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La nueva inmigración

10/09/2009 12:45 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Son miles las personas que cada año llegan a la Argentina en busca de un futuro mejor o de una nueva vida

Son miles las personas que cada año llegan a la Argentina en busca de un futuro mejor o de una nueva vida. Desde el primer y el tercer mundo, latinoamericanos, estadounidenses, europeos y asiáticos vienen a instalarse con planes definitivos. Sin embargo, en los últimos años la cosmopolita Buenos Aires tiene un nuevo fenómeno inmigratorio: cada vez más africanos desembarcan en estas latitudes en busca de paz y prosperidad, dos imposibles en su tierra. Cada uno de ellos esconde una historia desesperada. Son relatos de pobreza, desarraigo y guerra que caminan en las calles de Buenos Aires y se pierden en el caos de la gran ciudad. “El sur de América del Sur, no sólo la Argentina, se perfila como un nuevo espacio humanitario con leyes migratorias más flexibles y leyes nacionales de refugiados, sobre todo ahora que los países tradicionales de migración o refugio empezaron a endurecer su legislación al respecto. Si bien la situación de un migrante económico es absolutamente diferente a la de un refugiado –escapa de su país contra su voluntad y para salvar su vida–, cada vez se hace más difícil diferenciar entre uno y otro, porque llegan ambos en un mismo barco y en condiciones similiares”, explica Carolina Podestá, vocera del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), quien dice que si bien Argentina fue históricamente un lugar de refugio para los latinoamericanos que escapan de dictaduras y guerrilas –sobre todos peruanos, colombianos y chilenos–, en la actualidad hay una claro y constante crecimiento de pedidos de refugio de una veintena de países de Africa. El mismo fenómeno se confirma en la Dirección Nacional de Migraciones, que registra un aumento lento pero constante de la cantidad de africanos que han iniciado los trámites de radicación en el país en la última década (ver recuadro con cifras).

MUY LEJOS DE CASA. Dos fotos de su abuelo Moussa y el documento fueron lo único que Abdel Kader (40) pudo llevarse consigo de Senegal. Los guardó en una bolsa de nailon entre su ropa antes de subirse a un barco de carga que encontró parado en la costa atlántica de Senegal. “Estaba desesperado y me subí. Pasaron muchos días, perdí la cuenta cuántos, hasta que no aguanté el hambre y salí. Me preguntaban cosas pero yo no les entendía. Sólo les hacía el gesto de comer con la mano y me daban pan. Cuando llegamos acá, yo no sabía dónde estaba. Nunca había escuchado hablar de Argentina ni de Buenos Aires”, cuenta sentado en un café de San Telmo, barrio en el que vive con varios africanos más. Abdel llegó hace casi tres años, no recuerda exactamente cuándo, y aún espera una respuesta a su pedido de asilo. “Yo era feliz en mi país con mi familia. Tenía seis hermanos y vivíamos todos juntos en Ziguinchor –recuerda con gran tristeza–. Teníamos tierra con cultivos de arroz, de naranja y de mango. Siempre fuimos pobres. Yo tenía un kiosco y mantenía a toda mi familia porque mi padre no tenía empleo… Pero igual ése no fue el problema”, dice en un español por momentos confuso que mezcla palabras sueltas en francés y wolof, los dos idiomas oficiales de Senegal. Como casi todos los africanos que llegan a Buenos Aires, Abdel pudo aprender español gracias a las clases que dictan en Fundación Comisión Católica Argentina de Migraciones (FCCAM), institución que además implementa los programas del ACNUR en nuestro país.

Los problemas que empujaron a Abdel a abandonar su tierra comenzaron como los de los 10 mil refugiados y 60 mil desplazados de la región de Casamance: desde hace décadas un conflicto independentista tiene a la población como rehén entre dos bandos, el de los rebeldes y el de los militares. “Como yo tenía un negocio, los rebeldes me pedían plata y cigarrillos. Entonces venían los militares y me acusaban de ayudar a los rebeldes. Así todos los días. Vivía con mucho miedo porque todos amenazaban con matarme a mí y a mi familia. Yo les di mientras pude pero después ya no tenía nada, ni para que comiera mi familia. Y entonces me tuve que ir porque sino me mataban”, se resigna. De Ziguinchor escapó primero a la costa, donde estuvo algunos meses hasta que se animó a subir a un barco. Abdel es uno de los pocos africanos que llegan solteros acá. La mayoría deja atrás una mujer y varios hijos a los que antes de partir les prometen volver a buscar algún día. Algo que sólo en casos excepcionales se llega a cumplir. Una vez acá la vida se hace muy difícil para ellos: hasta que consiguen ser aceptados como refugiados, sólo reciben en los primeros meses una ayuda de parte de ACNUR que apenas alcanza para pagar un hotel. Por falta de papeles tampoco consiguen un trabajo y la única opción que queda es la venta ambulante. En el caso de Abdel, pudo conseguir un empleo en una panadería de Avellaneda, en la que trabaja de martes a domingo un promedio de diez horas diarias. “Voy a trabajar y transpirar –dice y se pasa la mano por la frente– hasta que algún día pueda traer aquí a mi familia. Los extraño mucho. Hablo con mi mamá dos o tres veces por mes y sé que sufre por mí. Hubiera querido no tener que irme nunca de mi país porque cada uno es feliz viviendo en su tierra hasta la muerte. Pero no podía quedarme y ahora ya no puedo volver”, se lamenta. La historia de Aissatou (32) no se parece en nada a la de Abdel, pero no es menos dramática. Nacida en la capital senegalesa, Dakar, ella tuvo una infancia pobre que no le permitió siquiera terminar la escuela primaria, pero logró salir con una prominente carrera como cantante y actriz. “Yo en Dakar tenía casa, auto, todo. Pero me tuve que ir”, cuenta mientras amamanta a su bebé, nacido en Buenos Aires hace 8 meses.

