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La mujer vasca en prision fue rehen, en espera interminable del que había logrado huir del franquismo

01/07/2019 07:36 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Comienzan a ver la luz lo que pasó con las que "se quedaron"en casa durante la guerra civil, muchas veces hernanas hijas o madres de las que se fueron, pero bien se dejó atras lo escrito primero por los hombres.El muro del silencio parece haber terminado

Casi olvidadas años atrás por los historiadores, en segunda fila de la sociedad. Aún 80 años después son escasas las investigaciones existentes sobre la mujer vasca en las cárceles durante la Guerra Civil y el franquismo.Hay más sobre elexilio, Comienzan a ver la luz lo que pasó con las que "se quedaron", muchas veces hernanas hijas o madres de las que se fueron, pero bien se dejó atras lo escrito primero por los hombres. 

Ha habido que esperar demasiados años para que el muro de silencio que ocultaba la ignominia del sistema represivo del Nuevo Estado franquista se comenzase a diluir. La fuerza de la memoria de las víctimas la que, amplificada su voz y repercusión en fechas muy recientes,   ha señalado el camino a los estudios históricos a la hora de registrar, analizar y explicar con rigor y detalle los caracteres de esta represión; una labor que no ha culminado todavía. El ejemplo de la represión femenina carcelaria durante el franquismo resulta paradigmático 

 “Las mujeres vascas fueron tan protagonistas como los hombres en la guerra civil, pero de una forma diferente. Ells no estuvieron en el frente, pero ellas, todas, sufrieron persecución, castigo, encarcelamiento en lugares expresos para ellas, incautación de bienes, exilio, rapados de pelo, paseíllos por la calle tras tomar el aceite de ricino prescrito, ...”, enumera someramente Ascensión Badiola (Bilbao, 1961), doctora en Historia Contemporánea. 

Badiola es autora de diferentes libros y de la tesis de 2015 titulada La represión franquista en el País Vasco. Cárceles, campos de concentración y batallones de trabajadores en el comienzo de la posguerra. Da cuenta de que en Bizkaia hubo dos ‘almacenes humanos’ de mujeres: la cárcel de Durango y la de Amorebieta. In olvidar que en el linde costero anexo´ a Ondarroa, existía en increible paralelismo, la tristemente famosa prision de Saturraran, emplazada en una playa de gran belleza, ya en suelo guipuzcoano.Fue un infierno.

Mujeres indefensas maltratadas por la horda falangista

Los testimonios estaban desde mucho antes, de mujeres sobre cuyas vidas se hizo de noche antes de tiempo. Mujeres comprometidas con el proyecto republicano, militantes de sindicatos, partidos políticos y asociaciones femeninas que acabaron formando parte de la “industria de transformación de existencias” que fue la cárcel franquista por utilizar el concepto del historiador Ricard Vinyes Rivas, “destinada a doblegar y transformar a las mujeres que caían en sus manos“. Allí, estas “rojas“ se encontraron con otras mujeres —aún más numerosas — sin bagaje reivindicativo o ideológico alguno, al menos en el terreno de la política pública: esposas, hermanas o madres de “rojos“, que por el simple hecho de ser mujeres fueron estigmatizadas y condenadas, cuando no mantenidas como rehenes a la espera de que el régimen capturara a sus hombres, que sí se habían significado políticamente a favor de la República.

¿Cuántas mujeres sufrieron prisión? La respuesta a juicio de los historiadores es incontestable, imposible. Los archivos de las cárceles de Amorebieta y Durango han"milagrosamente" desaparecido.¿Está ahí la mano de la Iglesia?. Probablemente sï.

Acabada la Guerra Civil y en los primeros compases del régimen posbélico de Franco, la villa de Durango recibió a las primeras mujeres presas a alojar en la cárcel habilitada en la casa colegio de las Damas de Nevers. Fueron 350. Algunas de ellas arribaron al municipio con bebés en brazos aquel 30 de diciembre de 1939. Cabe anticipar que los menores recibían el mismo “rancho infame” que sus madres y que solo podían tomar agua al día, durante las tres únicas horas que los encargados de la prisión lo permitían.  A ello, agregar otro dato terrorífico: una epidemia de encefalitis letárgica que se registró los 39.40 los  años que duró abierto aquel “almacén de personas” sin garantías humanitarias. “Los niños que un día jugaban alegremente, al siguiente empezaban a adormilarse y ya no parecían despertar, entre los gritos desgarrados de sus madres”, le consta al responsable del Archivo Municipal del Ayuntamiento de Durango, José Ángel Orobio-Urrutia.

