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Hace 6d

La guerra de Vietnam supuso un mazazo para la moral de Estados Unidos. Contando con el Ejército más poderoso del mundo - con el permiso de la Unión Soviética de la época, los ciudadanos de aquel país estaban acostumbrados a ganar todas las guerras. Indudablemente la referencia era la Segunda Guerra Mundial, terminada dos décadas antes de la intervención en el país asiático, en el que la potencia estadounidense había conseguido doblegar a dos enemigos a la vez: Alemania y Japón, sin dejar de asistir con abundante material al resto de sus aliados. Por eso, cuando comenzaron a llegar marines a Vietnam, muchos pensaron que aquello era un asunto menor, una guerra de baja intensidad contra un enemigo escasamente equipado que se ganaría en unos meses y que apenas costaría un puñado de muertos y heridos en las propias filas.

Este es el espíritu con el que el marine Philip Caputo pisó por primera vez Vietnam en 1965, siendo uno de los primeros soldados norteamericanos en hacerlo. Como este es ante todo un libro sincero, el por aquel entonces joven teniente del Cuerpo de Marines confiesa que en aquel momento lo que más anhelaban él y sus compañeros era entrar en combate. Pronto va a descubrir que la realidad del combate va a ser muy distinta a cómo la había imaginado. El clima y la geografía de Vietnam van a convertir el conflicto en uno de los más sucios y confusos de la historia de la guerra. Los soldados pasaban gran parte de su tiempo atrincherados en sus cuarteles, hasta que se les ordenaba salir, para patrullar rutinariamente la selva o para participar en operaciones militares tan planificadas como inútiles. La moral del combatiente iba siendo progresivamente minada por las continuas bajas de compañeros, por las trampas escondidas en cualquier recoveco de la jungla, por la presencia constante de francotiradores y por la capacidad del Vietcong de minetizarse con el entorno, haciendo extremadamente difícil la localización y captura de sus miembros. Se acabó recurriendo a bombardeos salvajes de extensas áreas selváticas que producían resultados escasos. En realidad todo era muy confuso: nunca podía saberse a ciencia cierta cuantas bajas enemigas se habían causado, ni siquiera se podía dibujar claramente el frente de batalla, ya que el enemigo podía atacar en cualquier parte, incluso cuando el soldado estaba de permiso en Saigón.

Ni siquiera un soldado profesional y sólidamente entrenado como Caputo podía salir indemne de todo esto. El proceso no era inmediato, pero poco a poco el soldado iba perdiendo la fe en la victoria y plateándose la utilidad de la intervención en un lugar tan lejano y hostil, cuando ni siquiera sentían el apoyo del ciudadano de a pie que veía las terribles imágenes de la guerra todos las noches en el telediario. El combatiente podía reaccionar de muchas formas, pero era muy común que al final se transformara (al menos a ratos) en animales salvajes y vengativos y tratara de disfrutar de la catársis del combate, contra enemigos reales o imaginarios:

"Todo el que combatió en Vietnam, si es sincero consigo mismo, tendrá que reconocer que disfrutó del compulsivo encanto del combate. Se trataba de un goce peculiar porque se mezclaba con un dolor equivalente. Bajo el fuego, la energía vital del hombre aumentaba proporcionalmente a la proximidad de la muerte, de modo que sentía tanta alegría como miedo. Sus sentidos se aguzaban, alcazaba una placentera y a la vez atroz claridad de conciencia. Parecía el elevado estado de percepción que provocan las drogas. Y podía, también, habituarse a él, ya que hacía que pareciera vulgar cualquier otra cosa que la vida le ofreciese en cuanto a deleites y tormentos."

Pero combatir en Vietnam no significaba solo estar expuesto a los disparos o los explosivos del enemigo, hasta que la visión de compañeros mutilados se convertía en algo habitual, sino también enfrentarse a un clima extremadamente húmedo y caluroso y a una naturaleza hostil, con selvas, montañas y ríos inhóspitos, repletos de insectos que no daban tregua en ningún momento. Las posibilidades de ser herido de gravedad o padecer una enfermedad tropical eran altísimas, por lo que muchos soldados frustrados sentían que estaban viviendo una situación injusta, una guerra no convencional para la que no habían sido preparados. En este contexto, Un rumor de guerra no pretende ser solo una denuncia del conflicto de Vietnam, sino también una evocación del mismo, a la vez que un homenaje a unos soldados que no fueron peores o mejores que los de otras guerras, pero sí que tuvieron que enfrentarse a un ambiente más hostil y, por ende, enloquecedor, en un clima donde todo se corrompía rápidamente: "los cadáveres, el cuero de las botas, la lona, el metal y la moral".

El texto de Philip Caputo ha acabado convirtiéndose en todo un clásico, uno de los escritos más sinceros y realistas acerca de lo que significa combatir en una guerra. Tampoco esconde el periodista estadounidense las faltas propias, que a punto estuvieron de valerle una condena como criminal de guerra. Un episodio estremecedor que nos habla de la facilidad con la que una mente puede dejarse llevar por la locura y el horror cuando ha sido testigo de demasiada sangre:

"Lo que yo quería era que Rumour of war hiciera sentir incómodos a sus lectores, que les arrancara de sus confortables y acogedores búnkers y les hiciera enfrentarse a esa turbadora, caótica y emocionalmente cargada tierra de nadie con la que tenían que vérselas los combatientes. Y además no lo quería hacer ofreciendo mi propia visión polémica del asunto sino escribiendo acerca de la guerra con tal grado de honestidad y obsesiva atención a los detalles que al fin el lector acabara transportado al terreno en la medida en que lo permite la letra impresa. No quería contar mi propia experiencia de la guerra, sino mostrarla."

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