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El geriátrico, donde los sentimientos se evaporan. . . (i)

12/02/2016 20:49 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Mi vida y sus infiernos...

Yo necesitaba trabajar...había mucho trabajo en geriátricos, pero al principio me incliné por los cuidados domiciliares de pacientes. Era una tarea ingrata teniendo en cuenta que uno sabía que cuando se moría, uno tenía que volver a a esos dadores, explotadores, de trabajo a domicilio, tipo MANPOWER. A la empresa solo le interesaba el negocio, que fuera bien redondo, ya que se quedaba con la mayor tajada de lo que pagaba la familia del asistido o en su defecto, la Seguridad Social. Por supuesto que a empresa le importaba tener postulantes, no se averiguaba sus antecedentes, podía ser un asesino serial o un cleptómano.

Mi primer paciente fue un hombre que padecía el MAL DE PARKINSON, trastorno neurológico que se da principalmente en personas de avanzada edad, y se caracteriza por una lentitud en los movimientos voluntarios, debilidad y rigidez muscular y temblor rítmico de los miembros. Yo iba solamente por cuatro horas en horario vespertino de domingo a jueves. A mi paciente lo liberaba de su silla de ruedas y lo ayudaba a caminar por el amplio salón de su casa para que pudiera desentumecer sus débiles piernas, Le trataba de dar ánimo. Por momentos me daba la sensación que me entendía. A las siete de la tarde le daba la cena y dos veces por semana lo bañaba. El Hombre del Parkinson, en sus años útiles, había sido un excelente carpintero. Ganaba muy bien y así fue como se construyó la mansión que habitaba en una de las zonas más caras de Tel Aviv. El Hombre del Parkinson tenía lindas facciones. En cambio su esposa era una petaca de mal carácter que maltrataba a su marido, como si su intención fuera que se muriera pronto. Quizá se estaba vengando de algún acto de infidelidad que ella no podía olvidar. El Hombre del Parkinson estaba feliz conmigo. Él me esperaba ansioso, se le notaba en sus ojos cuando me veía llegar. Un día le tuve que parar el carro a La Petaca porque empezó a exigirme cosas que no estaban incluidas en mi función específica, sacar la ropa del lavarropa y conlgarla. LE TOM? MÁS BRONCA CUANDO SUPE QUE ERA RUMANA. Ya me tenían harto, los propios y ajenos. Se me habían amontonado en mi vida y no sabía cómo sacármelos de encima.

EN ESA CASA VIVÍA UN HIJO SOLTERÓN, gran consumidor de bebidas colas. Esto justificaba el tamaño de su panza. Había estudiado de todo y recibido de nada. Cuando lo conocí practicaba la holgazanería. El día que le dije al Hombre del Parkinson que no lo iba a seguir atendiendo se puso a llorar. La noticia lo había agarrado en un momento de plena lucidez. Lo que ganaba no me alcanzaba para nada. Mientras atendía a él, me anoté en otra empresa como para tener la mañana ocupada.

Me dieron para atender a un enfermo de Alzheimer en fase terminal . Esta enfermedad produce una atrofia cerebral difusa, asociada generalmente con demencia, que se presenta de ordinario en la edad senil. Me era duro verlo sufrir ¡Qué gran solución fue para él la muerte! Vaya suerte la mía: también esta familia era rumana. La esposa del enfermo era una reliquia de maldad. Me trataba como si yo fuera culpable que su esposo se estuviera muriendo. Una nuera cada vez que lo venía a visitar me elogiaba de lo bien que yo lo atendía. Más de una vez me preguntó cómo hacía para soportar a la arpía de su suegra. A mi paciente alcancé atenderlo un mes y medio. Y partió. ----------- JAMES PARKINSON. Médico clínico, sociólogo, botánico, geólogo, y paleontólogo británico (n. 1755). En 1817 describió la enfermedad que lleva su nombre. Aloysius Alzheimer. Psiquiatra y neurólogo alemán (n. 1864). Identificó por primera vez los síntomas de la enfermedad en una paciente que trató en 1901. -------------------- ME FUI ACOSTUMBRANDO A ESE MUNDO INHÓSPITO Yo sabía que los geriátricos siempre estaban necesitados de personal. No era una tarea fácil, la paga era mezquina y el recambio de personal permanente. La ventaja que no había que estar pendiente de la vida de un paciente, para poder cobrar el sueldo. En un diario pesqué el aviso de un BEIT ABOT, que hacía un mes que se había inaugurado. Llamé por teléfono y la persona que me atendió me dijo que me presentara al día siguiente. Me dio la dirección. Desde Bat Yam, donde yo residía tenía unos cuarenta y cinco minutos de ida. EL GERIÁTRICO se hacía cargo de la seguridad social del trabajador y le pagaba el ochenta por ciento del precio mensual del boleto del colectivo y nada más. Para tener un salario medianamente aceptable había que meter horas extras a lo pavote.

