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06/07/2019

Menospreciado y oscurecido en la Historia de España, el reinado de Carlos II empieza a valorarse bajo nuevos hechos, frente a los que lo han ensombrecido

El reinado de Carlos II es uno de los períodos de nuestra Historia más deformado por las invenciones y los cuentos, hasta tal punto que, muy pocos nos interesábamos por él. Las leyendas sobre la decadencia de esta época eran tan inusitadas y la repulsión hacia un Rey conocido como el Hechizado tan descomunal que muchos profesores en la facultad dejaban los estudios sobre la época de los Austrias entorno a 1665, pasando casi por alto aquellos oscuros años, para desembocar cuanto antes en 1700 y la llegada al trono del primer Borbón Felipe V.

Pero como todo en la historia simplemente hay que saber buscar y mirar desde una perspectiva más amplia y hambrienta de conocimiento, por eso las cosas parecen ahora estar cambiando en el reinado de Carlos II. Y tanto es así, que hoy es uno de los más atractivos para los nuevos amantes de la historia. Investigaciones más afortunadas y un conocimiento más detallado de los personajes, hechos, instituciones y procesos nos permiten prescindir de esos mitos acumulados sobre este período de la Historia de España.

Pero, ¡ojo! Por muchas pruebas documentales que empecemos a descubrir, me temo que Carlos II seguirá siendo el rey Hechizado, su reinado el más decadente y sus gobernantes el epílogo de la degradación de la aristocracia en el poder.

¿Era tan nefasto como nos han contado los libros de historia? No todo está tan claro, quizá somos víctimas del prejuicio. La realidad es que Carlos II se vio envuelto en una lucha dinástica entre Austrias y Borbones, en el que entraban en juego varios factores, entre ellos el no tener descendencia. Esta lucha, consiguó que se buscaran elementos para decirnos qué teníamos que pensar sobre él, aunque esas cosas no fueran reales ni siquiera para considerarlo hechizado, que a saber qué han querido transmitirnos con eso. Lo que sí es cierto es que él lo ponía fácil, ya que era un espantajo, un adefesio.

El nuncio pontificio Millini nos ha legado una expresiva descripción de Carlos II: “El rey es más bien bajo, flaco, no mal formado, feo de rostro; tiene el cuello largo, la cara larga, la barbilla larga y como encorvada hacia arriba; el labio inferior típico de los Austrias; ojos no muy grandes, de color azul turquesa y cutis fino y delicado. Mira con expresión melancólica y un poco asombrada. El cabello es rubio y largo, y lo lleva peinado hacia atrás, de modo que las orejas quedan al descubierto. De vez en cuando da señales de inteligencia, de memoria y de cierta vivacidad; por lo común tiene un aspecto lento e indiferente, pareciendo estupefacto.”

Sin embargo, los datos nos certifican que no fue un mal gobernante y que lo de hechizado era cosa de sus enemigos, ya que no respondía a la verdad, por eso a veces hay que desmentir a la historia porque esta ejerce un considerable poder y las palabras pesan en la creencia popular más que la piedra.

El Imperio español se enfrentaba a más enemigos que nunca, por otro lado el tumulto de validos dio lugar a un reinado que afrontó los problemas internos que atenazaban a la península desde tiempos de los Austrias mayores. Aún así, el rey puso en marcha unas reformas estructurales que, si bien no fueron visibles hasta años después, contribuyeron a que la economía y la demografía española levantaran al fin la cabeza.

La realidad es que Carlos II se vio envuelto en una lucha dinástica entre Austrias y Borbones

Los resultados de estas reformas, al estudiarse con perspectiva, han terminado por desarmar el mito del Rey hechizado dirigiendo un país sin rumbo y extremando la ruina de Felipe IV. La revisión de los datos advierten que se registró una recuperación económica a partir de 1660. La agricultura castellana mostró signos positivos durante estos años, viviéndose un proceso de ruralización que cortó la sangría demográfica iniciada en tiempos de Felipe II. 

