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Antonio Lerma GarayMiembro desde: 23/07/16

Antonio Lerma Garay

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Cuándo, cómo y derivada de qué nace la rivalidad entre culichis y mazatlecos

 

En nuestro México del pasado y actual, no es nada raro que existan rivalidades entre los habitantes de una región o de una ciudad y los de otra. La rivalidad no es sinónimo de enemistad, un rival es aquella persona que compite con otra pugnando por obtener una misma cosa o por superarla.  Aunque  sin lugar a dudas una de las rivalidades más ridículas y deplorables es la que sostienen desde hace tiempo mochitecos y guasavenses, en la que los primeros tildan a éstos de ser un grado menos que idiotas.

La rivalidad entre culiacaneros y mazatlecos NO nació en 1946  cuando el equipo de beisbol porteño ganó el primer campeonato de beisbol de la Liga de la Costa del Pacífico derrotando a los Ostioneros de Guaymas. Es decir, la pugna entre los equipos de beisbol Tomateros de Culiacán y Venados de Mazatlán NO fundó esa constante competencia que existe entre los del Puerto y los de la tierra de los tres ríos. No. La rivalidad entre mazatlecos y culiacaneros nació  casi un siglo atrás, en los años cuarenta del siglo XIX. De hecho, me atrevo a aseverar,   el personaje que dio formalizó a esa rivalidad fue el gobernador Francisco de la Vega, al inicio de los años cincuenta del siglo XIX.

Historian quienes saben de esto, que Culiacán fue fundada el 29 de septiembre de 1531 por Nuño Beltrán de Guzmán,   y a partir de este dato se deduce que este año la capital del estado de Sinaloa celebra su 486 aniversario de existencia.  Pasarían siglos completos, prácticamente tres,   antes de que  Mazatlán apareciera en los mapas. Cierto  es que el puerto existía, pero  el puerto natural, no la población.  Historian otros expertos en el tema, que en 1576 a unos cuantos kilómetros al sur del puerto,   fue fundada una villa denominada Presidio de Mazatlán, a la cual a partir de 1828 se le cambió el nombre por el de Villa de la Unión, y que poco a poco fue conocida como Villa Unión, que es donde nace realmente la actual ciudad de Mazatlán.  Mazatlán es, pues, fruto, hija o hijo de Villa Unión. (Dicho sea de paso: presidio es una palabra derivada del verbo presidiar, que significa  “Guarnecer con soldados un puesto, plaza o castillo para que estén guardados y defendidos.” Es decir, no, no había en Villa Unión una gran prisión sino que se trataba de una guarnición militar)

En 1825 el presidente estadounidense James Monroe envió a México a quien fue el primer embajador de dicho país en el nuestro: Joel R. Poinsett. Para ese entonces Mazatlán se componía de tan sólo trece casuchas en las cercanías del cerro del vigía; no obstante, meses después, en 1826,   James Lennox Kenedy llegó a ese caserío habiendo sido nombrado el primer cónsul de Estados Unidos en la localidad. Esto puede parecer bastante raro ¿cuáles fueron las razones que llevaron al gobierno de los Estados Unidos a tener un representante diplomático en aquel caserío rodeado de marismas y lleno de alacranes y zancudos? Quien sea que haya enviado un cónsul a ese puerto casi deshabitado  que era Mazatlán es porque sabía que algo grande iba a suceder.

A bordo de la balandra Blossom,   el capitán británico William Frederick Beechey llegó a este puerto el 3 de febrero de 1828 y lo describió como un caserío, una veintena de casas. Pero sólo nueve años después, en 1837, el navegante francés Abel Aubert du Petit Thouars arribó a este mismo lugar y se sorprendió al ver que ya no se trataba de un caserío, sino de una próspera villa habitada por unos 4000 a 5000 personas. Gracias al comercio que se efectuaba desde Mazatlán, muy pronto aquel caserío se convirtió en la villa que  sorprendió a Thouars.

Fue a partir de 1830 cuando Mazatlán inició su despegue económico y en menos de cinco años se convirtió en el  principal puerto del Pacífico mexicano. El momento en la Historia es básico para comprender este auge repentino de Mazatlán: no había carreteras, la aviación todavía no existía; por ende, el medio de transporte por excelencia, mejor dicho por defecto,  era el marítimo.

En la época en que dicho navegante francés visitó estos lares de México, Culiacán era la capital del estado de Sinaloa y Rosario, la principal población del sur de la entidad, era la cabecera del  Distrito de Allende, el cual comprendía toda esta región. No obstante, en 1842 Rosario dejó a ser la cabecera de  dicho distrito, la cual pasó al puerto, y en esa misma década  el gobernador Pomposo Verdugo despachaba constantemente desde las cercanías de Olas Altas.

Por supuesto que ese despegue económico que tuvo Mazatlán en ese entonces fue producto del elevado número de importaciones y exportaciones que se efectuaban en este puerto, las cuales eran realizadas principalmente por comerciantes extranjeros: ingleses, alemanes, franceses, españoles, filipinos, estadounidenses, y minoritariamente mexicanos y de otras nacionalidades. Y obvio es que este comercio fue objeto de aranceles, y si éstos no alcanzan para cubrir las necesidades gubernamentales se adicionaban más impuestos, y más hasta llegar a las exacciones. Fue el gobernador Francisco de la Vega quien al percatarse del elevado número de operaciones mercantiles que se efectuaban en el puerto de Mazatlán comenzó a gravarlas a su arbitrio y con ello dio origen a la pugna entre los habitantes del puerto y los de Culiacán.

