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La niña de la cama

01/02/2018 17:48 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Cuando traspasas la puerta que separa la realidad de lo desconocido, el manto de las penumbras te cubrirá por siempre

  Ricardo Rincón Huarota 

La infeliz pareja discutía a diario por cualquier cosa: desde la colegiatura de las niñas no pagada a tiempo por él, hasta porque ella nunca llegaba a las terapias de la hija menor que sufría de disfunción motriz. Llevaban ya varios años tratando de rescatar lo que quedaba de su matrimonio, pero sus diferencias y las infidelidades mutuas, por ambos conocidas, hacían imposible el entendimiento. Su oficio de comerciante obligaba a Manuel a salir con frecuencia a distintos puntos de la geografía nacional. En los momentos de soledad se refugiaba en el bar del hotel o en algún club nocturno donde generalmente socializaba con los lugareños.

Fue en el restaurante de una ciudad fronteriza del norte cuando, al estar comiendo solo en la terraza, se le acercó una gitana para leerle la suerte. Sin mucho ánimo, pero para matar el tedio, el hombre estiró el brazo izquierdo dejándole ver la palma de la mano. Sonriente, la gitana leyó las líneas dibujadas y le habló sobre su exitosa profesión, lo longeva que sería su vida y las riquezas que acumularía. Le solicitó cerrar el puño para observar cuántos hijos tendría, que se determina por el número de líneas formadas en la cara lateral de la mano, en el pliegue del dedo meñique.

- Sólo tendrás un hijo que será el lazo permanente entre tú y tu mujer; él será la guía para lograr todos sus sueños - dijo la gitana con gran seguridad.

- Revisa bien el número de hijos - él le reviró con una risa burlona.  

La adivina bajó de nuevo la vista hacia la mano y se lo confirmó:

- Sólo uno.

 -Estás equivocada, de hecho tengo dos niñas, una de siete y otra de cinco- Manuel le confesó intrigado.

A la mujer se le congeló el rostro, no podía estar errada. Analizó más profundamente la palma izquierda y después solicitó que le diera la derecha. Tomó ambas manos y acuciosamente revisó también el dorso. Una vez terminado el análisis, le dio el diagnóstico con demoledora determinación:

- La razón de la infelicidad en tu matrimonio, es que sólo debería de haber una niña. Sólo debió haber nacido una. La otra se está interponiendo en su camino. Si quieren alcanzar todo lo que se prometieron cuando se casaron, deberá haber sólo una niña.

Tales palabras retumbaron en la cabeza de Manuel que aturdido sacó un billete de la cartera y se lo dio a la gitana pero ésta lo rechazó. La mujer se puso de pie, dio dos pasos, volteó y le dijo:

- Recuerda, sólo una - y apresuró el paso hasta perderse de la vista del hombre.

Abrumado, Manuel regresó al hotel con el peso de saber que efectivamente desde la llegada de la pequeña todo había cambiado. Lo que parecía una interminable luna de miel con Yésica se vio frenada por el nacimiento de Betsabé. A pesar de que todos los dictámenes médicos recomendaban el aborto del  producto por ser diagnosticado con severos males, ambos se aferraron a su nacimiento. Se juraron cuidar a su retoño con especial amor y ternura e incluso, dijeron, su desfavorable condición los haría acercarse aún más. No sucedió así.

Las frecuentes terapias a que era sometida la pequeña y las burlas de que era objeto en el colegio, incluyendo las de su propia hermana, fueron minando la relación entre ellos, a grado tal que era un alivio que los abuelos se la llevaran los fines de semana. Más aún, habían contratado a dos enfermeras para su total cuidado, quienes se encargaban desde levantarla para llevarla a la escuela, hasta que por la tarde-noche la acostaban en su gran cama de caoba, recubierta siempre con un edredón rojo, sobre la cual había una buena cantidad de juguetes y peluches.

Todo empezó ese fatídico domingo cuando Manuel regresó por la noche del  pesado viaje por el norte del país. Al entrar, encontró la casa muy silenciosa y oscura. Pasó a la recámara de la niña mayor y la vio profundamente dormida; se inclinó para cobijarla y darle un beso en la frente. Se dirigió después a la habitación de Betsabé y la halló acostada pero despierta; sus hermosos ojos verdes, abiertos como dos platos, fulguraban con la brillante luz que emanaba de la diminuta lamparilla de buró. 

