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17/12/2014

Pablo era un gran profesional, admirado y respetado por todos sus compañeros. Era un magnífico hijo y un fantástico hermano. Pablo era un padre ejemplar, su hija Paula era su centro, su principio y su fin, su vida entera... Y era la mejor pareja del mundo... y era mi pareja, mi marido, mi amigo, mi amante, mi padre, mi hermano, mi media naranja, mi corazón al completo, toda yo era él y todo él era yo.

Pablo falleció el día 20 de noviembre a causa de una maldita enfermedad, la ELA, sí, la de los cubitos de hielo, la campaña de la que tantos os habéis reído sin poner ni un euro de ayuda, sin imaginar (supongo que yo hubiera sido igual) que tras tanta tontería de agua y famosos hay gente que muere a diario. Y no sólo que muere, que sufre lo indecible hasta fallecer.

Se supone que en este post iba a describir a mi marido, a hacer una loa del hombre que permaneció junto a mí 11 años, los más maravillosos de mi vida, incluidos los cuatro de enfermedad, pero no sé si la tristeza me va a dejar. Supongo que debería hablar de su generosidad, de su tremendo amor por la vida, por los suyos. Tal vez recalcar su magnetismo. Es curioso, ayer hablé con la fisio que le estuvo atendiendo hasta el final, Úrsula, y me decía que muchas veces había intentado saber cómo hacía Pablo para que toda persona que le viera por primera vez se enamorara de él a los cinco minutos de haberle conocido. Llegamos a la conclusión de que era un magnetismo especial, un carisma con el que se nace y que se cultiva con valores extraordinarios y sencillos. Todo el mundo le adoraba, el tanatorio fue una muestra de ello, más de 200 personas reunidas por mi marido, por su cariño hacia él.

Antes de conocerle compartíamos profesión y círculo de compañeros y amigos. Jamás, jamás, oí a nadie hablar mal de él. Es más, a mí me caía un poco mal sin conocerle porque pensaba, qué pedante debe ser este tío, tal y cómo le ponen todos de bien, se lo debe tener de un creído... pues no, él era un chico de barrio que nunca asumió bien tanto reconocimiento. Sabía ponerse al nivel de todo aquel que le hablara, no hacía sentir mal a nadie a pesar de que era más culto que cualquiera, mejor discutidor y narrador que nadie... pero él sabía cómo hablar con los del barrio y cómo hacerlo con las autoridades que le concedían premios por su trabajo. Y sin hacer ningún esfuerzo, era algo natural en él. Una de las millones de cosas que siempre le admiré.

Mi madre siempre decía de él que era un hombre maravilloso que sabía cuándo tenía que hablar y cuándo callar, cuándo hacer un chiste y cuando estrechar una mano... Y eso lo dijo tras conocerle la primera vez. Luego se fue enamorando de él, como todos. Su amiga y compañera guionista Lupe, siempre que nos juntábamos en cenas, fiestas y demás, se acercaba a mí y me decía la suerte que tenía por haberme llevado al último caballero del mundo actual. Y es que lo era, un perfecto caballero, un don Quijote siempre luchando por las causas que consideraba justas, íntegro, con sus valores bien afianzados, dividiendo la vida en lo que estaba bien y lo que estaba mal, pero sin juzgar a nadie por sus actos.

Un perfecto caballero que cada 12 de diciembre, mi cumpleaños, me hacía abrir mis regalos justo a las 00:00, dádivas con las que siempre -siempre- acertaba. Porque sabía escuchar, observar, ver en mis ojos el deseo por un objeto en un escaparate, notar que escuchaba una canción más que las demás, que mi ordenador iba mal o que necesitaba una chaqueta. Al día siguiente siempre tenía un ramo de flores para celebrar que había cumplido un año más y que estábamos juntos.

El de este año ha sido el primer cumpleaños que he pasado sin regalos a medianoche y sin un mensajero en mi puerta con un ramo. Y duele, mucho, muchísimo... no me veo capaz de explicar la angustia que muy a menudo se adueña de mi estómago, lo aprieta como si fuera una mano invisible que se va cerrando alrededor de mi cintura hasta que el dolor no puede aguantar más y sube a la garganta, dejándome sin respiración. Es un dolor que literalmente te dobla, hace que te agarres la tripa y eches tu torso hacia delante para finalmente caer en el suelo, en el sofá, en la cama...

Mi marido me mandaba flores muy a menudo porque sí, con tarjetas maravillosas (era guionista, tenía facilidad, claro) Me mimaba, me consentía. Recuerdo que cuando comenzó esta maldita enfermedad yo no tuve ninguna duda de lo que iba a hacer, me iba a quedar con él hasta el final. Nunca he flaqueado en esa decisión. He sufrido, he llorado, he necesitado huir un rato, pero nunca, nunca, nunca, jamás he pensado en irme. Mi madre, también al principio, un día habló conmigo claramente y me preguntó si iba a ser capaz de soportarlo, que era mejor que lo dejara ahora que más adelante cuando él estuviera más indefenso. Mi respuesta fue clara y la tengo grabada: "no me voy a ir, él siempre me ha tratado como una reina, me he sentido como la mejor mujer del mundo, he tenido todo lo que he querido junto a él, en el momento en el que comenzaba a decir que tenía sed, él ya se había levantado a por un vaso de agua. Ahora me toca a mí levantarme a por lo que haga falta"