El próximo año se cumplen 80 años de esta barbarie. Seis días antes de que se designara a Leonardo Tristán como alcalde franquista de la localidad, que por ciertio había sido bombardeada cruelvente por aviación gegionaria italiana, tuvo lugar la llegada de las presas procedentes de la prisión de Las Ventas, en Madrid, que se encontraba saturada tras el fin de la guerra. Entre ellas, la histórica guerrillera Rosario Sánchez Dinamitera. Y mujeres embarazadas. “Alguna presa narra que su embarazo estuvo motivado porque la violaron en comisaría”, agrega el archivero Orobio-Urrutia, las de Las Ventas y las munes “compartían el escaso espacio a veces a regañadientes”. El hoy inexistente edificio antiguo del colegio de Las Francesas -Villa María- fue cárcel durante el calendario de 1940. No se conoce con exactitud el número de presas que llegaron a estar en Durango. Algunos de los testimonios hablan de dos mil mujeres para las 350 calculadas. Según relata Orobio-Urrutia, las condiciones higiénicas del convento-prisión eran infrahumanas. “Las presas se quejan, sobre todo, del hacinamiento, el frío, la humedad y la comida escasa y de malísima calidad”, asevera. Según narra Carlos Fonseca en el libro que escribió sobre Rosario Dinamitera, “el mayor problema era el agua. Las internas aprovechaban solo las tres horas permitidas al día para recogerla en todo tipo de recipientes de los que bebían, se lavaban y la utilizaban en los váteres. La comida era también una infamia. La mayoría de los días, arroz hervido durante horas para que los granos adquiriesen más volumen y formasen una masa y nada más”.  Docenas de mujeres se veían obligadas a compartir el suelo de una misma habitación.

A los tres meses de abrir, se denunciaron los primeros problemas con el saneamiento. En abril, el jefe de la prisión comunicó estar a la espera de una orden de la Dirección General de Prisiones para hacer obras de saneamiento, pero en septiembre aún no se habían materializado y para entonces ya habían surgido varios casos de “tifoideas”. Masas de niños y mujeres amontonados. La situación de los niños y niñas era “espantosa”. Según testimonia la presa Nieves Waldemar Santisteban, “las madres estábamos separadas de las solteras sin hijos, hijos en una habitación que tendría 14 metros cuadrados donde había un váter estrictamente para nosotras y los niños. Durmiendo éramos una masa de niños y mujeres, lao que tenía uno, ayudaba a la al lado y lo cogíatambien si tenía varios.Alli se veían granos, sarna, tifoideas todas esas enfermedades que se contagiaban por la aglomeración en que nos tenían”. Agrega, como gran “privilegio”, que no las encerraban como a las demás reclusas y que les permitían salir al patio a coger agua y lavar a los menores. Una orden ministerial emitida en marzo de ese año limitaba a tres años la edad máxima hasta la que las niñas y niños podían convivir con sus madres en prisión. El resto de menores debieron ser entregados de forma obligada a otros familiares o ser ingresados en un hospicio.  Muchas de las mujeres, presas políticas, que provenían de Castilla y Andalucía tenían la mayoría a sus familiares muertos o encarcelados, y no tenían a nadie con quien dejar a esos niños. Según relatan las propias presas, “la gente de Durango comprendió y se portó muy bien, fueron a hablar con el director de la cárcel y le dijeron que si podían se repartirían a los niños en sus casas de Durango hasta que sus familiasde Andalucía vinieran a recogerlos, y así pudieron salvar a todos los mayores de dos años”.  “Alguno incluso no había cumplido los dos años -agregan-, pero merecía la pena aprovechar la ocasión de que aquella gente buena de Durango quisiera ayudarnos. Los vistieron y los alimentaron muy bien aquí . Les llevaban el día de la comunicación a ver a sus madres, hasta que poco a poco fueron desapareciendo del pueblo porque las familias o amigos venían de nuevo a buscarlos”. Concluyen que “alguno se quedó por Euskal-Herria porque no tenían a nadie en su tierra, porque la familia estaba todavía en la cárcel y nadie había podido ir a buscarles, pero de todas formas siempre estuvieron en contacto con su madre”.  Los bebés que se quedaron con sus madres en la cárcel solo tenían derecho a un rancho igual que cada recluso, sin más leche, ni nada más. “Al poco tiempo se murieron dos”. Y a ello hay que añadir la citada “encefalitis letárgica”. Orobio-Urrutia ha consultado el libro de exhumaciones de la época que se guarda en el Archivo Municipal y “se ha encuentrado seis casos de niños enterrados en la calle Santo Tomás del Cementerio, ignoro por qué razón, y en ningún caso figura lacausa del fallecimiento.”