–Mi amor, ¿por qué estás despierta?- preguntó el padre, al tiempo que se sentaba en la orilla de la cama.

-Es que tengo miedo, papi- sus problemas de lenguaje no le impidieron responder - mami no está.

-¿Pero… y las enfermeras?

-Ya se fueron a dormir. Me vinieron a acostar temprano y tengo hambre.

Dándose un golpe seco en la pierna con el puño, Manuel sentenció:

 -Esto no puede seguir así, todos en esta pinche casa me van a oir.

Justo cuando se dirigía al cuarto de las empleadas, escuchó un ruido de llaves que abrían la puerta. Era Yésica con una maleta a quien recibió con un  reclamo:

-¿De dónde vienes? Ya te fijaste la hora que es.

-Cálmate. Vengo de Tequestitengo; estuve con Perla y su familia.

- Y por qué que jijos de la rechingada te largaste con esa puta- gritó Manuel fuera de sí- Tu lugar es aquí, al lado de tus hijas. Betsabé está muerta de hambre y el par de enfermeras pendejas, sabe Dios donde chingados están.

-Deja de decir peladeces – Yésica le recriminó con tono imperativo- di instrucciones precisas antes de irme y ahora mismo voy a ver qué pasó.

- Yo hablo como se me hinchan los güevos y tú de aquí no te mueves hasta que me hayas escuchado. No es posible que con el problema que tiene la nena, la hayas dejado sola.

Comenzó entonces una gran discusión de reproches e insultos mutuos:

-Sabes perfectamente bien que la niña no estaba sola y si tiene esa problemática, es por tu culpa que haya nacido así- dijo Yésica.

- ¡Ah sí, no me digas! - contestó Manuel con sarcasmo, cruzando los brazos- ¿quién era la que fumaba yerba y se metía mil madres desde la preparatoria?

- Pues sí, cabrón  ¿pero quien le transmitió los genes de mierda que tiene tu puta familia? ¿Quién tiene internada a una tía loca en un manicomio? ¿por qué crees que me operé de la matriz?, para no traer a otro hijo al mundo con tu herencia maldita. 

Al escuchar esto, Manuel soltó una sonora cachetada a Yésica quien, al reponerse del impacto, le lanzó una mirada que destellaba odio y rencor. Corrió a la recámara hasta donde la siguió el hombre que violentamente cerró la puerta para seguir descargando una auténtica batería de improperios en contra de la vapuleada mujer. Aunque Manuel había perdido totalmente los estribos, los ataques hacia su esposa poco a poco se fueron atemperado por las lágrimas y la suave modulación de voz que Yésica sabía imprimir en las ocasiones que despertaba la bestia. Las voces entonces comenzaron a bajar de tono:

-Nunca me habías pegado- le dijo Yésica sobándose la mejilla.

-Perdón cariño, pero se me metió el diablo, no pude controlar la rabia de ver a la niña despierta tan noche, sola y con hambre; además, sabes que no me gusta tu relación con Perla.

-Si amor, lo sé, pero nos conocemos desde que éramos niñas. De hecho, gracias a un primo de ella fue que nos conocimos tú y yo ¿Te acuerdas?

-Si, cómo olvidarlo.

Se fundieron en un abrazo, pidiéndose perdón, y con lágrimas en los ojos rememoraron los pasajes más luminosos de su vida en pareja: el inicio de su romance, la boda, la luna de miel en las islas griegas y el nacimiento de su primera hija.

-¿Dónde se torció el camino?- preguntó Manuel.

-Los dos lo sabemos: con el nacimiento de Betsabé. Debí haber abortado.

-Tienes razón, alguien hoy también me dijo que ella era la causa de nuestras desavenencias.

-¿Quién te lo dijo? – preguntó Yésica extrañada.

-Una gitana que me leyó la mano, como si supiera los detalles de nuestras vidas, me aseguró que una de las niñas no debió haber nacido.

El diálogo prosiguió hasta llegar al punto de que la mujer, invocando la lealtad que se habían jurado, de estar siempre juntos en las buenas y en las malas, le hizo la propuesta:

-Si ambos sabemos la causa que obstaculiza nuestra felicidad, apartemos a la niña de nosotros, ayudémosla a que tome su propio camino, lejos de nuestras miserias.

-Estás loca- Manuel le recriminó con severidad- ¿quieres internarla o que se la lleven tus papás o los míos?

-No, no me has entendido, quiero que nuestro angelito ya esté en presencia de Dios. Hagámosle ese favor.  

