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La gula, el pecado de Iturbide

03/06/2010 13:40 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

La historia oficial mexicana tiene proscrito a Agustín de Iturbide, Primer Emperador Mexicano, por sus múltiples delitos y fechorías contra nuestros próceres independentistas. Sin embargo, pocos conocen su verdadero pecado

Por Arqueólogo Ricardo Rincón Huarota

El 15 de septiembre del año pasado, había quedado con unos amigos para ver la tradicional ceremonia del Grito de Independencia desde la terraza de un hotel que tiene vista al Zócalo. La cita era hasta las nueve de la noche pero dado lo conflictivo de esa fecha, llegué por la tarde al Centro Histórico para comer algo por ahí, caminar, ver los últimos preparativos del festejo y con toda calma llegar a la reunión.

Después de la comida, se me ocurrió entrar a la Catedral y ya dentro me detuve frente a una capilla que contiene, sobre un altar y bajo una pintura, la urna de cristal con los restos de Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu, nada más ni nada menos, que el consumador de la Independencia de México. Estaba observando el cuadro, que por supuesto retrata la imagen de Agustín de Iturbide, cuando en eso se acercó un hombre joven que se arrodilló frente al adoratorio.

Yo creí que era un devoto de San Felipe de Jesús, con quien Iturbide comparte la capilla, pero cual va siendo mi sorpresa cuando vi la mirada del individuo clavada en el cuadro del libertador y escucharle un susurro, a manera de rezo, dirigido a ese personaje inanimado: “Agustín, ¿cuál fue tu pecado, por qué te tienen arrinconado en este lugar frío y oscuro, olvidado? ¿Te das cuenta de la luminosidad con que brilla la memoria de los Hidalgos, los Allendes, los Aldamas, los Matamoros y demás libertadores, que a pesar de que no fueron precisamente unos santos, sus restos descansan en la columna del Ángel de la Independencia?

Continuó murmurando: “Pero yo te digo, señor Emperador, que no cometiste pecado alguno, que te cabe la gloria de haber consumado la independencia en 1821, gracias a tu gran genio político y negociador, y que le diste a la Patria su símbolo más venerado: la bandera tricolor”. Dicho lo anterior, el hombre se levantó, se persignó y se fue.

Para recuperarme de la impresión que me causó esta insólita escena, me fui a sentar a una banca cercana y pensé que, efectivamente, Iturbide no cometió ningún pecado que lo haya excluido del honroso sitio que ocupan nuestros héroes de la independencia. Es cierto que fue corrupto, oportunista, doble cara, sanguinario con los insurgentes, ambicioso, traidor y autoritario; éstos serían los actos reprobables, incluso algunos son delitos, que el juicio de la historia le reclama a Iturbide. Pero pecado pecado, lo que se llama un verdadero pecado, de los catalogados y sancionados por la Santa Madre Iglesia, Iturbide no cometió; es decir, en realidad no es por “pecador”, que se tiene ganada la animadversión casi generalizada de los mexicanos.

Ahora bien, me dije en ese momento, si nos ponemos a buscarle pecados capitales, Iturbide era soberbio, pero uno de sus vicios más notables fue la gula. Era un hombre que vivía permanentemente bajo el influjo pecaminoso de la comida. Como criollo adinerado, sentía gran placer por la buena mesa; tenía sus entendederas en eso del sabor, la cocina y la cava.

Coqueteó con la comida y los vinos franceses que en aquel tiempo apenas iban conquistando el gusto de las clases altas novohispanas. Pero eso sí, nunca prescindió de la gastronomía española y por ahí se sabe de su inclinación por los platillos típicos de la cocina michoacana, que era la de su tierra, y de la poblana. De esta última gustaba del mole y los chiles en nogada, que dizque se inventaron en su honor, pero bueno, esa es otra historia.

Iturbide fue corrupto, oportunista, doble cara, sanguinario con los insurgentes, ambicioso, traidor y autoritario; éstos son los actos que nuestra historia no le perdona

Tal vez al joven que estuvo hincado frente a su altar, le parecería exagerado que culpe a Iturbide del pecado de la gula. No obstante, el día de su coronación como Emperador en 1822 realizó un ostentoso banquete, cuando las arcas de la Nación estaban quebradas, en el que hubo variedad de carnes, pasteles y vinos franceses. Me pregunté entonces ¿Acaso no la moral cristiana infracciona al individuo que come lujosos manjares que superan las posibilidades económicas? Quizá el joven me diría, Agustín era tan generoso, que hasta de su bolsa pagó el banquete. Ajá, yo le contestaría.

Además, no me parece cosa menor que cuando abdicó al trono y se fue exiliado a Europa en 1823, se haya llevado todo un arsenal gastronómico, compuesto por una gran cantidad de víveres y caldos vínicos, para la travesía. En efecto, retacó las bodegas del buque Rawlins con más de medio millar de aves de corral, entre gallinas y pavos; 30 borregos; seis puercos; doce lechones; cuatro chivos; seis cajas de bacalao y muchas, muchas, provisiones más, con las cuales seguramente le preparaban excelsos platillos. Sabemos que iba acompañado por su numerosa familia, en ese momento tenía ocho hijos, y un ejército de criados, pero ¿creyó que en su periplo transatlántico pasarían hambre por lo que alarmado se abasteció de manera excesiva de alimentos? o ¿dada su alcurnia, tendría que seguir consintiendo a su fino paladar aún estando en medio del oceáno?

También se llevó dos barriles de vino catalán, una treintena de cajas de clarete y algunas más de vino de Málaga y Jerez, aparte de cuatro garrafones de anís. Cómo no voy a tachar a Iturbide de goloso cuando la religión católica dice que entre los comportamientos destructivos derivados de la gula, también se cuentan el consumo y abuso de sustancias, como el alcohol, que van en detrimento de la salud del cuerpo.

A juzgar por sus inmoderados gastos en comestibles que hacía en Inglaterra y que fueron reportados por los espías del gobierno mexicano, sólo pensaba en el pecaminoso placer de la ingesta de alimentos y bebidas. Pude haberme quedado más tiempo ahí sentado repasando los excesos de Iturbide, pero sentí una mano que tocó mi brazo. Era la del sacristán quien me informaba que por motivos de las Fiestas Patrias, la Catedral cerraría más temprano y tenía que salir del recinto.

Instalado ya en la terraza del hotel con mis amigos y en plena celebración del Grito, veía a lo lejos al Presidente de la República en Palacio Nacional ondear la bandera tricolor, sí, esa que fue creada por Iturbide. Por los altavoces lo escuché desgañitarse con los vivas a los héroes y concluí que ningún presidente, gobernador, alcalde o delegado, nunca va a gritar un 15 de septiembre ¡Viva Iturbide! y ninguna muchedumbre vitoreará al unísono el consabido ¡viva! en su honor.

Más tarde, mientras disfrutaba de los fuegos pirotécnicos, me disponía a cenar un delicioso chile en nogada; dirigí entonces la mirada hacia Catedral y cada bocado que di a mi tricolor manjar se lo dediqué al glotón de Iturbide que estaba ahí solo, muy solo, bajo las penumbras de su estrecha morada.


Sobre esta noticia

Autor:
Filibustero (58 noticias)
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Reportaje
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