Cierre y traslado: a finales de 1940 el Estado acuerda la devolución del Convento de Nevers a sus propietarias que llevaban varios meses reclamándolo para la enseñanza, como había sido hasta julio de 1936. El cierre de la prisión de Durango en los últimos días de diciembre de 1940 obligó a trasladar a las presas vascas a lugares cercanos a la villa, sobre todo a Orue en Amorebieta, Santander y la cárcel más conocida de Saturrarán, en Mutriku. “Al cumplirse el 80 aniversario de esta prisión, sería un buen momento para volver a recordar y homenajear a aquellas luchadoras”, propone el archivero municipal.

 Solo existe el archivo de Saturraran desde 1938 hasta 1944, y salvo documentos perdidos, “quedan a día de hoy más de dos mil expedientes, si bien algunos nombres están repetidos porque hubo mujeres que fueron trasladadas múltiples veces una odisea cada viajecito, y cada vez que regresaban a Saturraran se les abría un expediente nuevo”, añade la investigadora Badiola.

 

Así, por ejemplo, la mujer también murió fusilada como el hombre para igualarse en género. Y a veces en lugares diferentes la pareja dejo a los  hijos huerfanos, con la abuela.. De los últimos listados publicados por el Gobierno Vasco sobre mujeres pasadas por las arma en este territorio, contabilizadas, constan 64 desde 1936 hasta 1940: 34 en Gipuzkoa, 22 en Bizkaia y ocho en Araba. “Un libro cita que en Bilbao fueron 19 . El periodo de posguerra fue largo y también el encarcelamiento en sus diferentes fases. Los autores no han tenido apenas tiempo de estudiar las ejecuciones en este largo periodo”.

El franquismo ejerció una durísima violencia sexual contra las mujeres republicanasen las c´rcales de territorio vasco.Miles fueron reiteradamente violadas, sufrieron acoso, abusos sexuales, humillación, hambre, sed, todo.

“Nuestros valientes legionarios y regulares han enseñado a los rojos cobardes lo que significa ser hombre. También las mujeres comunistas y anarquistas se lo merecían, ¿no han estado jugando al amor libre? Ahora sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricas. No se van a librar por mucho que forcejeen y pataleen”. decía por radio Sevillla Gonzalo Queipo de Llano, el famoso militar golpista que limpió de rojos Andalucía.

A medida que los franquistas avanzaban, las mujeres republicanas fueron víctimas de considerable crueldad, violadas, torturadas y asesinadas sistemáticamente. Las que sobrevivieron a la cárcel padecieron de por vida graves secuelas físicas y mentales. Miles fueron después reiteradamente violadas, sufrieron constante acoso, abusos sexuales, humillación con rapas de cabeza, y su ración de de ricino para provocarles defecaciones en público, arrastradas y obligadas a recorrer desnudas o emplumadas las calles, en las cárceles sufrían palizas, torturas, asesinato. La mayoría de las Republicanas tuvieron graves problemas económicos y psicológicos ya que sus esposos, padres, hermanos o hijos habían muerto asesinados o se vieron obligados a huir. 

La cuestión es cuáles fueron las razones por que los fachas, a la postre falangistas, requetés o guardia civil, fusilasen a estas mujeres. “Siempre las mismas familias: por el delito de rebeldía, que incluía persecución a gente de derechas, o supuestas injurias al Glorioso ejército nacional, como fue el caso de Juanita Mir, la periodista, simplemente por  el ideal del padre o la fama de la familia como en Navarra”. Por ejemplo en un solo pueblo de Navarra, hubo 112 ejecuciones, Lodosa, y decenas de presas. 