- Pero…… ¿cómo?- inquirió Manuel confundido.

- Que su alma sea libre, que pueda volar hasta el cielo y que su frágil cuerpecito descanse en paz, en un lugar hermoso, mejor que éste, donde no haya sufrimiento, ni dolor, ni cosas malas. Un sitio que sólo tú y yo conozcamos, donde podamos llevarle flores y rezar por ella.

Manuel enmudeció. No necesitaba escuchar más. Comprendió perfectamente el abominable planteamiento. Pero su silencio, más allá de expresar indignación, enmascaraba una duda, la reflexión de algo plausible, que podría llegar a concretarse. Por fin habló:

-¿Cuál sería tu plan?- preguntó tímidamente

-Nuestro plan sería que la nena sufra lo menos posible, que no se dé cuenta de nada, como ahora, que ya está dormidita. Cuando su coranzocito deje de latir, la metes en una de las maletas grandes que hay en el closet y la llevas en la camioneta hasta la casa de campo de mis papás, que ahora se encuentra vacía, y buscas un lugar donde esconder el veliz. Tú, entonces, te regresas de inmediato. Nadie debe saber que la niña está allá. Hoy mismo, después de levantar la denuncia por su desaparición, regresas por la tarde y la entierras en un lugar junto al río, donde no quede rastro de nada. Mientras tanto, haremos creer a todos que fue secuestrada, hasta que se cansen de buscarla. Total, secuestros hay diario en esta ciudad, sin que a veces nunca se llegue a saber el paradero del secuestrado, aunque se haya pagado el rescate por él.  

Yésica tomó de la mano al atribulado marido y se dirigieron a la habitación de Betsabé que ya dormía. Cada quien se paró en una orilla de la cama y fue entonces cuando la madre tomó una almohada, se la dio a Manuel y le indicó con sangre fría que la colocara sobre el pequeño rostro de la niña hasta asfixiarla. Diligente, como sumido en un transe hipnótico, Manuel sujetó el cojín de los extremos y lentamente lo fue acercando a la cara de su hija. La delicadeza con que realizaba la maniobra resultaba una ironía pues el fin último era privarla de la vida. Después de unos minutos, sin que la niña haya opuesto resistencia alguna, le retiró la almohada.

Yésica, por su parte, se acercó para percatarse de que ya no respirara, ni tuviera pulso. Inclinada sobre la cama, levantó la cabeza y, asintiendo, buscó los ojos de Manuel. Cruzaron una mirada larga que delataba horror pero al mismo tiempo resignación, como si el acto que acababan de cometer hubiera sido inevitable, algo marcado por el destino. Lograda la siniestra misión, el cuerpo inerme fue introducido en un veliz negro y trasladado durante la madrugada hasta la propiedad en las afueras de la ciudad.

Ya de mañana, las dos enfermeras, ajenas a todo, se dirigieron a la habitación de la pequeña para alistarla como cada día, pero sorprendidas por su ausencia en la cama, la  buscaron en el baño; al no verla, corrieron alarmadas al cuarto de los señores con la esperanza de encontrarla dormida entre ellos. 

Tocaron a la puerta de la alcoba y Yésica les respondió desde su cama:

 

-¿Qué pasa?- gritó con un tono de fastidio fingido. 

 

-¿Betsabé está con ustedes?, es que no está en su cama– dijo una de las enfermeras.

La madre salió del cuarto y, en un alarde de histrionismo, les juró no saber nada de la niña, por lo que las empleadas iniciaron una desesperada búsqueda primero por toda la casa y después por todo el vecindario que resultó, como era de esperarse, infructuosa.

Un oficial retiró el edredón que dejó al descubierto, entre el colchón y la estructura de madera, una piernita pálida

Al poco rato las enfermeras, sorprendidas, vieron llegar a Manuel en la camioneta y corriendo se dirigieron hacia ésta.

-Señor, señor, ¿Betsabé está con usted?- preguntó sofocada una de ellas.

-No, ¿por qué, que pasó?- farfulló Manuel, falsamente alterado, al mismo tiempo que se bajaba a toda prisa del vehículo- Vengo del gimnasio- agregó.

