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De por qué no somos un país colonial o semi-colonial

08/07/2016 18:13 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Mañana, sábado 9 de julio, se cumplen 200 años de la declaración de la independencia argentina

 A raíz de la conmemoración, se multiplican desde el nacionalismo progre-izquierdista hasta la izquierda radical, los llamados a luchar por una “segunda independencia”. En la izquierda está muy generalizada la idea de que la mayoría de los países de América Latina, a excepción de Cuba, y tal vez Venezuela, mantiene una relación de tipo semicolonial, o neocolonial, con las grandes potencias, EEUU en primer lugar. Por otro lado, un grupo importante del nacionalismo burgués o pequeño burgués afirma que el dominio colonial fue interrumpido entre 1946 y 1955, con los gobiernos de Perón; y entre 2003 y 2015, con los gobiernos de los Kirchner. En cualquier caso, y por sobre las diferencias, el punto de acuerdo es que en Argentina hoy está planteada la tarea histórica de lograr la segunda independencia. En definitiva, estaríamos más o menos como antes del 9 de julio de 1816.

Colonización y liberación

En “El imperialismo fase superior del capitalismo” Lenin explica que el significado de la demanda de liberación nacional deriva de la naturaleza de la relación colonial o semicolonial, ya que se trata de obtener el derecho a la autodeterminación política y a la existencia de un Estado separado. La autodeterminación constituye un derecho formal, pero de consecuencias económicas, ya que la constitución de un Estado independiente termina con el pillaje y el robo del país sometido por medios extraeconómicos. Por eso también, la autodeterminación genera mejores condiciones para el desarrollo capitalista. Un país que deja de ser colonia, o semicolonia, y se constituye como Estado autónomo pasa así al estatus de ‘dependiente’. Esto implica que el Estado tiene jurisdicción sobre su territorio: en el momento en que una colonia ha luchado y conquistado su independencia política, se constituye nuevamente en una formación social propia.

Sonntag en “Hacia una teoría política del capitalismo periférico” sostiene que después de la independencia se continúa acumulando capital para la economía dominante (o las economías dominantes), pero también debe iniciarse un proceso de acumulación interna y de reproducción ampliada de capital que tenga como objetivo el sustentamiento y la expansión interna de las formaciones sociales creadas, incluso cuando sea muy bajo su volumen (pp. 151-2)”.

En una descripción más dialéctica del proceso, y con centro del análisis en Argentina, Oszlak (2012) pone el énfasis en la relación entre la formación de una economía capitalista y el Estado nacional: “… la formación de una economía capitalista y un Estado nacional son aspectos de un proceso único, aunque cronológica y espacialmente desigual. Pero además implica que la economía en esa formación va definiendo un ámbito territorial, diferenciando estructuras productivas y homogeneizando intereses de clase que, en tanto fundamento material de la nación, contribuyen a otorgar al Estado un carácter nacional”.

Sin embargo el mero hecho de independizarse fornalmente, una liberación nacional, no elimina la dependencia económica; la autodeterminación nacional no elimina –ni puede hacerlo- la dependencia económica, que en el enfoque de Lenin, está asociada al predominio del capital financiero, y no puede desaparecer en tanto haya capitalismo.

Por eso, la superación de la dependencia económica de un país atrasado excede lo que puede lograr una revolución nacional burguesa y democrática, o anti-imperialista. En otros términos, terminar con la dependencia no puede plantearse como tarea nacional burguesa y democrática.

‘Ninguna medida política puede prohibir un fenómeno económico’ observa Lenin. Noruega, Polonia y otros países atrasados podían acceder a la independencia política, pero esto no cortaría la dependencia del capital financiero. ‘La independencia de Noruega, lograda en 1905, fue solo política. No podía afectar su dependencia económica, ni era su intención’ (1916). Subrayaba que ‘la autodeterminación concierne sólo a lo político’, y no tenía sentido siquiera hablar de la imposibilidad de la autodeterminación económica’.

Argentina, ¿relación colonial?

Con respecto al caso específico de Argentina, las políticas adoptadas por su clase dirigente, no se pueden aprehender con el esquema “relación colonial”. En el caso de Argentina, se puede sostener que desde su organización nacional más o menos definitiva, en 1880, las políticas económicas y sociales no fueron impuestas por potencias extranjeras, ocupaciones militares o gobiernos instalados por ellas. A lo largo de la historia los gobiernos argentinos adoptaron muchas medidas que serían impensables dentro de una relación colonial, o semicolonial. Por ejemplo: recordemos que en 1973 Argentina estableció relaciones comerciales con Cuba, la Unión Soviética y Polonia, y obligó a las multinacionales estadounidenses, a participar en ese comercio, contra los deseos de Washington; más tarde, la dictadura militar exportó trigo a la URSS, a pesar de la oposición de EEUU; en 1982 Argentina ocupó militarmente Malvinas; ese mismo año el país entró en cesación de pagos de su deuda; en 2001, defaulteó; desde 2005 el gobierno argentino se ha negado a realizar los informes anuales para el FMI; también en años recientes Argentina reconoció a Palestina como ‘Estado libre e independiente’, contra la posición de EEUU; negocia con China y otros países según sus conveniencias. Cualquiera de estas medidas era inconcebible en una semicolonia como lo era China de los años 1910.