Badiola enfatiza que las presas sufrían “aislamiento en celda, y todo tipo de vejaciones por parte no sólo de sus guardias sino tambien de las monjas”, incluyendo en Durango. Se han cumplido 80 redondos años del sufrimiento de la cárcel de mujeres presas del totalitarista Franco en la villa vizcaina.

 

 Memoria para no olvidar vivencias propias e individuales, pero también para recordar lo sucedido a las compañeras que no vivieron para contarlo, porque acabaron fusiladas en los muros o perecieron víctimas de las ínfimas condiciones de los centros carcelarios.En este sentido, muchas de ellas pagaron sus propias culpas pero también las de los hombres, si pensamos en las mujeres-rehenes, así como en determinados rituales de humillación realizados generalmente en zonas rurales pero tambien en las otras durante la guerra y la primera posguerra: rapado de cabezas, palizas, purgas con aceite de ricino y escarnio público consiguiente. Estos rituales públicos se representaban a veces no tanto para castigar el pecado —la mujer en cuestión — sino para vejar, humillar y combatir al hombre que había trás ella  y que no se había dejado atrapar: el marido, el padre o el hijo varón. En resumen, castigar al hombre… pero en el cuerpo de la mujer.  Dichas prácticas, al margen de su carga represiva per se, evidenciaban el acendrado carácter patriarcal y sexista del régimen que tuvieron que padecer las mujeres; de ahí la frecuente y acertada afirmación, desde enfoques feministas, de que las mujeres sufrieron la doble represión durante la etapa franquista: por rojas y por mujeres.

Triple incluso, si pensamos en el estigma que tuvieron que afrontar las supervivientes a su salida de la cárcel. Porque si grande era el desprestigio social al que se enfrentaba un varón al salir de la cárcel, ese desprestigio se convertía en imborrable baldón cuando se trataba de una mujer

Se ha sabido mucho más de los centros vascos del exilio en Argentina o en Venezuela de lo que estaba pasando en Durango, en Ventas o en Saturraran

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 En las cárceles vascas hubo mujeres de toda procedencia. Lo mismo que en las prisiones de fuera de Euskal-Herria. Badiola mantiene que el territorio franquista fue una cárcel para enemigas y enemigos del régimen, independientemente de su procedencia y  abundaron los traslados de una cárcel a otra como castigo, la dispersión bien pensada y repetida hasta hoy, la separación para evitar la reorganizacióno el renacimiento del marxismo y del rojo-separatismo, así como para derribar psicológicamente al enemigo vencido en la guerra y verlo  inmóvil contra el suelo. 

La zornotzarra Marina García -fallecida aun en mayo de 2012- era entonces un bebé. Era hija de una reclusa, a la que se la arrebataron de su seno, como los de la mujer del cuadro Guernica de Picasso. En Santurtzi, las Hijas de la Cruz le prohibían a Marina decir que su madre estaba en la cárcel con las Carmelitas. La mayor alegría fue cuando liberaron a su madre después de que el médico diagnosticara a la niña la “enfermedad de la tristeza”, como se denominaba entonces a la depresión. Pero sanó junto a su progenitora, quien pese a que los franquistas le privaron sucesivamente de tres viviendas, recuperó su plaza de maestra, esta vez en Ea. 

Factores de índole biológico aparte, las diferencias abarcan en los centros carcelarios femeninos, en los que las tareas de administración, vigilancia y castigo recaían generalmente sobre órdenes religiosas femeninas: Hijas de la Caridad, Hijas del Buen Pastor, Oblatas…, con la plusvalía de control y adoctrinamiento ideológico y religioso que ello entrañaba, presidido por el ideal de “esposa y madre ejemplar” del modelo socio-sexual dominante desde arriba, en el que la Iglesia jugaba un papel capital. Otras variables diferenciadoras remiten al distinto régimen laboral femenino y masculino,   o a la negación pública por parte del Nuevo Estado de la condición de “presas políticas” que sufrieron las mujeres condenadas por delitos tan políticos como el de “rebelión militar” -con sus diferentes variantes de “adhesión” o “auxilio a la rebelión”- o, después, los delitos que atentaban “contra la Seguridad del Estado”. Y siempre lo mismo, en las estadísticas penitenciarias no aparecían presas políticas, quedando todas las reclusas englobadas bajo el apartado de delincuentes comunes, y dando a entender que su encarcelamiento obedecía más a razones de tipo social que a intentos organizativos contra el regimen y desafecciones políticas. 