-Alguien entró al departamento y se llevó a Betsabé.- dijo la otra empleada, extrañada por ver al señor vestido con ropa deportiva a esas horas de la mañana ya que él iba al gimnasio por las tardes - Ya buscamos por todas partes y no está- remató la enfermera. El padre tomó el celular para dar parte a la autoridad y sólo fue cuestión de horas para que el fraccionamiento se poblara de patrullas y policías, pero sobre todo, de medios de comunicación que iniciaron una cobertura pocas veces vista. No obstante, eso no fue impedimento para que el plan se efectuara conforme a lo acordado; Manuel se trasladó esa tarde de nueva cuenta a la casa de campo, en tanto que Yésica se quedó como enlace entre la autoridad y la prensa. 

Sin embargo, al llegar al sitio donde había escondido a su hija, un pequeño cuarto de herramientas contiguo a la casa principal, Manuel se llevó la  terrible sorpresa de encontrar la maleta abierta, sin la niña dentro. El cuerpo se le paralizó, sintió un sudor frío que le recorrió toda la espalda y se le aceleraron las palpitaciones cardiacas. Comenzó una búsqueda frenética de su hija muerta, revolviendo todo y arrojando violentamente cajas y bultos de materiales para encontrarla. Buscó desesperado también en los alrededores e incluso dentro de la propia casa grande, pero todo fue inútil, Betsabé ya no estaba allí.

Enloquecido, sintió el impulso de gritar y llorar, que logró reprimir llevándose las manos a la cabeza, meciéndose con fuerza los cabellos; la incertidumbre, entonces, se apoderó de su mente: ¿y si la casa no estaba totalmente vacía? ¿y si algún empleado o vecino lo había visto bajar el veliz e introducirlo al cuarto? ¿y si el que había atestiguado todo se hubiera llevado el cuerpo como evidencia para entregarlo a la policía o para extorsionarlo? O peor aún ¿y si Betsabé no había muerto, si sólo había perdido la conciencia y logró incorporarse y salir?

Este torbellino de ideas lo torturó durante todo el camino de regreso a su casa, donde fue recibido por una nube de periodistas hambrienta de novedades. Antes, Yésica había dado sendas exclusivas a las dos cadenas televisivas más poderosas del país, en las que con cinismo y frialdad habló de cuánto amaba a su hija desaparecida y de la maldad de los criminales que están dispuestos a raptar a una pequeña tan sólo por dinero.

Esa misma noche, una vez pasado el vendaval, en la intimidad de su habitación, Manuel finalmente pudo confesarle a Yésica la desaparición del cuerpo de la niña. La mujer, en un arranque de ira le soltó al desencajado marido:

- Eres un imbécil, cómo te pudo suceder eso. ¿No pudiste tener más cuidado?

-Claro que lo tuve- dijo Manuel a manera de disculpa.-Pero tal pareciera que se la tragó la tierra, no estaba por ningún lado,

-Pero buscaste bien- reiteró Yésica, caminando nerviosa de un lado a otro de la habitación.

- Por todos lados –confirmó Manuel- y ni modo que me hubiera puesto a preguntarle a los vecinos: “disculpe usted ¿no ha visto por aquí el cuerpo sin vida de mi hija que dejé en el cuarto de los triques?”

- No es momento para bromas estúpidas- le recriminó acremente Yésica-  ahora ni pensar en ir otra vez hasta la propiedad, levantaríamos sospechas, tendremos que esperar aquí a que la conmoción mediática y las pesquisas policiales terminen.

Efectivamente, ante la misteriosa desaparición de Betsabé, el morbo entre los medios y la sociedad se acrecentó, por lo que en los días siguientes la tranquilidad de la pareja se vería afectada día y noche, por las constantes llamadas de medios de comunicación que querían entrevistas exclusivas. Además, una vez que fue enterada de la desaparición de la menor, Perla ventiló el asunto en las redes sociales de internet e, incluso, mando hacer un espectacular con la foto de la nena para ponerlo en el Periférico.

La búsqueda de Betsabé se alargó por algunos días, sin que las líneas de investigación dieran pistas  sobre su paradero. A la policía no le cuadraba que ningún grupo o persona hubiera enviado algún comunicado adjudicándose el secuestro ni pidiendo el rescate. Pidió a la familia una lista pormenorizada de las personas que habían entrado al departamento en las últimas semanas y también solicitó a los padres el nombre de quienes a su juicio pudieran ser sospechosos del secuestro. Durante las pesquisas, los amigos y familiares abrazaban a los desconsolados padres y comentaban entre ellos lo inverosímil de la desgracia que les estaba sucediendo.