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Llegó el año de 1852 y el gobernador Francisco de la Vega continuaba con sus exacciones en contra de los comerciantes y la ciudadanía de Mazatlán en lo general. Fue por ello que el 5 de mayo de ese año los mazatlecos celebraron una reunión protestando contra las medidas impositivas del gobernador. Ante esto, el 11 de julio los mazatlecos, la ciudadanía en general NO nada más los comerciantes extranjeros como dicen algunos, decidió lo impensable: era indispensable independizarse del estado de Sinaloa, hacer a un lado aquel gobierno, asentado en Culiacán,  que los oprimía, que les imponía impuestos tras impuestos… que quiso tomar la ciudad como si se tratara  de una plaza del enemigo extranjero. Fue así como los mazatlecos rompieron con los culiacaneros en forma indiscutible.

La independencia de Mazatlán del dominio del gobierno de Culiacán no era, no es de extrañarse. En ese entonces Mazatlán era una pequeña ciudad, sí, pero el comercio que en este puerto se efectuaba se medía al tú por tú con ciudades hanseáticas como Bremen y Hamburgo, El Havre, con San Francisco, con Valparaíso, con Hong Kong; es decir, con los principales puertos del mundo. En tanto que Culiacán, aun siendo  la capital del estado de Sinaloa, continuaba siendo un pequeño pueblo ajeno a toda actividad comercial a nivel internacional.

Y llegó la noche del día 12 de julio de 1852, fecha decisiva en la vida de Francisco de la Vega… y de su gobierno. Este gobernador llegó hasta los límites de la ciudad al mando de 250 soldados, con dos cañones y demás armamento y se dispuso a tomar  Mazatlán como si se tratara de una plaza enemiga. Pero era tanto el hartazgo que había provocado este gobernador entre los mazatlecos que a pesar de contar sólo con 60 hombres, los ciudadanos se unieron a la batalla que se desarrolló en la Plazuela Machado y sus alrededores y derrotaron a De la Vega. El joven Pedro Valdez, al frente del pequeño ejército mazatleco no sólo pudo derrotar a De la Vega sino que lo tomó prisionero y lo liberó  horas después. Entonces  De la Vega declaró clausurado el puerto de Mazatlán y, derrotado, se replegó hacia el norte, hacia Culiacán.

Los  mazatlecos habían dado los primeros y más importantes pasos: habían declarado la independencia de un gobierno que los laceraba y después, obligados, habían derrotado a su principal opresor, un gobernador asentado en un pueblo, Culiacán, que para nada competía con el puerto. Pero Francisco de la Vega no iba a quedarse en paz tras haber sido derrotado por los mazatlecos y se preparaba para contraatacar y derrotar a los “sublevados” mazatlecos.

Culiacán tenía el poder político, ahí se asentaban los poderes estatales; pero Mazatlán tenía el poder económico, aquí se desarrollaban las más grandes actividades comerciales de gran parte del norte del país. Entonces, por qué no conjuntar el poder  político con el poder económico. Además, sabiendo que De la Vega no tardaría en intentar atacar de nuevo a Mazatlán, Pedro Valdez conjuntó un ejército y avanzó hacia Culiacán, y en el camino se le unieron unos 500 indios  de la región de San Ignacio, hartos también de las tropelías de De la Vega.

Pedro Valdez y su gente derrotaron a De la Vega y tomaron Culiacán el 20 de octubre de ese año. Pero Valdez no pudo controlar a los indios que se le habían unido y éstos  saquearon Culiacán. Valdez los llamó al orden, pero por dos ocasiones los indios destrozaban las propiedades y saqueaban lo que podían. En esa fecha los mazatlecos, aún aseguran algunos, saquearon y destruyeron indiscriminadamente Culiacán; la versión de las crónicas de la época es en el sentido de que fueron esos  indios de la región de San Ignacio quienes cometieron las tropelías. Cierta sea una versión o la otra, el resultado fue que Culiacán quedó destrozada. Con este hecho, la rivalidad entre Mazatlán y Culiacán se consolidaba.

De la Vega había querido castigar a los mazatlecos que se defendían de sus arbitrariedades, pero no pudo; quiso defender a Culiacán de la batalla que él había provocado, pero tampoco pudo. ¿Faltaba algo? por supuesto: Pedro Valdez destituyó a De la Vega  y se autodeclaró gobernador del estado de Sinaloa. Pero ¿eso era todo? ¡Por supuesto que no!  Valdez tenía todo el apoyo de los ricos comerciantes de Mazatlán, de sus ciudadanos, de ciudadanos de El Fuerte y de otras partes del estado, hartos todos de las arbitrariedades de De la Vega…  Fue entonces cuando Valdez determinó que había que conjuntar el poder económico que detentaba Mazatlán con el poder político asentado en Culiacán; era indispensable trasladar los poderes estatales al puerto: el 24 de noviembre de 1852 Pedro Valdez emitió un decreto por el que declaró a Mazatlán como capital del estado de Sinaloa. Y es esta otra fecha determinante  en la rivalidad entre culiacaneros y mazatlecos.

Continuará.

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