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Podría hablar de lo bueno (viajes, caricias, miradas, amor infinito) durante siglos, de mi boda con él ya en silla de ruedas, de cómo si repaso esas fotos voy a ver amor en su máxima expresión, en su mirada tan limpia y que tanto decía y transmitía. Porque yo puedo decir que he vivido un AMOR con mayúsculas, antes y sobre todo durante la enfermedad. La entrega y la generosidad que hemos tenido el uno con el otro durante estos cuatro durísimos año ha sido digna de las mejores personas del mundo. Perdonad que me autoalabe así, pero es que yo he dado mi vida entera en este tiempo y él ha sido el enfermo más generoso y amoroso que pueda existir. Poquísimas quejas, siempre preocupado por mí y mi bienestar, animándome a salir, a tomar aire. Apoyándome en mis locos propósitos de aprender ganchillo y costura, haciéndome creer en mí, subiendo mi autoestima, consiguiendo que me considerara una mujer maravillosa, válida para cualquier cosa, fuerte... su mujer, la que él había elegido por todo ello.

Porque para él yo representaba todo lo que le gustaba en una persona. Me lo decía su boca y su voz mientras la conservó, me lo decían sus manos y sus caricias mientras me pudo tocar, y al final, me lo decía su ordenador, el que sustituía su voz y él manejaba con la pupila de los ojos. Todos los días nos decíamos lo mucho que nos queríamos, lo importantes que éramos el uno para el otro: "te quiero tanto, morenita, mucho más de lo crees" "Pablo, mi amor, si supieras cuánto te quiero" "Pequeñita, eres mi mundo, mis pies y mis manos"... y así todos los días, todas las noches, sabiendo que nuestro tiempo era limitado y teníamos que condensar nuestras muestras de cariño en los días que nos quedaban...

También debería hablar de sus últimos días, de cómo se fue con la generosidad y la paz que siempre le acompañó, murió rodeado de todos los que quería, con su música puesta, en su cama de enfermo de los últimos años, en casa... Nos dio tiempo a decirnos un último te quiero, yo con la voz, él con su mirada...

Pero no puedo hablar más, no puedo seguir pensando ahora mismo en todo esto porque me hundo, me sumerjo en las sombras negras, en la niebla que me rodea, lloro sin parar, echo de menos su presencia cada momento, cada instante, todo me recuerda a él, la comida, las series, mi perro, la música (incapaz de escucharla sin llorar desde que él se fue), un paseo por la calle, una hoja que cae... Todo es él, todo me recuerda a lo que vivimos o a lo que podríamos estar viviendo. No tengo ni siquiera el consuelo de que ya no sufre, que está descansando... Sé que es así, pero para mí el duelo empezó el día que nos comunicaron la maldita enfermedad. Hace años que no recibo un beso de pasión de la persona que más quiero y he querido en el mundo, una caricia... Es durísimo vivir así, sí, pero por lo menos tenía su presencia y yo le acariciaba y le besaba por los dos... Tenía que irse, sí, pero yo aún quiero que esté aquí, quiero retroceder 11 años y volver al momento en el que nos conocimos, quiero que esté, que esté sano y a mi lado, joder, lo quiero con tanta fuerza que eso también duele.

Por último, me gustaría terminar pidiendo ayuda para los que quedan. Las enfermedades raras son raras, entre otro montón de cosas, porque nos da miedo acercarnos a ellas y ver lo que nos podría pasar. Porque nos podría pasar a cualquiera, mirad mi ejemplo, nosotros no éramos factor de riesgo de nada, absolutamente de nada, y nos tocó la lotería al revés. ¿Vosotros os creéis más especiales, pensáis que a vosotros sí que no os va a pasar nunca nada de esto? Ojalá, os lo deseo de corazón, pero por vosotros, por los que vendrán y por los que ya están, si podéis donar de vez en cuando aunque sea un euro a alguna asociación que os conmueva, a algún hospital... Si podéis ayudar de alguna manera, os aseguro que estaréis contribuyendo a que otras personas no pasen por lo que hemos pasado nosotros.

Por mi parte, os dejo las cuentas de FUNDELA, entidad encargada de la investigación para dar la cura de esta enfermedad tan terrible, la asesina ELA. Hacedlo por los enfermos y, si podéis, pensando un poquito en Pablo, en un pequeño homenaje hacia él... os lo agradecería mucho.

Pablo, amor mío, te quiero. Has sido el amor de mi vida y, aunque algún día la rehaga, sé que lo seguirás siendo. No me veo incapaz de volver a querer a alguien, pero sí a volver a sentir ese AMOR mayúsculo que he sentido contigo y todavía siento. Descansa, mi héroe, que te lo has merecido. Y gracias por tu ejemplo de dignidad, de cómo llevar la adversidad siempre con una sonrisa y preocupándote por todos los que te rodean. Te adoro y te admiro.

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