Sin embargo, aquellos buenos tiempos como artista duraron poco. A los 20 años Aissatou se enamoró y se casó. Entonces comenzó una vida de pesadilla. “Los musulmanes son difíciles con las mujeres. Pero yo no sabía que iba a ser así…”, dice como deseando poder volver el tiempo atrás. Tuvieron tres hijos que hoy tienen 10, 8 y 6 años, tras lo cual él decidió emigrar a Italia. “Aunque se fue y tenía otras mujeres, él seguía teniendo poder sobre mí. Y cada vez que volvía me amenazaba de que si yo actuaba me iba a matar –hace una pausa y vuelve a retomar el relato señalando una larga cicatriz en las falanges de su mano derecha–. Una de las veces que volvió supo que yo había actuado entonces mientras dormía me cortó los dedos y me dijo que la próxima vez me iba a cortar la cabeza”. Entonces ella hizo la denuncia en la policía pero no sirvió de nada porque su marido cambió de domicilio y de teléfono en Italia y no lo encontraron más. Pero vivía aterrada porque sabía que él iba a volver en algún momento. Incluso decidió dejar de actuar. Pero eso no la salvó: un día le avisaron que su marido había pagado para que la asesinaran. Consciente de que las amenazas eran reales, con la ayuda de una amiga que le prestó el dinero se compró una pasaje de avión a Brasil, un país con el que Senegal tiene buenas relaciones consulares. Antes de partir dejó a sus hijos con su mamá. “Nunca hubiera querido dejar a mis hijos. Pero si no me iba ellos ahora estarían igual de solos y yo muerta”, remarca. Llegó a Río de Janeiro, desde donde viajó a la Argentina de manera clandestina porque le habían dicho que acá era más tranquilo para vivir. Llegó en 2007 y poco después conoció a otro senegalés con el que tuvo a su cuarto hijo, que por ser ciudadano argentino puede ayudarla a conseguir sus papeles para quedarse acá. Aunque su vida no es nada mejor que en Senegal, Aissatou sobrevive con una ayuda de 600 pesos que le da ACNUR. Le alcanza justo para pagar los 550 pesos mensuales que le cuesta la habitación de hotel en la que vive con su bebé, ya que el padre del nene se fue hace unos meses a Europa. Cuando no hace frío, sale a la calle a vender bijouterie para otro africano que le paga 15 pesos por día. “Estoy desesperada porque necesito que me den el refugio y me ayuden a traer a mis hijos. Los llamo siempre que puedo. Los extraño y sé que ellos están sufriendo mucho. Mi mamá tiene 85 años y no puede cuidarlos. Lo único que quiero es tenerlos conmigo y poder vivir en paz”.

Desde el primer y el tercer mundo, latinoamericanos, estadounidenses, europeos y asiáticos vienen a instalarse con planes definitivos

SER UN INMIGRANTE AFRICANO EN LA ARGENTINA. Abba Goudiaby (43) es uno de los pocos africanos privilegiados con sus papeles en regla. Llegó a la Argentina hace 15 años, en 1994, en busca de un futuro mejor que el que la pobreza de su Senegal natal prometía. Lo único que sabía entonces era que de ese país había salido el mejor jugador de fútbol del Mundo, Diego Maradona, y nada más. Su idea era conseguir acá los papeles para luego emigrar a los Estados Unidos. “Pero para eso primero tenía que conseguir el documento argentino, y para conseguir el documento tenía que vivir y trabajar acá. Así fue pasando el tiempo y me quedé”, explica en un español clarísimo que aprendió a fuerza de voluntad en la calle. Al principio vivió en La Boca, donde encontró un empleo en un taller mecánico y lavadero de autos. “En esa época era más fácil obtener los papeles. Así que me naturalicé argentino y en 1999 volví a Africa y me casé”. Volvió, hizo los papeles para su esposa, Zenagu, y luego la trajo. Pero tener el documento argentino no es suficiente para llevar una vida normal. “Yo sé que no soy uno más. Acá hay mucha discriminación con los negros. Yo me siento incómodo en la calle porque sé que todos me miran mal. Muchas veces me dicen cosas o me insultan. Fue así desde el principio y sigue siendo así. Eso es triste y da mucha bronca pero no puedo más que aguantarlo porque es así. Donde hay seres humanos hay diferencias”. A pesar de eso, Abba está satisfecho con la vida que ha logrado construir en Buenos Aires. Con mucho esfuerzo pudo comprarse una casa en Sarandí, donde vive con su esposa y sus dos hijos, de 8 y 6 años, nacidos en la Argentina.