Vinculado a esto, es necesario tener en cuenta que la misma dinámica del desarrollo capitalista genera las bases materiales para las políticas de los países dependientes, no coloniales.

A medida que los países se fueron liberando del dominio colonial y semicolonial –América Latina en el siglo XIX, la mayor parte de Asia y África en la segunda posguerra, y hasta los años 1970- se generalizó el modo de producción capitalista, y con él la participación de las burguesías de los países atrasados en el manejo de “sus” Estados. En consecuencia, las medidas económicas de estos gobiernos se deciden de manera creciente teniendo en cuenta la situación competitiva en que se encuentran los capitales locales y de qué manera pueden avanzar sus intereses, en el marco de relaciones económicamente desiguales. Esto comprende incluso a países cuyas luchas fueron ejemplos del combate antiimperialista y anticolonial.

Cuando el gobierno argentino de Cristina Kirchner estaba procurando atraer inversiones chinas no por ello era “lacayo” del imperialismo chino. Como tampoco lo era de Estados Unidos, aunque cierre acuerdos con Chevron, acate las sentencias del CIADI y negocie la deuda con el Club de París.

Todo esto no niega el hecho de que existen presiones políticas y diplomáticas de los Estados más poderosos, y de los capitales internacionalizados, sobre los gobiernos de los países más débiles.

En este punto, y a diferencia del planteo de Lenin, diría que esa dependencia económica no está asociada exclusivamente a la existencia del capital financiero internacional, sino al conjunto del capital –las grandes transnacionales abarcan también la industria, el comercio, la agricultura- y a la estructura desigual del modo de producción capitalista mundial. Naturalmente, los capitales más avanzados científica y tecnológicamente, y con mayor poder comercial y financiero, ejercen presión sobre los capitales más débiles; y los Estados nacionales más fuertes, asociados a esos capitales avanzados, tienen un poder de presión incomparablemente mayor que los Estados de los países atrasados. Por eso, así como EEUU presiona a los países latinoamericanos, Brasil hace lo propio con Paraguay y Bolivia (recordemos los conflictos en torno a Itaipú, o por los precios que paga Petrobrás a Bolivia); y también Argentina con Paraguay y Bolivia; o con Uruguay. Pero esto no significa que existan relaciones de tipo semicolonial entre estos países. Por ejemplo, Argentina presiona a Uruguay por la construcción del puerto de aguas profundas que alienta el gobierno de Mujica, sin que ello implique que Uruguay sea semicolonia argentina. Estas presiones derivan del modo de producción capitalista, y son ineludibles en tanto exista la propiedad privada y el mercado mundial.

Es puro utopismo pequeño burgués pensar que un país capitalista puede abstraerse o modificar esta dinámica objetiva. La dependencia económica de los países atrasados con respecto a las grandes potencias no se puede eliminar con la liberación nacional, que atañe a lo político. Es una dependencia que está asociada al desarrollo internacional desigual de las fuerzas productivas. Por eso, un programa socialista sería reaccionario (en el sentido del atraso de la ciencia y la tecnología) si propusiera desarrollos autárquicos, y basados en los particularismos nacionales. Una “liberación nacional” a lo Corea del Norte no es “liberación” en ningún sentido de mejora de las condiciones de vida de las masas trabajadoras, ni de las condiciones para terminar con toda forma de explotación, que es lo que en definitiva importa.

En cuanto a la “explotación”, no tiene sentido sostener que Argentina es “explotada”. Son los trabajadores los explotados, no “el país” (esto es, el conjunto de la población). Esto se debe a que la relación dominante es capitalista. En esta explotación, los capitales nativos y extranjeros participan como socios, según sus fuerzas relativas.

Para expresarlo con nombres, en Argentina los grupos Socma, Techint, Lázaro Báez, Bulgheroni, Clarín, Macro, Arcor, Pescarmona, Grobo y similares, no son explotados, sino explotadores. Algo similar ocurre con los grandes grupos económicos mexicanos, chilenos, malayos o indios. Pueden estar asociados con capitales extranjeros, sean financieros, comerciales o productivos, pero no por ello están colonizados. Lo mismo se puede decir de los inversores argentinos (o de cualquier otro país atrasado) que realizan inversiones directas en otros países, o colocan fondos en los grandes centros financieros internacionales. Sus intereses están entrelazados con los del gran capital. Un funcionario argentino que invierte sus dinerillos en un paraíso fiscal, no es un explotado por el capital financiero internacional; es alguien que ha participado, y se ha beneficiado, de la explotación de la clase obrera de “su” país, y se sigue beneficiando de la explotación del trabajo a nivel global. La clase dominante argentina, como la de cualquier otro país dependiente, no es ‘semi-oprimida’ ni ‘semi-explotada’, como aparecía en la visión tradicional basada en la caracterización ‘Argentina semicolonia”.

En definitiva, lo que está planteado hoy como tarea es la liberación social de los explotados por el capital. La consigna de la segunda independencia solo lleva agua al molino de la conciliación de clases y del nacionalismo.

 


Sobre esta noticia

Autor:
Rodrigo Aznar (5 noticias)
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Tipo:
Opinión
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