Tres días más tarde, al regresar de hacer unas compras, Manuel, Yésica y la hija mayor, iban entrando al vestíbulo del edificio donde vivían, cuando fueron interceptados por las autoridades ministeriales que los esperaban con una orden de arraigo pues sus declaraciones estaban plagadas de inconsistencias.

-El caso dio un viraje don Manuel; créame que en la Corporación lo sentimos mucho, pero tenemos el deber de seguir una nueva línea de investigación- dijo el Comandante.

- No se preocupe oficial, tendrá toda nuestra colaboración- le aseguró Manuel.

Tanto la pareja como las enfermeras fueron arraigadas en diferentes casas de seguridad y se les tomó de nueva cuenta su declaración para armar el rompecabezas que representaba la extraña desaparición de la niña. A su vez, las pesquisas incluían nuevas acciones, tales como un cateo en el departamento y una reconstrucción de los hechos directamente en el lugar.

Al noveno día, los arraigados fueron trasladados al piso y, en subsecuentes oleadas, también subieron peritos y policías con perros entrenados para la localización de personas. Los canes arrastraban a sus amos por todo el departamento, excitados por la búsqueda de olores. Algo extraño sucedió cuando los tres perros se congregaron ansiosos frente a la habitación de Betsabé, ladrando y rasguñando la puerta que estaba cerrada. La policía solicitó a Manuel que abriera el cuarto. Los animales circundaron la cama y se detuvieron de golpe al pie de la misma. Uno trepó en ella, como queriendo remover la cobija con su húmeda nariz.

Para todos los presentes en la habitación, el silencio pesaba más que una lápida. Un oficial retiró el edredón que dejó al descubierto, entre el colchón y la estructura de madera al pie de la cama, una piernita pálida en la que se apreciaba un pijama verde y un calcetín blanco que envolvía el pie. Manuel y Yésica no salían del asombro cuando los peritos extrajeron de ese pequeño espacio el cuerpo encobijado de la menor. Lo recostaron en la cama, retiraron la cobija y todos observaron el cuerpo sin vida de Betsabé perfectamente conservado. Al atestiguar esta escena, a los padres se les detuvo el tiempo. Boquiabierta y con los ojos fuera de sus órbitas, la madre no supo qué hacer ni qué decir. Manuel, no resistió más la terrible presión y azotó en el suelo desmayado. Ambos recibieron el apoyo de los médicos y, una vez recuperados, fueron informados por la policía que con el hallazgo del cuerpo probablemente se daría por cerrado el caso. La resolución estaba a la vista: con base en datos preliminares, la propia niña se había arrastrado hasta ese lugar, todo ese tiempo permaneció allí, envuelta en las cobijas, por lo que murió de asfixia.

 -Ante todo don Manuel, mi más sentido pésame por la muerte de su hija. Fue un gran error no haber traído a los perros desde un principio a la casa - reconoció apenado el Comandante frente a Manuel que permanecía todavía recostado en el sofá de la sala. - Pero le aseguro que la investigación pericial y la autopsia no dejarán lugar a dudas de que fue un lamentable accidente. Será sólo cosa de realizar los trámites y el reporte respectivos, para que en pocos días el señor Procurador convoque a una rueda de prensa, en la que responsablemente informe a la sociedad sobre la conclusión del caso.

Manuel y Yésica se miraban de reojo, en silencio, sólo escuchaban lo que para ellos eran palabras huecas del Comandante, quien trataba de justificar su falta de pericia y método en la investigación. Más tarde, cuando el ir y venir de personas al interior del departamento se terminó, la pareja pudo dialogar:

- ¿Qué fue lo que pasó, por qué apareció Betsabé en la cama, cómo llegó hasta allí? - preguntó Manuel todavía desconcertado e incrédulo.

-No lo sé- contestó Yésica con voz lánguida y la vista perdida hacia la ventana, al tiempo que remojaba sus labios del brandy contenido en la copa recién servida. 

-Será para mí siempre un misterio, algo inexplicable, porque nadie, absolutamente nadie, pudo haber trasladado el cuerpo desde la casa de campo y entrado al departamento para colocar allí a la niña. Siempre hubo alguien de nosotros aquí, además de la guardia permanente que montó la policía en la entrada del edificio. Ellos se hubieran percatado de cualquier movimiento. Yo no sé cómo tomar esto, como algo maldito o una bendición. Pero, a fin de cuentas, dejó algo bueno: pudimos rescatar el cuerpo de nuestro angelito para darle una sepultura digna. 

