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24/05/2021

image Paquistanies contrarios a Israel queman un retrato de Joe Biden en Hyderabad .

Imagen: Nadeem Khawar

Eugenio García Gascón, Público

Aunque la guerra de Gaza ha cuestionado en EEUU el comportamiento de Washington con respecto a Israel, todavía es pronto para saber si realmente lo que algunos políticos y analistas americanos llaman la vieja política está cediendo paso a otra más abierta y reparadora de los desastres causados por Washington en la región durante muchas décadas.

Es difícil vaticinar hasta dónde habrá cambios, pero puede decirse que las líneas maestras de los nefastos acuerdos de Abraham que confirmaban de facto la anexión de la Cisjordania ocupada a Israel están moribundos. Han bastado once días de guerra desigual para comprobar que el mayor logro de la política exterior del presidente Donald Trump no se sostiene ni con alfileres.

De la Unión Europea no puede esperarse nada ya que sus principales dirigentes, Emmanuel Macron y Angela Merkel, persisten en lavarse las manos en el conflicto árabe israelí cuando no alientan a Israel a continuar por la senda de la expansión colonial en los territorios ocupados, y carecen de una visión de futuro positiva para Europa.

El presidente Joe Biden, que cuando entró en la Casa Blanca el 20 de enero tardó varias semanas en hablar por teléfono con Benjamín Netanyahu, una demora que en Israel y en Washington se interpretó como un desaire, no se ha cansado de marcar el número del primer ministro israelí desde que se inició el conflicto.

En la cuarta llamada, el miércoles 19, Biden instó a Netanyahu a "desescalar" el conflicto el mismo miércoles, una petición que según el Canal 12 de la televisión hebrea sonaba a orden pero a la que Netanyahu dio largas hasta el viernes aduciendo que el ejército no había destruido todos los objetivos marcados, que no quedaron claros cuáles eran.

El mismo medio, por el que se informa Netanyahu por las noches, explicó que los europeos habían llamado a Joe Biden para pedirle que ordenara a Netanyahu pactar un alto el fuego y detener los bombardeos contra la Franja de Gaza "inmediatamente", pero Biden solo habló de una "desescalada" para ese mismo día, algo que no ocurrió.

El detalle confirma una verdad de perogrullo: que los europeos no disponen de una línea directa con Israel para los asuntos importantes y sensibles, aunque si disponen de una línea directa para hacerle favores de todo tipo desde tiempo inmemorial.

Según medios hebreos, en las conversaciones, Biden suplicó a Netanyahu que no interfiera con las negociaciones nucleares con Irán que se desarrollan en Viena, a sabiendas de que si se le pone entre ceja y ceja, el primer ministro puede descarrilar esas negociaciones, ya que es capaz de que en el Congreso se suban por las paredes contra Biden, quien debe andarse con tiento si no quiere salir escaldado.

La cuestión más interesante es lo que está ocurriendo dentro del partido demócrata, donde el sector más progresista, y algunos otros congresistas y senadores no tan progresistas, incluso también del Partido Republicano, clamaron contra la guerra y pidieron cada día a Biden que interviniera de una manera directa para detener el conflicto.

Otro asunto es qué sucederá ahora, pues si todo sigue igual tendremos nuevos sarpullidos violentos: es lo que tiene la vieja política , que no resuelve los conflictos sino que los esconde debajo de la alfombra. Si Biden no impulsa la justicia en Oriente Próximo y sigue por el mismo camino que sus predecesores, las cosas continuarán igual, que es lo que busca Netanyahu.

Los analistas israelíes coinciden en que Netanyahu ha reforzado a Hamás durante la última década con la intención de ningunear al presidente Mahmud Abás por la sencilla razón de que no tiene la menor intención de discutir seriamente sobre la creación de un estado palestino.

Un número pequeño pero significativo de congresistas demócratas ha estado siguiendo de cerca la evolución de la guerra y ha incrementado la presión para que Biden se implique con energía no solo en la guerra sino también en la resolución del conflicto. Estas cosas no suelen ocurrir en EEUU, como han observado distintos medios hebreos.

Sin embargo, no está claro que Biden esté decidido a abandonar la vieja política como le piden esos congresistas progresistas. La misma capacidad del presidente está limitada por una gran mayoría del Congreso y del Senado que apoya ciega y absolutamente todo lo que dice y hace Netanyahu.

Pero lo que argumentan los disidentes constituye un cambio de tono aunque todavía no una realidad ascendente. Refleja igualmente un cambio que experimentan amplios sectores de la opinión pública estadounidense, que es más que embrionario pero todavía no muy amplio, una tendencia que preocupa a Israel.

Los representantes demócratas en el Comité de Asuntos Exteriores del Congreso se reunieron esta semana para discutir la situación en Gaza y abordaron la inminente venta de armas a Israel por valor de 735 millones de dólares, que incluye la venta de misiles guiados. Los medios americanos informaron que las discusiones fueron agitadas, algo completamente inédito cuando Israel anda por medio.

Obligar a Israel a abandonar los territorios ocupados se presenta como una quimera si sigue sobre la mesa la vieja política y Washington no se implica a fondo en el empeño. Los distintos gobiernos israelíes desde la Conferencia de Madrid de 1991 han demostrado que su prioridad es expandir las colonias judías y aplicar un claro apartheid a los palestinos, algo que Netanyahu ha reforzado durante los mandatos de Trump y de Barack Obama.

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