Para este colectivo concreto de mujeres, la negación de la condición de presa política representó, de cualquier forma, una estrategia destinada a fracturar su capacidad de resistencia y  someterlas con mayor eficacia. Cuando la presa en cuestión evidenciaba su carácter irreductible, la recurrente técnica del traslado a otra cárcel -la dispersion-intentaba cortar por lo sano cualquier vínculo con la comunidad política y emocional diseñada para sobrevivir. En este sentido, los traslados fueron la prueba palpable de que la iposición de la ideología franquista no bastaba para subvertir el sistema de valores de las presas políticas. No bastaba porque en sus “comunas” o “familias” —grupos de solidaridad y autoayuda, que se repartían los paquetes recibidos individualmente y atendían a las compañeras más necesitadas — fue brotando un irredentismo que mantuvo vivo el sueño de acabar con el franquismo. Afirmaron y reivindicaron con orgullo la naturaleza política de su privación de libertad. Crearon una estructura familiar intramuros que protegió a las más débiles. Diseñaron todo un abanico de actividades culturales y de ocio, desde la lectura por medio de bibliotecas ambulantes dentro de la prisión hasta las representaciones teatrales clandestinas, con ocasión de las efemérides que era necesario recordar: proclamación de la República o Primero de mayo.

En suma, como señala Vinyes, constituyeron… “(…) una autoridad moral en el conjunto de la población reclusa que garantizase la existencia y mantenimiento de una economía identitaria (…) un sistema de administración de bienes y recursos morales que les hacían sentirse seres humanos y daba sentido a la permanente actitud vindicativa en su diferencia e irredentismo en un cautiverio homogenerizador y redencionista”. En Euskal- Herria, por supuest, permanecieron abiertas permanentemante las prisiones provinciales de las catro capitales (Bilbao, Donostia, Gasteiz y Pamplona) que fueron “lugares de paso hasta el sumarísimo” aunque hubo tambien cárceles de “cumplimiento de pena”. En Bizkaia hubo dos, en Amorebieta y Durango. La zornotzarra tuvo como director a un Machado, en este caso, Francisco, hermano mayor de los poetas Antonio y Manuel, quien también escribía, enviaba versos a Unamuno por si tenían las calidad poética de sus familiares. 

El edificio se ubicaba en lo que hoy es el colegio El Carmelo, que funcionó entre 1938 y 1947. Junto a las mujeres se mantenía encerrados en el penal a decenas de niños de corta edad, algunos de ellos nacidos y muertos en cautiverio, como el caso de José Humanes Aznar, que solo vivió diez meses. Terrible final padecieron también muchas madres procedentes de Albacete, Badajoz, Castellón, Ciudad Real, Girona, Madrid, Málaga o Toledo. El régimen siempre fue partidario de la política penitenciaria de dispersión. 

 En este penal convivieron presas tales como la guerrillera madrileña e histórica Rosario Sánchez, La Dinamitera, y la madre de Edurne Gorosarri, duranguesa fallecida en agosto de 2014. Vicenta Garnika una joven madre afiliada a UGT que no había hecho nada contra el régimen, pero alguna de sus vecinas le denunció y resultó encarcelada primero en el llmado Chalé de Orue y, después, en Durango. Un consejo de guerra le condenó a doce años de prisión por ser sindicalista y haber votado al Frente Popular. “Yo tenía 12 años y no entendía nada”, nos enfatizaba Edurne años atrás. Meses después llegó el mejor día, al reencontrarse ambas.

 Vicenta regresaba “flaquita”, con poco pelo, de habérle sido cortado antes, al cero. “Supe, luego, que la comida que le llevaba a diario la compartía con otras presas”, subrayaba Gorosarri.

La guerrillera madrileña Rosario regresó de Saturraran a casa. Falleció años más tarde, el 17 de abril de 2008, cuatro días antes de poder cumplir 89 años. La duranguesa María González Gorosarri le dedicó un documental tras haber entrevistar a  la Dinamitera en su casa de Madrid.

