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Hace 4d

La Economía colaborativa ya está aquí. Creo que no exagero. Los datos son los datos. Frente a un modelo de empresa que luce galones en función de su competitividad emergen otros modelos que se basan en compartir recursos. En vez de competir se coopera, se colabora. Entonces, ¿qué sentido tiene el título del post? Pues deberíamos preguntárselo al gremio de taxistas o al sector tradicional de la hostelería. ¿La economía colaborativa compite contra ellos?

Hasta fechas recientes para la mayor parte de la gente, su vida personal y la profesional han caminado por carriles diferenciados. Excepto para quienes desarrollaban profesionales liberales o para los autónomos, esos dos ámbitos ocupaban espacios excluyentes. O es ocio o es trabajo, o es personal o es profesional. La economía colaborativa, animada por la crisis y la necesidad de poner en valor ciertos recursos excedentarios, asalta esa frontera y la derriba. Tu coche puede generar ingresos, como tu hogar o tu tiempo libre.

imageRichard Sennett describe en Juntos una escala de cooperación-competición. El altruismo ocupa un extremo. Es un comportamiento humano que no exige nada a cambio. Te doy porque sí. Si acaso porque espero que te comportes de la misma forma en un futuro. Porque quiero ser buen vecino. Porque quiero construir una base de convivencia digna. En el otro extremo aparece la idea de que "el ganador se lo lleva todo". No hay gloria para quien queda en segundo lugar. Quien llega primero vence y es quien pasará a la historia. Es, en cierto modo, la interpretación de un darwinismo social radical. Solo sobreviven quienes compiten mejor que su vecino. O tú o yo. No hay sitio para los dos.

Las empresas, como organizaciones con ánimo de lucro, se han sentido más cerca de este segundo extremo. Eso sí, dejando que existan otros competidores porque el monopolio oxida las propuestas de valor. Conquistar cuotas de mercado, alcanzar la excelencia o ganar un concurso por presentar la mejor oferta son monedas de uso de corriente. El cliente pide ofertas y solo hay un proveedor que triunfará. El ganador se lo lleva todo.

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La economía colaborativa juega sus cartas de otra manera, pero termina por ¡competir! contra la economía tradicional. Ocupa espacios donde el sentido de un propósito compartido supera a la oferta de empresas profesionales. Frente a que me des un servicio de transporte bendecido por impuestos y regulado por quien corresponda, hay quien prefiere compartir recursos, emitir menos dióxido de carbono a la atmósfera y pagar menos o incluso no pagar nada. Un competidor duro de roer. Menor precio y un buen razonamiento de base.

Claro que el lío, mientras no hay regulación para esta nueva oferta, es considerable. La economía tradicional compite en desigualdad de condiciones. La economía colaborativa irrumpe a veces como elefante en cacharrería a lomos de la crisis y de una nueva sensibilidad social. La gente no quiere un servicio excelente servido por una empresa excelente. La gente quiere un servicio razonable, con una cierta ética en la transacción y a un precio acorde al difícil momento de crisis que se atraviesa.

A todo esto, hay que añadir que también surgen agresivas propuestas "colaborativas". El caso más evidente es el de Uber. Yo particularmente haría un aparte con este tipo de ofertas. Las veo con un afán de lucro tanto o mayor que aquel que guía a las empresas tradicionales. Son reintermediarios que pescan en ríos revueltos. Y junto a ellos surgen otras alternativas mucho más coherentes con el modelo colaborativo. Puede ser el caso de Blablacar o de Amovens. O en los servicios de alojamiento Couchsurfing o TravBuddy. Hoy todo baja entremezclado. Pero conviene distinguir.

Sí, la economía colaborativa compite con otros modelos. Nada es blanco o negro. Ya lo dijo allá en el siglo XIX el asturiano Ramón de Campoamor:

En este mundo traidor

nada es verdad ni mentira

todo es según el color

del cristal con que se mira

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