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Kipchoge, el hombre tranquilo quiere volver a ser una máquina

09/12/2020 10:13 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Dicen, los sabios del lugar, que el destino es un buen jugador de cartas y vio clara la mano en 1984, cuando marcó el destino de aquel niño desde su cuna, en la tribu Nandi, el clan Talai, una etnia masacrada por los ingleses y de oscuras leyendas que recorren las hogueras, que hablan de invocaciones a la lluvia y de un absoluto control de la mente, domesticada al servicio de su dueño. ¿Leyendas?

Era, es, Eliud Kipchoge, el mejor maratoniano que hubo, el hombre que subió al Everest en Viena, superando los límites del ser humano corriendo los 42 kilómetros y 195 metros en menos de dos horas, en una marca no homologada. Y ya tenemos una historia que contar, retocada por el maldito virus, pero historia al fin y al cabo.

Seguir la huella de Kipchoge nos lleva a la altiplanicie keniata, a Kaptagat, una pequeña aldea a más de 2.000 metros sobre el nivel del mar, de suelo arcilloso y caminos hasta la línea del horizonte. Allí está el 'camp', un monasterio de clausura que rara vez abre sus puertas a extraños, que 20minutos pudo conocer como único medio español gracias a la invitación de Nationale-Nederlanden, y donde una veintena de hombres vive por y para el maratón: una sala con dos camillas para masajes, un comedor para todos, una pila para lavarse la ropa, una vieja televisión, una biblioteca que Eliud devora y las habitaciones privadas. ¿El mayor lujo? El wifi. Ahora, permanece a medio gas, cosas de la pandemia.

Aquí el organigrama está claro: Patrick Sang, entrenador del equipo NN Running Team, es el jefe, y Eliud Kipchoge, el líder. Los mandamientos son dos, indiscutibles: correr y descansar. No hay más. "La democracia soy yo", asegura Sang, bromista a ratos, y al que un solo gesto le vale para poner firme a todo su equipo. Los egos no están permitidos y las cuentas corrientes, alguna con muchos ceros, quedan más allá del recinto: aquí hay campeones del mundo, plusmarquistas mundiales, medallistas olímpicos... y Kipchoge, que se remanga cada miércoles o jueves cuando le toca limpieza de letrina. "Me gusta hacerlo, ni quiero ni pretendo privilegios", afirma, sin sombra alguna de postureo.

Para todo aquel en busca de respuestas o fórmulas mágicas que expliquen el fenómeno Kipchoge, quizás algo diluido tras su derrota en el pasado maratón de Londres y este 2020 tan... uf (pongan el adjetivo que prefieran), la verdad es aburrida: el secreto es el grupo. "Eliud llegó aquí con 18 años, lleva media vida en el camp, viviendo con sus compañeros, entrenándose con ellos, mejorando, guiándolos en la pista y en la vida. Compite contra si mismo y es insaciable", cuenta Marc Roig, un privilegiado. Viajó desde España a Kenia por probar y terminó quedándose por amor. Ahora, es un miembro más de la familia, un pilar básico con 2:18 en maratón y por cuyas expertas manos de fisioterapeuta han pasado las piernas de Eliud Kipchoge y Kenenisa Bekele, eternos rivales. Tela.

Es martes, uno cualquiera de cualquier mes, de cualquier año, con o sin mascarilla (el centro permaneció cerrado pero las rutinas se mantienen a rajatabla), y son las cinco de la mañana. Amanece para el equipo NN Running Team y no se ven ojeras ni escuchan quejas. Tampoco hay tiempo para el desayuno: "La digestión entorpecería el entrenamiento, pero no estoy diciendo que sea bueno entrenar sin desayunar. Lo hacemos así por las circunstancias y por el tiempo en Kenia, pues si entrenamos más tarde haría mucho calor", aclara el jefe Sang.

Una hora después, con el sol aún durmiendo, ya están todos en la pista de la universidad. Tocan 10 series de 1.600 metros a trote ligero y con descanso activo de 200 metros hasta volver a dar gas. Sang organiza un grupo de unos 60 atletas, jóvenes aspirantes en busca de un futuro capitalista. No hay piedad, y al que intente escalar sin permiso en el guión del entrenamiento, le reventará hasta que termine andando, muerto. Pura selección natural.

En la sexta serie, el tren ya ha perdido varios vagones que no aguantan el ritmo de la locomotora principal, a todo trapo: tiran Kipchoge y Geoffrey Kamworor, plusmarquista mundial de medio maratón (58:01) y destinado a la sucesión de Eliud, frenada ahora por un accidente de tráfico (una moto le fracturó la tibia). Marchan a 2 minutos y 55 segundos el kilómetro, un ritmo no compatible con el 99, 5% de los seres humanos. Después de la sesión, vuelta al camp y a desayunar: té, pan y dos huevos duros, como diría Groucho. Y después, algunos yacerán en el césped, se echarán la siesta o pasarán por taller de Peter Nduhiu, mecánico titular de fibras y músculos. Por la tarde, como siempre, quedan 10 kilómetros para soltar piernas y, a las 21.30, alguna confesión con su íntimo amigo Augustine Choge, compañero de habitación, y a dormir.

