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Yo misma, supongo - Natalia Carrero

09/12/2016 05:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

image Edición: :Rata_, 2016 Páginas: 160 ISBN: 9788494489112 Precio: 18, 00 €

Natalia Carrero (Barcelona, 1970) se dio a conocer con Soy una caja (2008) y Una habitación impropia (2011), dos libros inspirados por Clarice Lispector y Virginia Woolf, respectivamente. En Yo misma, supongo (2016), su tercera novela, no hay una referencia explícita a ninguna de ellas, aunque la experimentación formal y la búsqueda del cuarto propio siguen siendo las obsesiones de la protagonista, Valentina Cruz, una mujer que escribe pero todavía no ha publicado, y por lo tanto aún no tiene la categoría, si es que existe esta categoría, de escritora. He aquí, pues, una apuesta por la escritura de sí misma, un intento de contarse, de expresarse a través de la creación literaria cuando esta no es más que un manuscrito en el cajón. Valentina, que significa «valiente». Cruz, la negación de sus aspiraciones. Una mujer nacida en Barcelona que se instala más tarde en Madrid, como Natalia Carrero. Y, si bien la autora aclara que «Valentina Cruz no es Natalia Carrero», admite que no logró separarse del todo del personaje, por lo que este texto puede leerse, al menos en parte, como una autoficción, como la voz de «alguien parecida a mí que intenta escribir mientras vive» (p. 83). La novela está organizada en carpetas que comprenden escritos de diversas etapas de la vida de Valentina Cruz desde que se independiza hasta que es madre de dos niñas, pasando por la fase de convivencia con su pareja antes de ser padres. No es casual que hable de carpetas: el libro en conjunto tiene un aire de improvisación, de borrador (un efecto buscado de manera consciente, por supuesto), e incluye fragmentos escritos a mano, dibujos y tachones. Esto no solo se debe a la falta de profesionalización de la protagonista, sino a su existencia un tanto caótica, desencantada, que imposibilita la construcción de un relato ordenado. Ha madurado, ha adquirido responsabilidades, pero la escritura se sigue integrando en su día a día con cierta dificultad. Para manifestar las preocupaciones de cada periodo, suele servirse de una escena particular (una entrevista de trabajo, un rato en el que está escribiendo en casa), que se rompe, se expande, para condensar en pocas líneas toda su angustia vital. Es decir, utiliza lo episódico para condensar un malestar más general, sus inquietudes de juventud, de mujer que busca empleo, de madre que intenta escribir mientras cuida de sus hijas. El conflicto gira alrededor de la terna mujer-dinero-identidad. Escribir y subsistir, o subsistir y escribir. Sí, la necesidad de independencia económica de la que hablaba Virginia Woolf. En la primera carpeta, el personaje se plantea prostituirse para conseguir una suma de dinero suficiente para emanciparse. Más tarde, hace entrevistas para empleos no cualificados que le resultan poco estimulantes. El nacimiento de las niñas interrumpe su trayectoria laboral. El marido la mantiene mientras cuida de sus hijas, pero ella no se quita de encima la sensación de que estar en casa no cuenta, de que tiene que intentar trabajar como hace él. Cuestiona el rol que ha asumido: «No puedo quejarme, lo tengo todo, sigue mi voz interior, lo que me falta es imaginario, quizá por eso lo busco en el engaño de la escritura. Escribir es engañar, engañarnos. Y, con un poco de suerte, sonreír en un entrelineado» (p. 84). Ella arrastra, además, «el padre y todo lo no resuelto» (p. 114), la influencia de un progenitor dominante, de quien huyó sin arreglar las cosas. La escritura es su arma para denunciar la asunción de normalidad de esa dependencia de los hombres que ha encarnado siempre. Esta denuncia se extrapola a la sociedad occidental en conjunto, con el capitalismo, el consumismo, la fabricación de novedades literarias como mercancía. La protagonista rechaza el valor del dinero como medida de todas las cosas, que se hace patente en el léxico, al adoptar un vocabulario propio de la economía y las fuerzas de producción para hablar de otros temas. Lo simboliza con el sexo, entendido como consumo (prostitución y porno, al principio y al final, cerrando el círculo). Más que pedir facilidades para la conciliación profesional y familiar, como puede ser el discurso de otras autoras, la crítica de Natalia Carrero parece encaminada a reivindicar el valor de las ocupaciones no productivas ?la maternidad, la escritura sin publicar? en un contexto social en el que se da por hecho que las mujeres deben abarcarlo todo. Parte de la teoría feminista de los últimos años va precisamente en esta dirección: las mujeres han conseguido muchos derechos, pero, como contrapartida, hoy se encuentran sometidas a más presión que sus antepasadas por todo lo que se espera de ellas. Han sumado identidades (profesión, educación) sin renunciar a las previas (ama de casa, madre). El malestar de Valentina Cruz surge por la imposibilidad de sentirse realizada en este ambiente, por repetir el patrón de su madre aun teniendo más aspiraciones y preparación. Este mensaje se materializa en la forma de la novela: Valentina Cruz es una mujer rota que se explica a sí misma en un desorden premeditado, un lenguaje experimental, reflexivo, flujo de conciencia, mezclado con dibujos y apuntes a mano; la fragmentación y el collage posmodernos como elementos inherentes de sí misma ante la imposibilidad de vertebrar un discurso coherente. Ella no encaja en la hegemonía, en el estamento dominante. Como consecuencia, no puede escribir con los recursos de la hegemonía (la novela clásica, el relato con una trama ordenada, causa-efecto), porque no le resultan eficaces. Elige salirse de ese molde, escribir desde la rebeldía, la ruptura, porque solo así puede expresar (que no contar ni narrar) su asfixia, su rabia. La novela, si se puede llamar novela, es caótica, embrollada, porque la protagonista se percibe así, y el yo es inseparable del estilo. Escribe en primera persona cuando se siente dueña de sí misma; en tercera cuando se escinde. Y este es solo uno de los recursos creativos que emplea. Los dibujos y la escritura a mano, por otro lado, le dan la libertad de no ser esclava del ordenador (el ordenador, tecnología por excelencia de esta sociedad consumista), tal como explica ella misma en la autoentrevista al final del libro. Natalia Carrero

