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No hace mucho tiempo, leí en la prensa una noticia que me alarmó sobremanera: España había perdido en solo un año más de 20.000 maestros en sus aulas públicas. La merma en las plantillas de los centros educativos se cimentaba en que, según los sindicatos, de cada 100 profesores que se jubilaban, solo podían salir en oferta pública unas 10 plazas. Pensé al leerlo que asestar este tipo de machetazos a uno de los pilares del futuro de un país resultaba de todo punto demoledor, al tiempo que absolutamente desesperanzador.

En noviembre de 1957, Albert Camus escribió una breve pero preciosa y muy sentida carta al que había sido su maestro en la escuela pública de Argel, Louis Germain. Lo hizo tras recibir, a la edad de 44 años, el Premio Nobel de Literatura y dedicarle su discurso de aceptación, en el acto celebrado en Estocolmo. Fue aquella disertación, una de las más bellas piezas de oratoria que se haya escuchado nunca en esa pomposa ceremonia. En su carta al profesor de Primaria, Camus le expresaba al principio, con incontenible emoción, que había esperado "a que se apagara un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón". Reconocía que recibió un honor demasiado grande, algo que él no había buscado ni pedido, "pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto. Y no es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo". La conclusión de ese hermoso texto deja claro lo que el escritor francés sentía por aquel docente, el mismo que apoyó en los años duros y con ahínco al huérfano de un pied-noir, al señalar que "sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continuarán siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido".

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Todos los que hemos pasado por la escuela pública tenemos nuestro monsieur Germain. Fueron los don José, don Antonio, doña Lola, doña Soledad, don José Miguel... aquellos maestros que, en esos primeros años, marcaron tanto y de qué manera nuestras vidas. Ya lo evidencia la máxima machadiana de que, en cuestión de cultura y de saber, solo se pierde lo que se guarda y solo se gana lo que se da. Porque nada más reconfortante para un maestro que un alumno agradecido, con ese brillar en su mirada que uno ha tenido la suerte de comprobar alguna que otra vez. Una recompensa que, esa es la verdad, no se podrá pagar nunca ni con todos los trienios que se acumularan en una nómina, tras una larga vida dedicada a enseñar a varias generaciones. Y es que, como alguien sentenció acertadamente, los que creen que la educación es cara, que prueben con la ignorancia.

['La Verdad' de Murcia. 28-8-2015]

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