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Pensar y analizar al género nos lleva a conceptualizaciones perceptibles de una estructura social

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26/01/2020 09:10 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Género o sexo, donde esta nuestra realidad y proyección política

La Tecla Fértil

 

En Marx el “fetichismo” que se “adhiere” a los productos del trabajo tiene el carácter de un quid pro quo, es decir: tomar una cosa por otra, y “consis­te en la aparente autonomía y vida propia que adoptan los productos de la mente humana”. En Marx el fetichismo es un “reflejo”, una “expresión” o “represen­tación” en donde “la relación social que media entre los productos y el trabajo glo­bal” se refleja “como una relación social entre los objetos, existente al margen de los productores.  Subraya que este fe­tichismo es un hecho objetivo, y no sólo un fenómeno de la conciencia. En otros términos, sea dicho: el fetichismo que se adhiere a la forma mercancía está inscri­to en el intercambio social de mercancías, ámbito en el cual se reducen todos los trabajos particulares a trabajo abstracto, de manera que, para los hombres, este fetichismo “posee la fijeza propia de las formas naturales de la vida social [...] y cuenta para ellos como algo inmutable”. Extendiendo el planteamiento de Marx podríamos decir que convertir el género en fetiche implicaría considerar una deter­minada configuración social -por ejemplo, la que se singulariza por la inequidad y discriminación de las mujeres- como algo inmutable y que “posee la fijeza de las formas naturales”. Pero eso sería casi una contradicción en los términos, pues justa­mente el género, en el campo feminista, incluida la academia, apunta precisamente a cuestionar la naturalidad de las relacio­nes entre los géneros.

De manera que habría que explorar la referencia a Freud para comprender la función de fetiche, es decir: de sustituto, que puede cobrar el género en la acade­mia feminista. En el texto Fetichismo, publi­cado en 1927, Freud es contundente: “el fetiche es un sustituto del pene”, y más adelante precisa: “el fetiche es el sustituto del falo de la mujer (de la madre) en que el varoncito ha creído y al que no quiere renunciar”. Freud describe con detalle el proceso en cuestión: “el varoncito rehu­só darse por enterado de un hecho de su percepción, a saber, que la mujer no posee pene. No, eso no puede ser cierto, pues si la mujer está castrada, su propia posesión de pene corre peligro, y en contra de ello se revuelve la porción de narcicismo con que la naturaleza, providente, justamente a ese órgano”.Entonces el fetiche sustituye una ausencia, está en el lugar del pene au­sente de la madre, es decir, está en lugar de la castración (de la madre). Para los lecto­res no familiarizados con relatos clínicos habría que decir que el fetichista es aquel sujeto cuya condición de goce reside en un objeto parcial del cuerpo de la mujer -los pies, por ejemplo- o bien algún objeto tal y como los zapatos femeninos o las pan­taletas.

Si bien en ningún momento Martha Lamas uti­liza este término (el falo), sí lo hace en cambio Cristina Palomar, en un sentido convergente con Lamas: su propuesta del género como significante vacío hace posible “intentar incesantemente ‘decir’ algo acer­ca de aquello que en realidad no se entien­de, que se teme o de lo que se sabe poco en torno a la diferencia sexual”, para pre­guntarse enseguida si “más bien” el género sería el “significante del vacío, es decir de la imposibilidad de significar la diferencia se­xual” en cuyo caso el concepto “significan­te [...] estaría más cerca de la formulación que hace Lacan (1958) en relación con el falo”, como acota en una nota al pie de pá­gina.

Podremos apreciar enseguida la conver­gencia entre estas dos autoras, pues en las teorizaciones que fetichizan el género lo que está en juego es un olvido en su “di­mensión subjetiva [de] la diferencia sexual que es al mismo tiempo sexo/sustancia y sexo/significación”. En la misma direc­ción afirma que en este ámbito académico son escasas las referencias a la “diferencia sexual”, y más bien se alude a la “sexua­ción”, término con el cual se “ignoran el inconsciente y no registran que la diferencia sexual produce, como significante, un uni­verso de prácticas y representaciones ima­ginarias y simbólicas”.Enseguida refiere que el “miedo a aceptar la existencia de una diferencia fundante y estructurante, que se utiliza como ‘fundamento cósmico´ se debe al supuesto de q que lo biológico es in­mutable”.

 

Así pues, la “superabundan­cia de significados en relación con las co­sas significadas” que Lévi-Strauss70 situaba mediante el “significado flotante”, no es otra cosa que la signatura que acompaña a todo signo, ya que “nunca se da un puro signo sin signatura”.Si podemos decir que una signatura está “vacía”, o que, en tanto signatura el género está “vacío”, es porque “las signaturas desplazan y dislocan los con­ceptos y los signos de una esfera a otra [...] sin redefinirlos semánticamente”.Así, la determinación de la signatura es semióti­ca, estructural y no semántica, por lo cual puede decirse, retomando a Lévi-Strauss, que en tanto signatura un concepto está “vacío en sí mismo de sentido y suscepti­ble, por tanto, de que se le aplique cualquier sentido”.

Así, desde la teoría de tal o cual autor(a) el concepto de género predica o atribuye propiedades. Cuando ha­blamos de “teoría” nos referimos siempre a una organización de contenidos que se de­finen al interior de un sistema de concep­tos, no tanto a los dinamismos de la reali­dad. Y ese sistema constriñe cada concepto al delimitar relacionalmente su contenido (o significado).

