantatas y los poemas que luego se hicieron en su homenaje, son apenas una pálida reedición de lo que fue en realidad, confirmando una vez más que la vida es siempre más rica que la ficción.Nunca antes y nunca después la Argentina vivirá el espectáculo de las multitudes que la ovacionaban en la Plaza. Nunca más los símbolos del poder serán sometidos a esa incertidumbre, a ese instante en el que todo pareciera transcurrir al borde del precipicio, el instante en que cientos de miles de voces le exigían que no renunciara, como ocurrió en aquel mítico 22 de agosto. Nunca más se los verá a ella y a Perón vacilando en el palco como dos principiantes, dominados por la sensación de que -por un momento- el libreto preparado o la escena montada escapaba a su control, no porque el pueblo no les respondiera, sino porque les respondía demasiado.En el mito las imágenes suelen ser decisivas. Una excelente biografía de Evita podría condensarse en algunas imágenes que perduraron a lo largo de la historia. Hay una, sin embargo, que la define mejor que nadie. Me refiero a esa foto que según los historiadores fue tomada en la quinta de San Vicente. Ella está con los cabellos rubios sueltos al viento, la sonrisa cálida y atrevida, el cuello de la camisa abierto, la mirada perdida en algún punto del infinito. No necesitaba nada más para entrar por la puerta grande de la historia. La actriz de reparto, la mujer que parecía carecer de talento genuino para interpretar el drama o la tragedia en remanidos programas de radio, logrará en el escenario de la historia ejercer su rol más sublime. Victoria Ocampo alguna vez dijo de ella que en lo fundamental nunca dejó de ser una actriz y que en el poder desplegó sus verdaderas condiciones. Puede que lo haya dicho para descalificarla, pero más allá de su intención, efectivamente fue una gran actriz, alguien capaz de consumirse interpretando su rol. En este caso no en escenarios de cartón, sino en el gran escenario de la historia.Para bien o para mal, los grandes liderazgos del siglo veinte han sido protagonizados por hombres que trasladaron a la arena de la política los recursos de la tragedia, el drama y, en más de un caso, la comedia. Un hombre y una mujer enfrentados a la multitud desde un balcón o una tribuna, inevitablemente necesitan disponer de condiciones histriónicas o de ese inusual ejercicio espiritual que define a un actor. En Roma, en Berlín, en Moscú, en La Habana, tal vez en Buenos Aires, los escenarios de masas se transformaron en formidables espectáculos, donde los límites de la política se hicieron difusos, indefinidos y la historia asumió los rasgos iracundos y frenéticos de la histeria, con su estética de banderas al viento, coros multitudinarios, consignas consumidas como un jingle y, en el centro, en el balcón o en la tarima, el lider, el caudillo, la diosa, iluminados por el resplandor oscilante del carisma.El sentido común estima que los actores mienten; pero hasta el crítico teatral más liviano admitirá que todo actor, para ser tal, debe creer en lo que hace. Evita creía en lo que hacía y se notaba. La mediocre actriz de los radioteatros y las películas cursis y sensibleras se manifestó como una artista formidable en la gran escena de la historia. La mayoría de los políticos de las sociedades de masas darían lo que no tienen para disponer de ese talento, ejercer esos roles. El carisma lamentablemente es un don que los dioses le otorgan a algunos elegidos, pero es también el producto de ciertas condiciones históricas que son las que hacen posible esa relación carismática. Todo lo que se pueda decir sobre su vida se dijo. No creo que en el siglo veinte se haya escrito de alguien desde lugares tan diversos y contradictorios. El ensayo, la poesía, el folleto, la biografía, nadie quedó sin decir su palabra. Santa y prostituta, diosa y demonio, ángel y malvada, fanática y generosa, dulce y perversa, ningún adjetivo le fue negado. ¿Aventurera o militante? ¿bolchevique o fascista? ¿sometida o liberada? ¿rebelde o resentida? ¿fue un títere de Perón, o a la inversa, Perón fue una marioneta suya? ¿fue la mujer del látigo o el hada rubia? Todas las respuestas se han ensayado y todas pueden ser verdaderas o falsas, porque, nos guste o no, desde hace rato ella está más acá y más allá de todas estas disquisiciones. Si para el mito, la leyenda o la memoria colectiva no hay mucho mas que agregar a lo dicho, para la historia todos los esfuerzos que se hagan para tratar de explicar el fenómeno son siempre necesarios y en algunos casos indispensables. Ningún historiador podrá cambiar las pasiones que anidan en el corazón de los hombres, las lealtades y sentimientos que alguna vez se encendieron, pero así como sería inútil negar las razones del corazón, también sería injusto desconocer las exigencias de la inteligencia, porque hasta tanto alguien demuestre lo contrario, la historia seguirá siendo el esfuerzo incompleto pero lúcido por entender el pasado, las acciones de los hombres y sus propias pasiones, incluso aquellas que para ese escéptico incorregible que suele ser el historiador, se presentan como incomprensibles, exageradas o tramposas.Eva Duarte de Perón es un mito, pero es también un sujeto de la historia. Sobre el mito ya hablamos, corresponde ahora hablar de lo otro ¿Y qué es lo otro? Pueden ser muchas cosas, pero en este caso me interesaría reflexionar sobre sus relaciones reales con el poder, incluidas sus relaciones con Perón, no las de la alcoba, sino las del poder. ¿Cómo se construyó esa relación? ¿cómo se expresó y qué conflictos internos hubo entre ellos? ¿cómo entendió Evita al poder y cómo lo ejerció?En este caso no estoy interesado en su habitual biografía, en la historia de la muchachita que llega a Buenos Aires con sus ambiciones, sus sueños y sus cargas de resentimiento. Tampoco en su vida íntima o en las vicisitudes de su carrera como actriz. Sobre esos temas se ha hablado y se ha escrito mucho; y se me ocurre que, para bien o para mal, queda poco por agregar.También se ha escrito mucho y bien sobre la Argentina de los años treinta y cuarenta, sobre ese país que transitaba desde los derechos civiles y políticos hacia los derechos sociales, desde las seguridades de una sociedad agraria a las incertidumbres de una sociedad industrial, desde los límites del mundo rural a las aperturas de las sociedades urbanas y de masas.Evita actuó en ese escenario, y su rol no puede explicarse al margen de ese universo. Pero lo que importa es indagar cómo se establecieron esas relaciones entre el personaje y las condiciones reales de la historia. Y sobre todo, interesa preguntarse cómo en su breve pero intenso protagonismo hilvanó las redes del poder que le permitieron transformarse en algún momento, no sólo en la mujer más popular de la Argentina, sino también la más poderosa. El carisma explica una parte de ese proceso, pero reducir el poder material y consistente de Evita a un discurso en la tribuna o a una inspiración intuitiva, es omitir tal vez lo más importante. (Continuará)


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Autor:
Eduardo Ramos Campagnolo (93 noticias)
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elblogdeeduardoramos.blogspot.com
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