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Hace 2d

La derecha española incurre siempre en el error intencionado de hablar sobre la izquierda como si nos encontráramos todavía a finales de los años cuarenta, cuando la amenaza era el stalinismo, pero no cuestiona el mantenimiento de una obsoleta y costosa monarquía como modelo de estado

Son pocas las monarquías que quedan en occidente y aún en el mundo entero. Una de las últimas restantes cayó en diciembre de 1974, la griega. En medio de un mundo republicano, España sigue soportando una monarquía. Resulta tan insólito este hecho en nuestra época que, no falta quien lo intenta justificar como puede, aduciendo por ejemplo razones teóricas o de estabilidad. Pero a estas alturas del siglo XXI la monarquía no puede mantenerse sólo por razones teóricas, porque éstas no son válidas ya para sostenerla. En el mundo contemporáneo la institución monárquica está desapareciendo, como en otro tiempo lo hizo el Antiguo Régimen. Chateaubriand proclamó ya entonces que el triunfo de las libertades de la Revolución francesa condenaba a morir a cuantas instituciones se opusieran a ellas. Y una de estas fue la monarquía, institución que representa una determinada expresión de la sociedad cristiana, influjo social que comenzó a menguar al sobrevenir el proceso de secularización.

Además, toda monarquía hace referencia, sea totalitaria o parlamentaria, a valores de orden, jerarquía y autoridad. Valores tales que hoy la conformación política moderna ha sustituido por los de espontaneidad, igualdad e independencia. De ahí que en nuestro país los ahora llamados constitucionalistas se muestren tan preocupados por la intención natural y legítima de un pueblo como el catalán de restaurar esos valores y las instituciones que configuraron una vez la República española.

Ahora bien, esa actitud restauradora, en las presentes circunstancias de la vida política, sólo es posible desde el marco de la legalidad y el encuentro bilateral. Para que en España fuera posible una república, es necesaria una clase política intelectual en la dirección de búsqueda de soluciones democráticas tal como se entiende en el mundo occidental, es decir, dejar el doctrinalismo, cosa que no ha entendido el movimiento independentista catalán y pasar a proponer soluciones prácticas en el ámbito de la política.

La monarquía griega, una de las últimas restantes, cayó en 1974

Volviendo a Chateaubriand, él mismo reconoció ser un monárquico con ideas republicanas pues nada tenía que perder con la República. Por lo que se deduce que cualquier monárquico que crea en la libertad y que haya luchado por ella nada tendría tampoco que perder. Sí lo tienen las derechas conservadoras, en cambio, y las ultraderechas, quienes adolecen de envergadura moral y política, como estamos viendo últimamente, enardecidos más que nunca ante lo que llaman un ultraje a España, una rebelión y otras designaciones peores. Lo estamos viendo cuando irrumpen y toman un parlamento legítimo en nombre del orden constitucional. Cuando a ellos, en realidad, la Constitución les importa sólo en la medida que les permite llenar sus ollas de monedas de oro. Por eso desacreditan y temen un modelo más transparente y más atento a los problemas auténticos de una sociedad enferma de precariedad.

Pero en política, como en todo, hartar o hartarse tiene sus consecuencias para el cambio. Y, a veces, se hace necesaria la caída para la posterior regeneración, o el mal para el bien. Esto mismo parecen vaticinar las encuestas que destronan al PP aunque vengan luego algunas voces laberínticas como la de Rafael Hernando diciendo que tal resultado no se entiende cuando lo están haciendo tan bien.

Querer dar la sensación permanente de algo, no es bueno; sobre todo para quien pretende darla saltando por encima de la objetividad que se les presupone. Por eso, tal vez, haya llegado el momento si no para restaurar una tercera República española, sí para dar paso a otra forma de hacer política, porque aunque las encuestas anticipen una evolución de las nuevas fuerzas frente a las viejas concepciones; la tendencia hacia Cs es no motivar el cambio y no innovar el método de hacer las cosas. Lo único que estaríamos haciendo es cambiar el cromo de un jugador por otro del mismo equipo y eso no nos aporta nada nuevo. Más bien al contrario, porque cambiamos el de un defensa táctico por el de otro defensa leñero. nos quedan dos años para pensar en ello.

En Política, como en todo, hartar o hartarse tiene sus consecuencias para el cambio

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