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El Frente Nacional español

30/09/2017 06:10 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Estamos produciendo una serie de entrevistas en vídeo sobre la era Trump en EE.UU. Si quieres ayudarnos a financiarla, y donar aquí.

Como un sarpullido, a mi ciudad, y a muchas otras ciudades españolas, le han salido banderitas en muchísimos edificios. Balcones, ventanas, ventanucos, salientes y cornisas se visten de rojo y amarillo (¿gualda?). Lo que hasta hace nada era la excentricidad de un tipejo facha y un poco gagá con el que sus vecinos evitaban cruzarse en el ascensor se ha convertido en expresión mainstream. Las tiendas chinas que venden banderas, cuyo mercado se restringía a los domingos que el equipo local jugaba en casa, han visto expandidos de repente los horizontes de su negocio, y tal vez los talleres donde las estampan no den abasto estos días para atender los pedidos. Qué pena que el Antonio Alcántara de Cuéntame cerrara su negocio de banderas y banderines. Nos íbamos a forrar, Merche, se lamentará en el lecho conyugal.

La única bandera pacífica es la blanca que se ondea al rendirse. Todas las demás se diseñaron para ir a la guerra detrás de ellas, para plantarlas en tierra conquistada

Al final de mi libro La España vacía sostengo una esperanza ingenua. Venía a decir que la historia había librado a España de la podredumbre y el lastre de basura del nacionalismo y de la exaltación de lo patriótico. Cuarenta años de adopción de todos los símbolos y mitos del país por parte de una dictadura infecta los habían dejado tan podridos y apestados que no servían para nada. Nadie en la izquierda utilizaba su parafernalia de colorines, pero tampoco la derecha ha hecho exaltación, porque hasta el PP ha sido consciente de la antipatía y repelús que un exceso de rojos y gualdas provoca en los ciudadanos, y para convertirse en un partido de mayorías, que desbordase el núcleo duro de españolistas, era mejor usar unas gaviotas asépticas y corporativas, con un azul neutro y lavado de fondo. En resumen: el patriota español era un bicho raro, marginal, en absoluto representativo de una mayoría social, casi una caricatura costumbrista, un resabio folclórico. Esto explica en parte que no haya surgido en este rincón de Europa un equivalente al Front National, al UKIP, a la Liga Norte, a la Alternativa para Alemania o al Partido de la Libertad austriaco.

Los nacionalismos no españoles, sobre todo el catalán y el vasco, han crecido y se han hecho regímenes eternos gracias también a la falta de oposición de un nacionalismo español. En mi libro celebraba este estado de cosas: qué gusto vivir en un país sin banderas, un país donde la retórica patriotera no forma parte de la discusión política ni erosiona la convivencia con su histeria irracional y sentimental.

Esto se acabó. Supongo que uno de los efectos secundarios del affaire catalán será la emergencia de un españolismo que, de momento, sólo se ve en la nueva decoración de los edificios de viviendas, pero que no tardará en encontrar una forma de organizarse y expresarse políticamente. Estamos a punto de ver nacer un Frente Nacional español. Solamente falta un caudillo, un pirado carismático y oportunista con capacidad de seducción. Se me ocurren dos o tres posibles candidatos a Le Pen local, pero no diré sus nombres, no vayan a animarse.

Cuarenta años de adopción de todos los símbolos y mitos del país por parte de una dictadura infecta los habían dejado tan podridos y apestados que no servían para nada

En el fondo, nos está bien empleado. Por confiarnos, por creer que ese sentimiento estaba superado y era cosa de cuatro fachas con un pie en la tumba o de media docena de perturbados sin fuerza ni capacidad para meter miedo a nadie. Subestimamos el monstruo y ahora el monstruo nos va a pegar unos cuantos mordiscos. Podemos agradecérselo amargamente a quienes han tensado la cuerda hasta romperla en Cataluña, pero tampoco eso es un consuelo: con culpables o sin ellos, lo cierto es que nos va a tocar ver cómo nuestros vecinos se van volviendo más hoscos, más primarios, más intratables. No hay vuelta atrás, la tormenta está encima de nosotros.

El otro día me llamó un periodista francés, a propósito de una entrevista que me habían hecho en Le Monde, para plantearme un par de preguntas sobre "la situación". Una de las primeras fue: "¿Qué opinan los españoles?". Respondí que no existen los españoles, como no existen los catalanes, que no se puede reducir la complejidad de una sociedad abierta y moderna a unas categorías tribales tan banales. Cada español y cada catalán (que no son más que categorías administrativas) opinará una cosa y la contraria según el momento del día en que se le pregunte. Y mientras hablaba, me daba cuenta de que el del discurso marginal era yo, que ya somos pocos los que creemos que no hay catalanes ni españoles, que nos hemos convertido en los vecinos raros a los que se evita en el ascensor.

Y sé que las banderas llevan mucho tiempo cubriendo Cataluña, y que se habla ahora de expresión pacífica de un sentimiento, pero no puede haber paz con banderas. La única bandera pacífica es la blanca que se ondea al rendirse. Todas las demás se diseñaron para ir a la guerra detrás de ellas, para plantarlas en tierra conquistada. Salir con una bandera, sea cual sea, es un gesto intrínsecamente agresivo, incompatible con una voluntad de paz y convivencia. Quienes queremos convivir de verdad guardamos los trapos en los cajones de la cocina.


Sobre esta noticia

Autor:
Criticic (2156 noticias)
Fuente:
ctxt.es
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Reportaje
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