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Jesús N. GalindoMiembro desde: 06/11/18

Jesús N. Galindo

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04/03/2020

¿Qué derecho tengo de amargarle la vida a un ciudadano, al que –por otro lado- no conozco, ni tiene responsabilidad alguna en la reivindicación que estoy manteniendo?

Mi artículo de hoy va a tratar sobre la libertad de expresión. Algo tan elemental y necesario en una sociedad democrática, como comprometido y dañino, si de un mal uso de este derecho fundamental se hiciera.

Pongámonos a imaginar un supuesto, totalmente inventado, pero nada descabellado:

Un ciudadano, que ha estado durante cuatro años parado, ha encontrado un trabajo, y es su primer día en la empresa que le ha contratado. Le exigen puntualidad, porque se ha comprometido con un encargo de cierta responsabilidad. De pronto, una manifestación no autorizada, invocando una ‘justa reivindicación’, ha cortado la carretera por la que transita, produciendo un atasco del que no puede salir hasta pasadas dos horas. Cuando llega a su destino, el jefe le atiende muy cortésmente, pero le indica que no puede contar con él y que ya no está vacante el puesto de trabajo.

En otro caso, un camionero de 50 años, igualmente en paro, tras diversos fracasos en la consecución de un trabajo más o menos estable, decide hacerse autónomo. Se empeña para comprar un vehículo propio y contrata una primera carga a transportar a Alemania, con una cláusula de continuidad que le asegura, al menos, tres años de trabajo. Una casualidad hace que transite por esa misma carretera, por lo que, el camionero, se ve involuntariamente introducido en una ratonera, con cientos de vehículos atrapados y sin posibilidad de reacción alguna. Al coincidir con un fin de semana, el trabajador llega a su destino tres días después. La mercancía no la recepciona el contratista, y el autónomo no solo pierde el valor de la misma, sino que ve anulado su contrato y el único medio que tenía para atender los compromisos derivados del préstamo obtenido.

Entre tanto, yo me encuentro entre los manifestantes que reivindicamos una situación injusta y dañina para nuestros intereses vecinales, y de la que hacemos responsables a los poderes públicos y a determinados organismos e instituciones.

Cuando me entero del contenido de estos dos relatos, mi inconsciente se revela y me hace reflexionar: ¿Qué derecho tengo yo de joderle la vida a un ciudadano, al que –por otro lado- no conozco, ni tiene responsabilidad alguna en la reivindicación que estoy manteniendo?

¿Acaso con esta actitud, de justa manifestación del cabreo que me embarga, estoy consiguiendo mi objetivo? ¿y los perjuicios ‘colaterales’ que estoy ocasionando? ¿acaso los he valorado? Me detengo a pensar unos segundos y recapacito: ‘seguro que hay otras formas de manifestar la rabia y descontento que me inunda y –al mismo tiempo- no crear problemas a mis conciudadanos’.

En ese momento recuerdo una frase que mi padre me repetía constantemente, y que había acuñado el famoso filósofo francés Jean-Paul Sartre: ‘recuerda, Jesús, (me decía mi padre) tu libertad acaba donde empieza la de los demás”.

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Reconozco que hay situaciones en las que los vecinos de un determinado lugar, nos sentimos impotentes ante ciertas actitudes que emanan de la Administración correspondiente, y una de las pocas salidas que nos quedan es, precisamente, la de manifestar nuestro descontento mediante todos aquellos actos que no incumplan las normas y procedimientos establecidos. El problema estriba en que, cuando se organiza una protesta de este tipo, siempre puede haber algunos grupúsculos de personas, que se identifican dentro de un segmento denominado antisistema, y que aprovechan este tipo de manifestaciones para ‘montar el pollo’ utilizando métodos incívicos.

Los defensores de este tipo de protestas argumentan que aquellas actuaciones que no generen una cierta visibilidad mediática, no consiguen los propósitos que se persiguen. Pero eso no nos da patente de corso como para hacerle la puñeta a otras personas que nada tienen que ver en esta ‘guerra’ y a los que estamos perjudicando, aunque algunos lo consideren daños colaterales.

Todos somos conscientes de los acontecimientos acaecidos en Cataluña hace algunos meses y en los que hemos podido observar, además de las barbaridades que se han cometido, la amplia difusión mediática que ha habido sobre este particular. Otro ejemplo, más reciente, las manifestaciones de los representantes del agro español. Quizá existan quienes, mimetizando lo ocurrido en este tipo de actuaciones, quieran emularlas pensando (erróneamente) que podrían generar la misma atención mediática.

Algo que, por otra parte, no ocurre así necesariamente. Deberíamos saber que la mayor o menor atención prestada por los medios de comunicación a un determinado acontecimiento, está basado en la naturaleza del mismo y en el grado de arraigo conseguido en el resto de la sociedad (y no solo en el ámbito local). Y los hechos acaecidos en un ámbito más local, por desgracia, no tienen esa repercusión que atraiga la atención de estos medios, de una forma cotidiana y con una presencia continuada.

No es mi intención polemizar con un tema tan sensible como este, que alberga sentimientos muy respetables, influenciados, en muchos casos, por verdaderas flagrantes e injustas situaciones que se están produciendo en nuestra sociedad. Tampoco pretendo criticar este tipo de manifestaciones; muy al contrario, pero sí que estoy en contra de algunas de las formas en las que se exteriorizan y, sobre todo, con los perjuicios ocasionados a terceros. Siempre he creído que se pueden expresar libremente nuestras opiniones, sin que estas sean objeto de ningún tipo de impedimento ni represión. Pero no necesariamente (y al amparo de esta libertad) se deberían vulnerar los derechos que los demás tienen, en su justa aspiración por defender unos criterios que nosotros no compartimos.

También considero que haya ciudadanos que no piensen como yo, cosa que respeto profundamente, aunque no comparta.

En todo caso, creo que a todos nos vendría bien recordar la frase de Sartre: ‘tu libertad acaba donde empieza la de los demás’. Un axioma que en muchos casos no se cumple, en aras de una falsa y mal entendida libertad de expresión.

Jesús Norberto Galindo // Jesusn.galindo@hotmail.com

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