-Tienes razón Manuel, además, la manera en que apareció nuestra nena también nos exonera a los dos de cualquier sospecha. Esa es una ventaja. Pero también pienso como tú, la aparición de Betsabé, sobre todo en su cama, será algo inexplicable y misterioso, como de película……..sólo espero que no hayan sido los ovnis - remató Yésica dejándose caer de espalda a lo largo del sillón, con la pierna cruzada y haciendo malabares con la copa en la mano.

Días después, una vez sepultada Betsabé y concluido oficialmente el caso, la tenaz persecución a que fue sometida la pareja durante todos esos días, le obligó a tomar la decisión de alejarse de esa vorágine y de irse a la casa de los padres de Yésica para la búsqueda de paz. La propiedad tenía una extensión considerable pues contaba con jardines, áreas de juego, e incluso, una sección de bosque y un río de mediano caudal que alcanzaba en su recorrido alguna profundidad, en la que sus inquilinos solían chapotear en tiempos de calor.

Una mañana soleada, Manuel y Yésica dejaron a la hija mayor jugando en la orilla del río mientras ellos recorrían la finca en busca de alguna pista que los ayudara a resolver el acertijo de la desaparición de Betsabé. Luego de una hora sin hallar rastro alguno, de regreso al río para recoger a la niña, observaron a la distancia su ausencia; sólo se veía la toalla tendida sobre el césped, las muñecas y la crema bronceadora. Yésica apresuró el paso, dando voces con el nombre de la niña. Al llegar, recogió la toalla y sobre su propio eje, giró 360 grados en un intento de localizar a la menor.

Manuel, presintiendo lo peor, corrió primero sobre la ribera y después, dando un gran brinco, continuó la búsqueda sobre los resbalosos bloques de piedra  incrustados en el lecho del río, mirando por cada recoveco formado por las rocas recubiertas de musgo. Finalmente, se detuvo en la orilla de una gran piedra de la cual se descolgaba una pequeña cascada que llegaba hasta una fosa natural. El hombre, con la cabeza clavada hacia abajo, como si fuera una extensión del objeto rocoso que estaba bajo sus pies, quedó petrificado. La macabra escena que tenía frente a sus ojos le hizo expulsar, desde lo más profundo de sus entrañas, un alarido tan estremecedor que Yésica lo escuchó hasta la casa grande.

La mujer corrió hasta el sitio y al llegar juntos miraron horrorizados el cuerpo de su hija mayor, enfundada en su trajecito de baño, flotando boca abajo, con los brazos extendidos y su larga cabellera ondeando al ritmo del movimiento del agua. El llanto y la desesperación se apoderaron de ambos pero Yésica cayó en una crisis de histeria tal que hizo reaccionar a Manuel, quien de manera tardía se arrojó al agua con la esperanza de que la menor todavía tuviera vida. La mujer, con las fuerzas agotadas, se desvaneció, cayendo de hinojos sobre la piedra y alzando la cara al cielo en un grito lastimero clamó:

-Señor, ¿qué pecado cometimos, por qué te la llevaste? 

El pequeño cuerpo de la niña ahogada fue retirado del agua por el padre para llevarlo a la casa. Manuel dio aviso a toda la familia para notificarles la desgracia y fue cuestión de horas para que todos se dieran cita en la casa de campo. Para evitar los reflectores de los medios, se decidió velar a la niña ese mismo día en la propiedad y por la noche incinerar sus restos. Al día siguiente, entre sollozos, los familiares y amigos fueron despidiéndose uno a uno de los atormentados padres, hasta que éstos por fin quedaron solos.

Yésica  y Manuel, ya sin ninguna de sus dos hijas, estaban secos, no tenían más lágrimas. Convencidos de que era un castigo de Dios, se tomaron de la mano y con resignación acordaron vivir el resto de sus días unidos, con el recuerdo de las niñas y la promesa de una vida feliz juntos, aunque con el secreto de Betsabé a cuestas. Sería para ellos un nuevo comienzo, una nueva oportunidad. 