Pensar Implica descomponer los corpus teóricos, los sistemas de conceptos, para así situarse ante la realidad privilegiando la pre­gunta más que la atribución de contenidos. Ciertamente, lo hasta aquí dicho puede re­sultar paradójico, en tanto que implica un pensar con categorías que no atribuyen pro­piedades, sino que están, en cierto modo, vacías de predicados o de contenido teóri­co Hablar de categorías vacías de contenido podría entenderse de mejor manera si re­tomamos la noción de signo lingüístico de Saussure, que ya introdujimos antes. Puesto que un signo tiene un valor que se define en función de su lugar en un sistema -en ese sentido sería similar a un concepto defini­do al interior de un sistema teórico- sería posible homologar el pensar categorial con un pensamiento que descompone el signo para articularse con significantes (sin significado).

La lucha política e ideológica no puede abrazar un mundo distante y fantasioso

Esta metáfora tiene un alcance limitado, pues, como recién dije, sobre todo los signi­ficantes tienen un valor que se define al in­terior de la lengua -entendida como sistema de diferencias- de manera que un signifi­cante sólo puede ser pensado de manera es­tructural o sistémica e, incluso, se compone de fonemas que son ya, de suyo, estructuras de rasgos distintivos. Pero si continuamos con este recurso a la lingüística estructural podríamos incluir el elemento que es exter­no a la lengua, es decir el referente. Ten­dríamos así, básicamente, dos elementos: el signo y el referente. Es importante retener que el signo estaría compuesto de una rela­ción arbitraria (así dice Saussure) entre un significante y un significado y que en con­junto nombra un referente (la realidad ex­terna). Llegamos así al punto clave de nues­tro argumento: las categorías ordenadoras operan como significantes desprendidos de sus significados que, sin embargo, mantie­nen la función de nombrar la realidad. Más aún: estas categorías tienen la función pri­mordial de operar al interior del desfase que se instaura necesariamente entre las teorías y la realidad. 

Básicamente es lo que afirma Hawkesworth, quien argumen­ta que para no “confounding” el género es preciso privilegiar sus funciones heurísticas, poniendo entre paréntesis su papel como explanans (es decir como categoría explica­tiva, predicativa).

 

Por eso es que reconocemos sin ambages la vigencia del planteamiento de Joan Sco­tt: el género sigue siendo una categoría útil para el pensamiento, justamente porque es crítica, es decir, siempre y cuando el “uso” que le demos, sea justamente ese. Pero tal uso crítico implica reconocer la complejidad de los procesos de género. De hecho, esta discusión sobre la diferencia sexual, el in­consciente, lo biológico, la cultura, etc., indi­ca con claridad que, en palabras de Marcela Lagarde, el género es una “una categoría que abarca lo biológico, pero, además, una categoría bio-socio-psico-econo-político cultural”. Y por este carácter complejo del género en su estudio es indispensable el concurso de diferentes disciplinas.

Lamas ha subrayado, particularmente en el capítulo que venimos citando34 que la di­ferencia sexual sería del orden de “lo real”:aquello imposible de simbolizarse. Esto es justamente lo que se “oculta” en algunas teorizaciones feministas, reacias a recono­cer este “real” para en cambio centrarse en el registro “simbólico”, es decir, en la simbolización de la diferencia sexual. Este planteamiento de Martha Lamas se conecta con su insistencia en la necesidad de incorporar el inconsciente, tal y como ha sido teorizado por el psicoanálisis, como una medida indispen­sable que habrá de permitirnos evitar la fe­tichización del género.

 

A su juicio, la mayoría de las académicas feministas han incomprendido “la diferen­cia sexual como algo del orden de lo real, que rebasa lo biológico e implica lo incons­ciente” lo que trae como consecuencia “una mistificación constructivista”. Estas acadé­micas, al “desencializar la idea de mujer y hombre [...] acaban remitiendo todo al géne­ro”, lo que sería una muestra de “voluntaris­mo […] ciego a la existencia del inconscien­te”. Insiste en diferenciar entre “sexuación, diferencia sexual y las cuestiones culturales y psíquicas que se derivan de ellas”. Si la he entendido, para ella la sexuación remite al sexo en tanto diferencia anatómica; la dife­rencia sexual implica la toma en considera­ción de lo inconsciente, y, como corolario, el estatuto de “real” de tal diferencia; y, por último, los “derivados” psíquicos y cultura­les de la sexuación y la diferencia sexual Para evitar esto, Vladimir Putin expreso fuera Testigos de Jehová y pentecostalismo. Hay que lograr un verdadero perfil del género como sexo, una descripción semiótica y real de esa verdad. Ahora, hay quienes tienen problemas genéticos y de hormonas es otro ciclo de una verdad.

 

* Escrito por Emiro Vera Suárez, Profesor en Ciencias Políticas. Orientador Escolar y Filósofo. Especialista en Semántica del Lenguaje jurídico. Escritor. Miembro activo de la Asociación de Escritores del Estado Carabobo. AESCA. Trabajo en los diarios Espectador, Tribuna Popular de Puerto Cabello, y La Calle como coordinador de cultura. ex columnista del Aragüeño

 


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Emiro Vera Suárez (1343 noticias)
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