A mí se me asignó el segundo piso donde estaban los pacientes que eran lúcidos pero imposibilitados de caminar. Los movilizábamos en sus sillas de ruedas.

EL GERIÁTRICO LA HUMILLACIÓN, era un edificio de tres pisos. Estaba ubicado en el corazón de una comunidad religiosa En cada habitación había más camas de las permitidas por el Ministerio de Salud. El dueño sabía cómo infringir las leyes. En cada piso había una pequeña cocina donde se preparaba el té, el café con leche y los jugos. Y en la heladera se guardaban las gelatinas que se servían a media mañana y después de la siesta.

LOS ASISTENTES DEBÍAMOS LAVAR LAS VAJILLAS. Los platos, las tazas, los vasos y los cubiertos estaban separados entre aquellos que eran utilizados para los alimentos lácteos de los cárnicos. Se debían conservar aspectos básicos de la religión judaica. La cocina donde se elaboraban los alimentos estaba en el subsuelo. Era moderna, toda de acero inoxidable. La cocinera era una israelí y sus ayudantes eran jóvenes árabes israelíes, muchos de ellos laburaban para luego ir a los boliches bailables de Tel Aviv.

LOS ALIMENTOS ERAN TRANSPORTADOS a los pisos en unos carros eléctricos utilizando uno de los dos ascensores que tenía el edificio. Las ollas térmicas estaban metidas en una fuente de agua caliente para que los comensales recibieran la comida a una temperatura ideal. Al principio la comida tenía calidad y cantidad. Después, no fue ni una cosa ni la otra. La gente se quedaba con hambre. Los familiares no podían hacer nada para mejorar la situación. La patronal no los escuchaba. Y el único camino que les quedaba era llevarlos a otro geriátrico. Había peores lugares que La Humillación. Casi todos los geriátricos tenían sus plazas cubiertas. Cama que se desocupaba había otro cuerpo que se acostaba.

EL DUEÑO DE LA HUMILLACIÓN era un tipo joven, descendiente de iraquíes. Se hizo rico cuando se ganó la lotería? el Mifal a Pais. Su padre, que era maestro mayor de obras, le construyó el edificio. No necesité mucho tiempo para darme cuenta que el iraquí era un mal bicho, un falso consagrado. Todas las mañanas rezaba en su oficina. Dejaba la puerta entreabierta para que todos los asistentes viéramos cómo se reconciliaba con Dios, para que no lo castigara por explotar al personal, por mezquinarles la comida a los abuelos y por mentirles a los familiares sobre las bondades del lugar. Cuando se inauguró el geriátrico tenía salas de hidromasajes. A la semana las quitaron para transformarlas en dormitorios. Privaba la rentabilidad por sobre el confort. Hasta se llegó al extremo de convertir los refugios en habitaciones, cuando debían permanecer desocupados y acondicionados en caso de una confrontación bélica.

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EL DUEÑO DE LA HUMILLACIÓN tenía untado a algunos de los inspectores del Ministerio de Salud, quienes le avisaban cuando iba a producirse una inspección. Entonces el personal se encargaba de poner la casa en orden: las camas que estaban demás las escondíamos en un depósito; se modificaba la planilla del personal aumentando su número para que se ajustara a lo exigido por ley. En la lista de los trabajadores figuraban los que habían renunciado y algunos que nunca habían estado con nosotros. No sé de dónde sacaban esos nombres y sus documentos respectivos. La maniobra tenía un gran parecido a los padrones electorales argentinos. En el turno matutino éramos cuatro los asistentes por piso. Dos en cada ala. De tarde podían ser tres, a veces dos; y de noche uno y una enfermera para todos los pisos. Yo cumplía el horario de seis a catorce. En mi grupo había una israelí y el resto eran filipinos, todos ellos buena gente. A los asiáticos yo les hablaba en inglés.