De noche, lograron conciliar el sueño pero mientras dormían, sintieron un movimiento brusco entre ellos. Se incorporaron al mismo tiempo y vieron que de entre las sábanas comenzó a surgir una pequeña cabecita con cabellos dorados, era Betsabé que con lucidez inusitada decía a sus padres:

-Papis, por favor no tengan miedo, no se sientan culpables por haberme enviado a este lugar raro, pero donde todos me tratan bien. Los perdono por lo que hicieron conmigo. Siempre estaré con ustedes, toda la vida vendré a visitarlos de noche, en su cama, cuando duerman. Yo seré la lucecita que los oriente para que sean felices por siempre. Lo que sí quiero que me perdonen es por haber arrojado a mi hermana ayer al río. Lo hice porque mis nuevos amigos me dijeron que ella era mala conmigo y porque el Maestro tenía que llevársela para hacer cumplir lo que él tenía destinado a nuestra familia: que yo fuera su única hija, porque mi hermana nunca... nunca debió haber nacido.   

 SEMBLANZA DEL AUTOR

Ricardo Rincón Huarota. (Ciudad de México, 7 de noviembre de 1963). Arqueólogo especializado en religión prehispánica. Escritor. Ganador del Premio Nacional de Ensayo sobre la Huaxteca (2016), con la obra Presencia de Tlazoltéotl-Ixcuina en la Huaxteca prehispánica, organizado por el Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes y la Secretaría de Cultura Federal.

Ha sido investigador en el Instituto Nacional de Antropología e Historia. Desde julio de 2016 forma parte de la Enciclopedia de la Literatura en México, auspiciada por la Secretaría de Cultura Federal. Autor de diversos artículos especializados entre los que se cuentan: Algunas reflexiones sobre la arqueología y la etnohistoria de Sonora (1992) y Estudio comparativo entre las garantías de seguridad jurídica actuales y la normatividad del Derecho azteca (UNAM-IIJ, 1993). De 1989 a 1994 fue colaborador y coordinador de diversas publicaciones del Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, entre las que se cuentan: Nuestra Constitución (1991); Diccionario Histórico y Biográfico de la Revolución Mexicana (1991); Las mujeres en la Revolución Mexicana (Coordinador, 1992); Ricardo Flores Magón. Programa del Partido Liberal y Manifiesto a la Nación (1992). Entre 1998 y 2008 coordinó el Programa de Recorridos Turístico-Culturales de la Ciudad de México, del Gobierno del Distrito Federal. En 2009 incursionó como articulista en las revistas de gastronomía Soy Chef y elgourmet.com. En esta última fue autor de la Columna Bicentenario (2010), que abordó temas de gastronomía y su vinculación con la Independencia y la Revolución. Su cuento Calaveritas de azúcar fue uno de los ganadores del concurso “Escribe un cuento de terror”, convocado en 2012 por la editorial Random House y El mecanismo del miedo. En 2014 el jurado del Concurso “Cuentos de futbol”, lo seleccionó como uno de los ganadores con el relato corto de terror El campeón, antologado en el libro Cuéntame un gol. Cuentos de Futbol, (España, Verbum, 2014) presentado por el autor en mayo de 2014 en Madrid. Dicha antología fue presentada el 5 de diciembre de 2014, en el marco de la FIL de Guadalajara.

A finales de 2014, el relato Agua salada y tierra de panteón fue publicado en la antología Necrópolia. Horror en Día de Muertos (Ed. independiente). Su interés por el patrimonio cultural de la Ciudad de México y la literatura fantástica, lo motivó a escribir Dieciséis Fantasmas. Cuentos de terror de las 16 Delegaciones del Distrito Federal, coedición entre Rosa María Porrúa Ediciones (México, 2015) y Editorial Verbum (España, 2015) Dicho libro fue presentado en el marco de la FIL del Zócalo en octubre de 2015 y en la FIL Guadalajara en diciembre de ese mismo año. En noviembre de 2015, fue uno de los miembros del Jurado del concurso internacional de relato de terror “Cuentos de Fantasmas”, convocado por la Editorial Verbum, y que dio como resultado la antología Palabras en la Niebla. 20 cuentos de fantasmas. (España, Verbum, 2016). En octubre de 2016 presentó Presencia de Tlazoltéotl Ixcuina en la Huaxteca prehispánica, obra ganadora del Premio Nacional de Ensayo sobre la Huaxteca, en el marco de la FIL del Zócalo, y en diciembre del mismo año la citada obra se presentó en la FIL Guadalajara. Actualmente colabora en el periódico virtual GLOBEDIA.

La razón de la infelicidad en tu matrimonio es que sólo debería de haber una niña. Sólo debió haber nacido una

 

    

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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