El trabaja en la fábrica de autos Ford como chapista y su esposa tiene un negocio de venta de artesanías en el centro porteño. Los chicos siguen yendo al Colegio Argentino-Arabe Omar Bin Al-Jattab de San Cristóbal, donde pueden practicar su religión musulmana. Aunque se hace difícil mantener sus costumbres acá, les habla a sus hijos de Senegal y se comunica con ellos y con su mujer en djila, el dialecto de Casamance, su provincia natal. Su sueño es poder llevarlos allá alguna vez, para que conozcan la tierra en la que nacieron sus padres y a toda la familia que quedó allá. Por ser uno de los primeros senegaleses en el país, Abba se ha convertido en un referente de la comunidad senegalesa acá y formó la Asociación de Senegaleses de la Argentina, que obtuvo su reconocimiento hace dos años y de la que es vicepresidente. “Los africanos que llegan a la Argentina están muy desamparados porque no tienen nada. Es muy difícil obtener los papeles porque la única representación diplomática de la Argentina en Africa está en Nigeria por eso cuesta muy caro hacer los trámites. Entonces la mayoría termina siendo ilegal. Y aunque casi todos los africanos que llegan tienen su oficio, conseguir trabajo es imposible y por eso todos terminan vendiendo bijouterie en las calles”. Según Abba, el hecho de que tantos senegaleses estén eligiendo la Argentina para venir tiene que ver con el endurecimiento de las leyes inmigratorias en Europa y la búsqueda de nuevos horizontes. “En los últimos años se sabe mucho más sobre Argentina, que es un país pacífico y que ya hay algunos senegaleses viviendo acá”.

SOBREVIVIR A LA GUERRA. Lazana es el primero en llegar a la clase de español de la FCCAM el viernes por la mañana. Tiene rasgos aniñados y es algo tímido. Por temor, como la mayoría de quienes buscan asilo, prefiere no sacarse fotos. Llegó a Buenos Aires hace un año y medio, con 16 años y una historia terrible detrás. “Yo vivía en Waterloo con mis padres, en la entrada a la capital de Sierra Leona. Pero un día de 1996, cuando estaba en la escuela vinieron los rebeldes, quemaron mi casa y mataron a mis padres. En Waterloo se quemaron todas las casas. Venían los comandos a la madrugada, quemaban todo y le cortaban las manos a la gente”, relata Lazana sin más dramatismo que el de los hechos. Lazana es uno de los tantos sobrevivientes y desplazados de la guerra civil que vivió Sierra Leona desde 1991 cuando entró en acción el Frente Unido Revolucionario (RUF), un grupo terrorista que se proponía llegar al poder e inició una guerra civil que en poco más de una década (terminó en 2002) dejó más de 70 mil muertos. Huérfano a los 5 años, primero fue a vivir con un amigo del padre. Al año siguiente escaparon a pie a Guinea, donde la situación no era mucho mejor, a vivir en un campo de refugiados hasta que se calmó la guerra. Entonces regresó a Sierra Leona y se fue a vivir a la casa de un amigo. “Sólo fui a la escuela dos años porque cuando hay guerra no hay nada, ni escuela, ni trabajo. La gente vive para salvarse de la guerra. Nada más. Yo lo único que hacía toda mi vida era jugar al fútbol con mis amigos. Sólo eso. Estaba todo el día con mis botines y mi camiseta de Maradona. La 10 de Argentina y los botines que hay allá con la cara de él estampada en la punta”, cuenta.

En 2007, ya con 15 años, sin trabajo ni proyectos en Sierra Leona, volvió caminando a Guinea, esta vez a la capital, Conakry, donde consiguió trabajo limpiando autos. Su única preocupación era tener el dinero para comprarse un pasaje hacia los Estados Unidos. Y se lo contó a su jefe, quien decidió pagarle a un traficante para que lo suba a un barco. Así fue como se embarcó una noche de 2008 con otros dos chicos conocidos. Pero el barco nunca llegó, como le habían dicho, a los Estados Unidos, sino que terminó su viaje en el Puerto de Buenos Aires. “Yo pensaba que había llegado a alguna ciudad de Estados Unidos pero después me enteré que no, que era Argentina. No sé qué pasó. Viajé oculto hasta que el barco salió del país. Después ya pude salir y viajar normal. No sé cuántos días fueron exactamente, pero fue como un mes y me alimentaba con pan y agua que era lo único que me daban”. Resignado al destino que le tocó Lazana ahora sólo piensa en tener una vida mejor: mientras espera la respuesta a su pedido de asilo, aprende español y estudia mecánica. Vive en Liniers con otros 8 africanos y sólo durante los fines de semana se dedica a vender bijouterie en la calle. “En la semana estudio y los fines de semana trabajo. Quiero estudiar porque esa va a ser la única manera de progresar”, concluye con convicción


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