Otra muestra de que no era tan idiota como se pretende argumentar, lo confirma la defensa de Carlos II respecto a las pinturas que sus antepasados habían atesorado, cuando ante la rapiña de su esposa Mariana, empeñada en regalárselas a su hermano, Juan Guillermo del Palatinado, un ansioso coleccionista, supo frenar y mantener su postura enérgica. Y no fue la única vez en la que el Rey Hechizado salió en defensa del patrimonio de la Corona. En junio de 1671, se desencadenó el mayor incendio en la historia del Real Monasterio de El Escorial, que se alargó durante 15 días. Se perdieron algunos cuadros valiosos, pero el fuego sobre todo se cebó con la colección de miles de códices árabes y manuscritos medievales reunidos por Felipe II en su biblioteca. Carlos II aprovechó la desgracia para encargarse de realizar la reconstrucción del edificio recuperando el patrimonio dañado. No en vano, la primera propuesta de reconstrucción pretendía eliminar un piso entero, el llamado noviciado, y sustituir los empizarrados de la fachada exterior por cubiertas ligeramente inclinadas. Estas modificaciones restaban más de tres metros de altura al edificio, pero a su favor estaba que conseguían reducir al mínimo el riesgo de nuevos incendios.

Tras superar los problemas económicos, las obras se dieron por terminadas en 1679. Los códices no fueron reemplazados porque era imposible, pero la destrucción de pinturas menores fue compensada con la generosidad de Carlos II y de su madre. El artista Jordán decoró las bóvedas ennegrecidas con pinturas al fresco; y el pintor de cámara, Juan Carreño de Miranda, se encargó de repartir por el palacio una colección de cuadros, cincuenta aproximadamente, donados por el Rey.

Los meses finales de su reinado, y sin un heredero, convirtieron la corte madrileña en un nido de conspiraciones. Aunque el Rey era miembro de la Casa de los Habsburgo, la creciente influencia francesa en los asuntos españoles y el enorme poder de Luis XIV, el Rey Sol, forzaron que en el testamento final se nombrara a Felipe de Anjou como heredero del Imperio español. Una decisión que aún hoy no se entiende, pero que responde a las intrigas y presiones que se vivieron esos días en la Corte. Existe un estudio grafológico de la firma del Monarca que pone en duda la validez de este testamento que marcó por completo la historia de nuestro país.

Originalmente, fue el sobrino nieto del Rey Carlos II, José Fernando de Baviera el heredero de todos los reinos, estados y señoríos de la Monarquía Hispánica, salvo Guipúzcoa, Nápoles y Milán, en 1696. Sin embargo, las aspiraciones bávaras se vieron frustradas con la repentina muerte de Fernando en 1699 a la edad de 7 años. Su fallecimiento estuvo envuelto en extrañas circunstancias. Sin explicación aparente, comenzaron a surgir en el niño ataques de epilepsia, vómitos y pérdidas prolongadas de conocimiento. Hubo rumores de envenenamiento, aunque nunca se pudo, ni se ha podido confirmar nada. El poderoso Luis XIV de Francia, ya cocía a fuego lento su plan para situar a su nieto Felipe de Anjou, hijo de Luis, el Delfín de Francia, como Rey del país que había sido el gran enemigo galo en los siglos XVI y XVII.

Así y todo, y muy enfermo, Carlos II recurrió al Papa para pedirle cómo obrar de forma correcta, quizás desconfiando de los consejos de sus más cercanos, y vio como las veladas amenazas de Luis XIV elevaron el tono hasta sonar casi a exigencias. La firma del mencionado testamento a favor de Felipe de Anjou (Felipe V y primer Borbón)llegó por fin. «La firma del testamento tiene un trazo ágil y decidido, raro en alguien que está en el lecho de muerte», concluyeron en 2006 dos grafólogos italianos tras estudiar la copia del testamento de Carlos II.

Rita Monaldi y Francesco Sorti, estructuraron la trama de su novela «Secretum» (Salamanca, 2006), con estas conjeturas de los grafólogos. El 1 de noviembre de 1700, Carlos II, el último Habsburgo español, falleció a los 38 años. Según el médico forense, el cadáver de Carlos «no tenía ni una sola gota de sangre, el corazón apareció del tamaño de un grano de pimienta, los pulmones corroídos, los intestinos putrefactos y gangrenados, tenía un solo testículo negro como el carbón y la cabeza llena de agua». El 22 de enero de 1701, Felipe de Anjou llegó a Madrid con la intención de ser nombrado Rey. No obstante, el testamento sólo marcó el principio de su verdadero acceso al trono: la Guerra de Sucesión.

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