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No hay atleta en la comarca y alrededores que no conozca la agenda de entrenamiento del grupo. Todos ellos saben que el jueves toca tirada larga al alba. Serán 30/40 kilómetros a ritmo de tres minutos. Al mando, los de siempre: no hablan, agua la justa y bebidas energéticas o geles suplementarios ni por asomo, solo corren. En poco más de hora y media ya se han ventilado la ruta. No obstante, no todo es sencillo y rudimentario en el universo Kipchoge, cuyos múltiples parámetros físicos y fisiológicos viajan a diario hasta Estados Unidos, donde un equipo de Nikexpertos se ocupa de traducir cualquier variable para facilitar la vida de Eliud y Patrick.

A plena potencia y con las competiciones en el horizonte, el grupo de Sang llega a los 200 kilómetros semanales más los días de 'gimnasio' (las pesas ni verlas) y ejercicios complementarios. Cada atleta tiene su plan, aunque todo ha cambiado un poco los últimos meses. No hay mal que por bien no venga, y el virus ha devuelto a Eliud un concepto largamente olvidado: la vida familiar, sus tres hijos y Grace, su mujer, que sigue encargándose de todo. 18 años lleva así y su voz, un susurro, deja escapar un mensaje: "Después de los Juegos ya le iré avisando de que esto se tiene que acabar". Eliud, poco después, no se dará por aludido: "De momento no me voy a retirar, seguiré corriendo". Veremos cómo termina el asunto. El tropiezo de Londres, donde acabó octavo, ha aumentado el apetito del rey destronado, que tiene la cita olímpica entre ceja y ceja. ¿Correrá algo antes? Puede... no depende solo de él.

Correr es un asunto de fe para este tipo: "Mi mente se centra en eso y no tengo tiempo para nada más, tampoco para la familia. No tiene sentido pensar en problemas que no voy a poder solucionar desde aquí. Yo estoy aquí para lo que estoy: correr". Frente a frente, Eliud Kipchoge es un tipo afable, que no levanta la voz y pone a prueba la capacidad de la grabadora para archivar el sonido de cada mensaje.

Es realmente un monje. Se toma el tiempo justo entre palabra y palabra, inquietando a un periodista que no sabe si callar o hacer la siguiente pregunta. ¿Hobbies? Leer de todo, el Tottenham, ver las noticias, y no sabe quién es Jon Snow o Sheldon Cooper. Tampoco parece en posesión del fiel acompañante de todo corredor, la pereza. "Nunca me he levantado sin ganas de entrenar. Haga calor o llueva, yo entreno siempre". Quizás, solo se intuye un cambio de expresión cuando toca hablar del ingrediente extra en su proeza del 1:59 de Viena. Sí, las zapatillas mágicas que, aseguran los expertos, mejoran el rendimiento hasta un 4%. "Déjame preguntarte una cosa: ¿Tú que coche tienes? ¿Y qué neumáticos llevas?". Ante el desconocimiento del periodista, Kipchoge desarrolla su teoría: "Lo importante es el motor, eso es lo que cuenta. Me parece bien que todos corramos con las mismas normas y que haya una regulación, pero no se puede obviar el avance de la tecnología".

Fue en Viena donde el nombre de Kipchoge trascendió más allá del atletismo. Un terremoto que él vivió a su estilo, tranquilo: "Había entrenado muy bien, aprendí de los errores de Monza (el reto anterior, cuando superó por 30 segundos la barrera de las dos horas) hice todo lo que me dijo Patrick y, aunque empecé nervioso, en el kilómetro cinco ya sabía que bajaría de las dos horas. Fue un momento mágico y llegar a esa hora, 59 minutos y 40 segundos demostró que ningún ser humano tiene límites". El eslogan ya viene de fábrica y permite vislumbrar un futuro más allá del atletismo: "Cuando deje de correr me gustaría hacer algo para ayudar a la gente. A mí no me interesa ser recordado como un atleta, no es importante correr más o menos. Lo importante es ser una buena persona".

De momento, hasta que llegue esa retirada que su mujer tanto anhela, Kipchoge seguirá en la carrera constante por derrotar a Eliud y superar sus marcas. Espera impaciente la cita olímpica para intentar colgarse su segundo oro olímpico. "Él sabe que si entrena cómo debe, casi nadie, o nadie le puede ganar, por eso le veis tan tranquilo", repite Marc Roig. ¿Y si pierde? "Perder es una parte del deporte, y claro que me da miedo, pero si no aceptas la derrota no disfrutas el deporte, y yo amo correr". Ya lo demostró en Londres: "La vida está llena de desafíos. Ahora toca mirar hacia el futuro". La espina está bien clavada. Cuidado.

Todavía hay noches en que, inquieto, Patrick Sang se despierta en sueños. "Muchas veces me pasa. Me pregunto: ¿qué habría pasado si no hubieras prestado atención a aquel chico de 16 años que te pidió un entrenamiento para dos semanas? Pienso mucho en ello".

Normalmente, cuando a Patrick le asalta esa duda, Eliud ya se ha levantado. Le queda poco para empezar a correr.


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