 

Cuando se contempla lo ocurrido con los mencionados rituales de humillación y nescarnio público de las mujeres desafectas, resulta obvio que Franco nada dejó al azar. Todo obedeció a un plan premeditado, enmarcado en la cosmovisión franquista que pretendía señalar a la "roja" como una mujer degenerada en cuyo seno habitaba el Mal. Por eso se les rapaba el cabello, para denunciar su atrevimiento al subvertir el paradigma tradicional de la mujer en una sociedad sexista, tonta y patriarcal. Por eso se las purgaba con ricino, para purgar simbólicamente la “enfermedad” de un feminismo laico y emancipador, heredadado durante la etapa republicana. Por eso se las torturaba y paseaba, para expulsar de su alma el demonio del mal, lo que algun autor llamaba el "gen" del “marxismo”. A los varones no les tocó este tipo de prácticas rituales; en su caso, bastaba con que vieran o supieran de la vejación  en el cuerpo de sus mujeres. La represión, desde la humillación pública hasta el asesinato, pasando por la carcel, se convirtió de este modo en una medida de profilaxis que pretendía purificar todo el cuerpo social, extirpando del mismo cualquier residuo de “complejo psico-afectivo” que pudiera “descomponer la patria”, en palabras del militar Vallejo Nájera, jefe de los Servicios Psiquiátricos de los sublevados.

ALMUDENA GRANDES. Sólo eran mujeres, estaban solas, carecían de formación. Para ellas todo era ilegal, todo estraperlo. Pero aprendieron solas lo que nadie les había enseñado.

 

La experiencia penitenciaria femenina

Al igual que ocurre con la represión femenina en general, la experiencia de las mujeres en las cárceles franquistas presenta un carácter específico, que la diferencia de la sufrida por los hombres. Los rasgos diferenciadores no sólo se limitan al factor tan evidente como fundamental de la maternidadestaban pensados como consecuencias vitales y sociales tan relevantes como cualquier motivo de humillación para ellas.Y el vía crucis de las reclusas se multiplicaba para las madres que tenían  sus hijos a su lado. Desde una perspectiva depuradorade Vallejo-Najera que combatiera la “propensión degenerativa de los niños criados en ambientes republicanos”, el Nuevo Estado creó toda una maraña legal de carácter ideológico que amparó el secuestro violento de los hijos de las exiliadas, fusiladas o encarceladas cuando no eran recogidos por familiares biológicos sino simplemente, robados. Pasaron a ser tutelados, a partir de la orden de 30 de marzo de 1940, por las Juntas Provinciales de Protección a la Infancia, que los ingresaron en escuelas regentadas por religiosos, y en no pocos casos terminaron siendo entregados en adopción -de forma irregular- a familias afectas al régimen franquista. El drama tuvo que ser especialmente doloroso para las reclusas que daban a luz en la cárcel, sabiendo que al cabo de los tres años se verían separadas de sus hijos, y no precisamente para que los recogieran sus familiares en el exterior. A las duras condiciones de vida del presidio —-reclusión, hacinamiento, miseria y enfermedad —, más intensas, si cabe, al verse sin leche o comida adecuada para sus criaturas, se añadía una amarga y forzada despedida.

 

Tras la Guerra Civil, llegó el franquismo y las mujeres también lo sufrieron. “Los años peores fueron hasta 1944. A partir de 1940 se empezaron a revisar penas y, aunque muchas mujeres fueron condenadas a cadena perpetua, sus penas fueron  rebajadas y salieron de la cárcel para 1947 con los últimos “indultos generosos” del Caudillo. El problema persistió después en sus pueblos donde fueron apaleadas por cualquier falangista que se preciara, detenidas una y otra vez, se les prohibó e impidió trabajar, y nunca faltó para su dosis de a ceite de ricino a que eran acreedoras si hacían algo que no gustaba a alguien de arriba..etcétera”.

