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La legitimidad para los “Juan Pérez”

08/07/2011 04:21 1 Comentarios Lectura: ( palabras)

Breve recorrida por las diversas interpretaciones de la palabra "legitimidad" y una aproximación a situaciones concretas

Soy de los que creen que nada es casual: Hace unos días leía unos cuentos de José Saramago y me encontré con un párrafo que me desvió de la historia que se narraba llevándome a hechos mucho más recientes y locales:

“…Escuché serenamente la historia lamentable, el juego interesado de alianzas, el parloteo vacuo de los leguleyos, el dicho calumnioso, la furia y la soberbia en la plaza pública. Un caso de ambición sin grandeza, algo de lo que nada más se saca que desprecio e indiferencia.

Sin darme cuenta bien cómo, terminé pensando sobre el significado de “legitimidad”, de sus usos ordinarios, del uso de los ordinarios… El diccionario dice que el término legitimidad tiene dos acepciones: una genérica y una específica. En el significado genérico, legitimidad es casi sinónimo de justicia o de razonabilidad, no era éste el significado que me ocupaba el pensamiento: no tiene mucho que ver con Juan Pérez: “El Inventor”… (de los juegos interesados de alianzas, del parloteo vacuo, del dicho calumnioso…).

Es el específico el que me llama, porque es el que aparece a menudo en el lenguaje político. En una primera aproximación se puede definir la legitimidad como “el atributo del Estado que consiste en la existencia en una parte relevante de la población de un grado de consenso tal que asegure la obediencia sin que sea necesario, salvo en casos marginales, recurrir a la fuerza.” Por lo tanto, todo poder trata de ganarse el consenso para que se le reconozca como legítimo, transformando la obediencia en adhesión.

Un caso de ambición sin grandeza, algo de lo que nada más se saca que desprecio e indiferencia.”

Si determinados individuos o grupos se dan cuenta de que el fundamento y los fines del poder son compatibles o están en armonía con su propio sistema de creencias y actúan en pro de la conservación de los aspectos básicos de la vida política, su comportamiento se podrá definir como legitimación. En cambio, si esos individuos o grupos no son capaces de conciliar sus intereses con los de la mayoría, o si consideran que la mayoría, no confundida lo suficiente con la multiplicidad de opciones (¿puedo llamarlas “colectoras”?), contradice el poder impositivo de la violencia y el dinero, y este juicio negativo se traduce en una acción orientada a transformar los aspectos básicos de la vida política, este comportamiento podrá definirse como impugnación de la legitimidad, y esos individuos o grupos como “Pérez”.

En la búsqueda de aclarar “lo legítimo” y separarlo de “lo Pérez”, debemos decir que hay una sustancial diferencia entre oposición al gobierno e impugnación de la legitimidad (¿puedo llamarla “deslegitimación impugnandora”?) . El primer tipo de lucha tiende a lograr innovaciones (conservando las estructuras políticas existentes), combate al gobierno pero no a las estructuras que condicionan su acción y propone un modo distinto de administrar el sistema constituido (no es este el caso más frecuente en nuestro departamento). El segundo tipo de lucha está dirigido contra el orden constituido y tiene por objeto modificar sustancialmente algunos de sus aspectos fundamentales; no combate únicamente al gobierno sino también al sistema de gobierno, o sea a las estructuras del que éste es expresión y aquellas con que justifican estos grupos su propia existencia: pongamos por caso… ¿democracia?

En este sector hay que distinguir además dos actitudes: la revolucionaria (tampoco es éste un caso frecuente) y la de rebelión. La actitud de rebelión se limita a la simple negación, al rechazo abstracto de la realidad social, sin determinar históricamente la propia negación y el propio rechazo. En consecuencia, no es capaz de reconocer el movimiento histórico de la sociedad, ni de encontrar objetivos de lucha concretos, y termina siendo prisionero de la realidad que no logra cambiar (esto sí es frecuente y me suena un poco más conocido). La actitud revolucionaria lleva a cabo, en cambio, una negación determinada históricamente de la realidad social. Su problema consiste siempre en descubrir la lucha concreta, puesta de manifiesto por el movimiento histórico real que permita realizar las transformaciones posibles de la sociedad. Esto significa que la acción revolucionaria no tiene nunca como objetivo cambiar radicalmente la sociedad sino derribar las instituciones políticas que impiden el desarrollo y crear otras nuevas capaces de liberar las tendencias que han madurado en la sociedad hacia formas de convivencia más elevadas (…ya nos fuimos demasiado lejos…).

Sobre el final de la explicación, el Diccionario me dice que el término legitimidad designa al mismo tiempo una situación y un valor de la convivencia social. La situación que designa consiste en la aceptación del Estado por parte de una fracción relevante de la población; el valor es el consenso libremente manifestado por una comunidad de hombres autónomos y conscientes. El sentido de la palabra legitimidad no es estático sino dinámico; es una unidad abierta, de la que se presupone un cumplimiento posible en un futuro indefinido y cuya realidad actual es sólo un asomo. En cualquier manifestación histórica de la legitimidad brilla siempre la promesa, presentada (tal vez) como irrealizada, de una sociedad justa en que el consenso, que constituye su esencia, pueda manifestarse libremente sin interferencia del poder y de la manipulación y sin mistificaciones ideológicas.

El dicho calumnioso, la furia y la soberbia en la plaza pública

Sigo leyendo a Saramago, rápidamente me olvido de Juan y de todos los Pérez.


Sobre esta noticia

Autor:
Alejo Casares Dethi (2 noticias)
Visitas:
107
Tipo:
Nota de prensa
Licencia:
Creative Commons License
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Usuario anónimo (09/07/2011)

Me suena bastante conocido el tema. No estarás hablando de las últimas internas de Luján, no?