RAQUEL, mi compañera era descendiente de sefaradíes. Era una flaca escopeta: la comían los nervios. Se bajaba dos atados de Time por día. Había enviudado siendo muy joven. Su marido fue atropellado por un auto cuando cruzaba la calle. Tenía un hijo que a los dieciséis años ya gozaba de un vasto prontuario por gresca y hurto. Más de una vez en plena madrugada tuvo que ir a sacarlo de la comisaría. El pibe no estudiaba y tampoco trabajaba. La pobre madre le bancaba la vagancia. Raquel se había echado un amante. Era un empleado jerárquico de la empresa láctea Tnuva, propiedad de la CGT. Un día ella lo despachó cansada de garchar en la clandestinidad y de las falsas promesas que largaría su mujer. Raquel era veterana trabajando en geriátricos. Me fue de mucha ayuda. Todas las mañanas me esperaba en la parada del colectivo donde yo descendía para tomar la combinación que nos dejaba en la puerta del laburo. Fuimos un buen tándem, y mejores amigos.

EN LA HUMILLACIÓN no había estabilidad laboral. Continuamente se renovaban los planteles. El patrón prefería echar a un determinado número de trabajadores y después volverlos a tomar y en caso de despido no indemnizarlos. Pedir un aumento era un imposible. En un principio cualquier trabajador podía almorzar. Después se dijo que podían hacerlo aquellos que cumplían doble turno. La comida no siempre alcanzaba: había que conformarse con las sobras. Yo me podía jactar de ser distinto al resto de los asistentes, si me guiaba por los regalos que me hacían los familiares de la gente que yo atendía. Esto terminó molestando al Encargado del Personal, un tipo delirante, que vivió un tiempo en el Brasil y que terminó con una úlcera sangrante, quien un buen día decidió pasearme por los otros pisos.

A los gerontes no los bañábamos todos los días. Con la práctica íbamos seleccionando aquellos que veíamos que apestaban a orina o que se habían cagado hasta la coronilla. Para trasladarlos hasta las duchas utilizábamos unas sillas plásticas. El asiento era hueco en su parte central. Y había una bacinilla para que las deposiciones cayeran en su interior mientras los lavábamos. Los asistentes no teníamos una ropa adecuada para entrar a las duchas. Por más que yo me cuidaba salía empapado. Un hongo me afectó el dedo gordo del pie derecho. Casi pierdo la uña.

A todos los pacientes les poníamos pantalones, lo que nos facilitaba a la hora de tenerlos que movilizar. Sin embargo, había familias religiosas querían que sus mujeres solamente se vistieran con polleras. El problema que había algunas que eran muy gordas y difíciles de sostener. Más de una se nos cayeron al piso. O nos ayudábamos entre nosotros, o se utilizaba una especie de guinche portátil... ----------- Trabajé en un geriátrico marplatense, y vi como jóvenes criaturas dejaban el laburo, por haberse roto las espaldas, al tener que movilizar a los internos arrastrándolos con sillas comunes.. No había sillas de ruedas...una brutalidad inimaginable, pero real. ------------------------ Yo tenía una buena relación con todos los trabajadores. Siempre estaba dispuesto a ayudar, especialmente a las chicas árabes israelíes, porque los varones de su comunidad se aprovechaban de ellas, recargándolas de tareas, mientras ellos se rascaban. Por supuesto que la patronal los protegía, no supe el motivo.

LAS FILIPINAS venían a trabajar a Israel para poder ayudar a sus familias. Lo poco que ganaban en el geriátrico era una fortuna en su país. Muchas de ellas se enteraban que sus maridos le habían dilapidado todo en tragos y juergas. Sus historias eran parecidas a al de aquella prostituta mendocino, que se fue a Curazao para mejorar la situación económica y su cafiolo, en vez de ahorrar el dinero que ella le enviaba, se lo tiró en una joven estrellita de teatro.

Yo tenía muchas amigas árabes israelíes no solamente se habían encariñado conmigo sino que me contaban sus cuitas. Una de ellas, estudiante de Sociología en la universidad de Tel Aviv, antes que yo me fuera del geriátrico me regaló un libro del escritor de origen húngaro Efraím Kishón, (n. 1928.)

LA RESPONSABLE DEL LAVADERO ERA UNA ADOLESCENTE. ASRA físicamente parecía mucho más a sus declarados dieciocho años. Caprichosa no se cuidaba ni exigía condiciones laborales, a pesar que yo me peleaba con ella y por ella con patronal. Nadie movía un dedo para solucionarle el problema. Tres Veces fue internada por intoxicación su lugar de trabajo: no tenía la ventilación adecuada. ASRA era de las tantas que no ponían un mango en la familia. Todo se lo ganaba en pilchas y boliches


Sobre esta noticia

Autor:
Sajara (292 noticias)
Fuente:
elrincondelosimpios.blogspot.com
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Tipo:
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