. Hubo madrileñas, andaluzas, catalanas, castellano leonesas, manchegas, tinerfeñas...”, según Badiola. Una de ellas, que también pasó por Durango, es la histórica Rosario Sánchez Dinamitera: la guerrillera que quedó sin mano derecha con 17 años, apodada tambien la cerillera, la miliciana, la del estanco y en el franquismo, la comunista, la madre soltera…  glosada en un poema de Miguel Hernández que la hizo internacional. Pasó once meses en la prisión duranguesa.

 

Franco lo tuvo claro; en 1939 ya señaló que habría presos, condenados por delitos relacionados con la etapa presidida por “la barbarie roja”, que redimirían su penapor el trabajo. Sería ocioso extenderse, por sobradamente conocido, en el curioso mecanismo de explotación laboral y rentabilidad económica, tanto para el Estado como para algunos empresarios privados, disimulado detrás de tan sublime doctrina como la teorizada por el jesuita Pérez del Pulgar. Pero si atendemos al caso de las prisiones de mujeres, nos tropezaremos con una serie de variables diferenciadoras de la experiencia femenina en el universo penitenciario franquista, y no de menor calado que las comentadas hasta ahora. Al igual que ocurría con los presos, también una parte del colectivo de presas condenadas por delitos políticos tenía derecho a redimir pena; una parte, que no toda en

 talleres textiles en Ventas a mediados de los cuarenta, según refiere el testimonio de Antonia García, “La Toñi”:

 

Pero, y he aquí otro rasgo diferenciador, las presas que sí podían aspirar a redimir veían mucho más limitadas sus posibilidades de trabajo que sus compañeros varones, ya que el Nuevo Estado invertía poco y mal en instalaciones laborales en los centros femeninos. Al contrario que los presos, las presas nunca salieron a trabajar fuera de la cárcel. La infraestructura laboral más frecuente, por ser la más coherente con el papel doméstico asignado a las mujeres en el reparto socio-sexual franquista de papeles, fue la de los talleres textiles, aunque curiosamente resultó ser llamativamente escasa. Por citar un ejemplo significativo, en la cárcel femenina de las Ventas en Madrid, la más poblada de la historia de España, el taller textil se creó en una fecha tan tardía como mediados de 1941, y el taller de manipulado de papel hubo de esperar cinco años más. En la prisión provincial de Les Corts, en Barcelona, ocurrió otro tanto de lo mismo: el taller mecanizado de costura se remontaba a principios de la década de los cincuenta, si bien es cierto que ya desde 1939 las características peculiares de este centro como antiguo conventoasilo hacían posible la explotación de un número nunca muy elevado de reclusas —siempre sociales, nunca políticas — en la extensa granja-huerto. Claro está que en este somero análisis obviamos los “destinos” o “cargos” de la prisión: portería, oficinas, paquetería, cocinas, “mandantas” o escuela, puestos que desempeñaban siempre las reclusas condenadas a las penas de cárcel de menor duración. 

 El trabajo de costura que realizaban las propias reclusas y que, lógicamente, no redimía condena. Se trataba de un trabajo mucho más extendido que el publicitado por el régimen, realizado por las presas de manera informal, para mantenerse a sí mismas y a sus familiares, mediante la venta de sus labores en el exterior. Que esta modalidad laboral fuera consentida por las monjas —salvo en domingo, por razones obvias — encajaba en el perfil dominante de los centros penitenciarios administrados, regidos y controlados por religiosas, para las que el ocio significaba la fuente de todo pecado. E incluso en algunas ocasiones llegaron a intentar sacar partido de ella, según revelan algunos testimonios, como cuando las Hijas de la Caridad encargaban a las presas de Les Corts la elaboración de mantelerías y otras labores delicadas para familias pudientes de la ciudad.

Soledad Real, recientemente fallecida, perteneciente a las Juventudes Socialistas Unificadas de Cataluña, describía así el paisaje de Les Corts en 1941: 

“La vida en el patio era vida de trabajo de labores. Se han hecho muchos en las cárceles, mucho tapete de punto de media, se han bordado mantillas, se ha hecho ganchillo. Esta labor la entregábamos a los familiares, o a los amigos, cuando teníamos comunicación, y ellos la vendían y te compraban en la calle lo que necesitabas. O se quedaban el dinero, o parte del dinero, como en mi caso, porque yo tenía que ayudar a mi madre. Y te entraban parte del dinero que luego tú te gastabas en el economato, en comida para mejorar el rancho”


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