Yo misma, supongo es el grito de indignación de una mujer que no se resigna, que mantiene la conciencia viva, lúcida, que reconoce en la escritura una vía de escape al malestar y a la vez una herramienta para presentar batalla. Con todo, le falta estilo: Natalia Carrero sabe trabajar las estructuras complejas, sabe sorprender con una propuesta arriesgada, pero le falta hechura literaria, más riqueza en el lenguaje, una voz más pulida (cualidades que sí tiene, y de sobra, su admirada Clarice Lispector). Junto con Belén García Abia ( El cielo oblicuo , 2015), es una de las autoras españolas más interesantes en lo que a experimentación formal se refiere. Este título supone toda una declaración de intenciones por parte del recién nacido sello :Rata_, que a su manera también es una rareza, no solo por su apuesta por una literatura sin concesiones, alejada del circuito comercial (en la última década han surgido muchas editoriales con esta misma consigna), sino por el diseño original y la edición cuidada al milímetro de sus publicaciones: colores vivos, sin imagen en la cubierta, con la fotografía del autor en la contra, otra fotografía (en la solapa) del lugar donde escribe... No se puede pasar por alto, en fin, el esmero que se ha puesto en editar este libro y en dotar el catálogo de rasgos distintivos. Habrá que seguirles la pista a ambas, a la autora y a la editorial.


Sobre esta noticia

Autor:
Devoradoradelibros (634 noticias)
Fuente:
devoradoradelibros.com
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Tipo:
Reportaje
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Distribución gratuita
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