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El país de los senderos que se bifurcan

28/06/2012 02:38 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Una organización que sostenga una cultura divergente en sus contradicciones entre prácticas de intereses comunes explícitos e intereses personales implícitos, resulta finalmente en una cultura sesgada por antinomias en el terreno discursivo

"El ejecutor de una empresa atroz debe imaginar que ya la ha cumplido, debe imponerse un porvenir que sea irrevocable como el pasado.” - “El jardín de los senderos que se bifurcan” J.L Borges

Cuando era niño, escuchaba a mi padre decir que el hombre que no cambia al crecer está condenado a no entender el mundo en el que vive, ni a aprovechar las enseñanzas del que vivió.

Solo muchos años más tarde, siendo adolescente, al leer a Jorge Luis Borges, pude desentrañar la clave que escondía aquella sentencia: las semejanzas solo son posibles en las diferencias.

Crecer es aceptarse siendo diferente por contraste con lo que mantenemos semejante. No otra cosa es la identidad.

Algo no debe cambiar para que saber que algo ha cambiado. Por lo contrario, si nada cambia no sabré quien soy hoy, buscándome siempre en el que supongo que fui ayer.

Y en esa búsqueda errática, neurótica y sin destino (en el sentido de una meta a alcanzar), construiré relatos fantasmagóricos en un escenario de palabras vacías, sostén de mitos heroicos que -por falaces- resultarán finalmente trocados en cobardías atroces, como quería el personaje en primera persona del citado cuento de Borges.

Y el nuestro (*) es un país de mitos atroces cruzados por una constante: el dilema antinómico enunciado como discurso, senderos lingüísticos que tienen un mismo comienzo pero terminan llevando a territorios semejantes aunque paradojalmente antagónicos.

La tonalidad de nuestras aseveraciones es absoluta: Todo lo que pensamos y hacemos se rige por la dualidad blanco-negro, derecha-izquierda, acción-reacción. Tenemos como sociedad una aversión a la moderación de las tonalidades grises, a los senderos convergentes. Y con muy pocas excepciones cotidianas e históricas, los hechos observables y sus dinámicas invisibles suelen moverse en una mixtura de claroscuros, alejadas de las ideologías recalcitrantes.

Las organizaciones bifurcadas

Una bifurcación es un punto a partir del cual se puede tomar dos caminos que en su inicio distan entre sí mínimamente y cuyas direcciones se alejan en general conforme a una figura en “V”.

De tal suerte ni bien iniciamos un recorrido estaremos aún muy cerca de la otra rama del camino, pero al cabo de un tiempo de andar la distancia aumenta con arreglo a una ecuación uno de cuyos términos dependerá del ángulo de aquella “V”, es decir de los grados en que se dibuja esa divergencia que constituye la bifurcación.

Una organización bifurcada es aquella en la que se hace lo que no se dice y se dice lo que no se hace..

Esta figura a la vez geométrica y metafórica nos muestra como funciona en otro orden las organizaciones divergentes, en las que a partir de un punto de referencia se inician procesos diferentes que luego de un tiempo ya no se pueden desandar.

Una organización bifurcada es aquella en la que -por efecto de una divergencia entre los intereses individuales de las personas que allí trabajan y los requerimientos de los personajes de rol que deben responder a la organización- se hace lo que no se dice y se dice lo que no se hace, y donde las decisiones se toman bajo influencia y en función de los beneficios indirectos no explícitos en las tareas productivas, que la psicología social suele llamar “beneficios secundarios” o derivados.

Pero cuando la divergencia entre los discursos y las prácticas son grandes, los beneficios secundarios se establecen como primarios, es decir que en algunas organizaciones se convierten en el fin en sí mismo, por ejemplo la conservación y acrecentamiento del poder, que pasa de ser un instrumento para la impulsar y ordenar las tareas a ser un atributo de manipulación de las personas y sometimiento de los objetivos institucionales a los intereses de quien más lo detente.

Por lo general esta distorsión de medios a fines, se expresa y potencia lo que se conoce como acciones discrecionales y decisiones arbitrarias o de expresión ambigua.

En otras palabras, las opciones se eligen más pensando en las repercusiones indirectas que en las metas directas, en las repercusiones políticas que en los resultados deseables. Así cada decisión del sujeto de poder irá en una dirección aparente, pero en otra distinta real, alejando al actor cada vez más de las metas que presuntamente persigue y sometiendo a otras personas en objeto discrecional de su poder. Y esto porque una vez tomada una senda cuya justificación aparece sesgada al sentido común y práctico, -tal como evitar complicaciones derivadas de una decisión estructural- la decisión siguiente deberá derivarse necesariamente de la anterior, es decir que cada acción real en una dirección tendrá un efecto acumulativo en esa misma dirección y un efecto desagregador que lo aleja sin retorno de la dirección alternativa.

La cultura de las antonomías

Una organización que sostenga una cultura divergente en sus contradicciones entre prácticas de intereses comunes explícitos e intereses personales implícitos, resulta finalmente en una cultura sesgada por antinomias en el terreno discursivo. Las discusiones no se desarrollan en el análisis de las soluciones a los diferentes (aunque semejantes) problemas de la articulación de intereses sino en la confrontación nominal de posiciones dilemáticas. Es la lógica del no ante el sí o el sí frente al no.

El paso siguiente es sumar acólitos a estas posiciones. La pregunta al otro no es qué piensa acerca del planteo y la solución del problema, sino “de qué lado está”. Según su respuesta o actitud, lo sumo o lo resto a o de mi círculo de confianza. El dilema es del estilo lógico excluyente: “¿A quien quieres más..?. La cultura de la antinomia es una cultura especular, donde cada uno ubicado en un extremo de la “V” de la bifurcación ideológica-cultural, responde en función de “otro yo” que ve en la imagen opuesta. Pero lo que ve refleja su propia lógica transformada en anti-lógica: su derecha es la izquierda de la imagen y su izquierda copia la derecha del alter-ego transformado de adversario semejante en enemigo diferente. Una peligrosa alquimia moral que lleva tarde o temprano a la destrucción propia en el intento de destruir la imagen que me refleja... Un porvenir irrevocable, tal como quiere Borges.

(*) Argentina

afcRRHH@gmail.com


Sobre esta noticia

Autor:
Alberto Farías (72 noticias)
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Tipo:
Opinión
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Distribución gratuita
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