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Hace 22h

Tal como explicamos en un artículo anterior, el prolífico creador televisivo Ryan Murphy ha lanzado una nueva antología sobre grandes enfrentamientos personales. Empieza esta andadura con la historia de la rivalidad nunca resuelta entre dos de las mayores divas de la historia de Hollywood: Bette Davis y Joan Crawford. Fueron dos grandísimas actrices, de fuerte personalidad tanto delante como detrás de la cámara y sus brillantes trayectorias profesionales las hicieron entrar en el olimpo hollywoodiense con letras de oro. Davis tenía un carácter indomable que llegaba al público a través de su ilegible mirada y porte autoritario. Nunca se intimidaba y llenaba sus papeles de verdad y desdén arrebatador. Crawford, más bella, partía del rol tradicional para hacerlo añicos a su voluntad, elevándose hacia la interpretación de carácter desde una presencia regia y una poderosa mirada que, con los años, se convirtió en imperturbable.

Para los cinéfilos resulta incluso más interesante que su trayectoria fílmica la intrahistoria que emerge al desgranar los hechos de sus vidas. Ambas mujeres provenían de hogares rotos pero Davis dispuso de mayores comodidades y tuvo la posibilidad de formarse en el teatro neoyorkino hasta que recibió la llamada de la meca del cine a principios de los 30. Crawford, por su parte, vivió muchas más penurias económicas y tuvo que salir adelante frente a los excesos de una madre eternamente distante. Trabajó como bailarina y también como actriz en compañías de teatro vodevilesco. Su entrada en Hollywood llegó cuando su experiencia entre bambalinas ya estaba más que probada. En ese momento de su vida, un profundo sentimiento de amargura e individualismo ya había hecho mella en su conciencia.

En Hollywood se disputaron fama y reconocimiento durante más de tres décadas. Cuando las ofertas empezaron a menguar debido al sempiterno olvido que reciben las actrices maduras en la industria, Davis regresó al teatro y Crawford exprimió su aura de diva haciendo publicidad, escribiendo libros de buenos modales y sacando rédito a su participación en el accionariado de Pepsi Cola, gracias al último de sus matrimonios con el que fue presidente de la compañía en los años 50.

No obstante, ambas querían regresar desesperadamente a la gran pantalla y se presentó una oportunidad que, por primera vez, las reuniría en escena. La novela proto-gore de Henry Farrell, What Ever Happened to Baby Jane?, cautivó la atención de Crawford quien empezó a mover el texto hasta conseguir la implicación del director Robert Aldrich quien, a su vez, convenció a Jack Warner para que la distribuyera. Warner fue el primero en ver que esta historia de resentimiento y venganza entre dos hermanas era el vehículo ideal para el enfrentamiento actoral entre Bette Davis y Joan Crawford.

El proyecto pareció empezar estupendamente con buena relación entre ellas y con un director comprometido en la creación de una obra de terror que combinara la excelencia interpretativa con un arrebatador drama de fondo. Pero, con el paso de los días y las semanas, el divismo y la envidia entre ellas empezó a manifestarse en el set de rodaje. Las dos actrices estaban acostumbradas al liderazgo único y el trabajo que ambas realizaban suscitaba fricciones y hacía aflorar resentimientos encerrados durante décadas. La inquina y el odio que se gestaba entre las actrices fue aprovechado por Aldrich para dar más capas de tensión a la relación entre sus personajes en el film, Jane y Blanche Hudson. En el fondo, cada una quería prevalecer sobre la otra y brillar más para resonar con mayor fuerza en el recuerdo del espectador al salir de la sala. Este duelo narcisista quizá contribuyó a que la película resultante fuera mejor de lo esperado convirtiéndose en uno de los grandes éxitos de público y crítica de 1962. Pero la batalla entre ellas solo había empezado...

En Feud: Bette and Joan, Ryan Murphy hilvana una trama que empieza poco antes del rodaje de Baby Jane y se extiende a lo largo de quince años más. No solamente nos coloca como observadores de un duelo interpretativo supremo sino que asistimos a una muestra del mejor metacine , aquel en el que vislumbramos las interioridades del séptimo arte y también las tripas de la industria que lo ampara.

Estamos presentes en la traslación práctica entre el yo íntimo de las actrices y el yo proyectado a sus interpretaciones. Observamos con fruición la delgada separación que se establece entre la esencia de ambas y el personaje que han construido durante décadas en Hollywood. Además, el desplazamiento de su inquina a la pantalla dando vida a dos hermanas cuyas vidas han sido devastadas por un acto oscuro del pasado, determinó que la lucha en el set de rodaje fuera aún mayor, complicando enormemente la labor de Aldrich. El director, pese a salir airoso, acabó tomando partido por Davis, algo que se manifestó de forma meridiana durante el rodaje de Canción de Cuna para un Cadáver (Hush Hush... Sweet Charlotte, 1964).

Nuestras dos protagonistas eran conocidas por ser mujeres de fuerza arrolladora pero comprobamos que en su esfera más privada esa fortaleza se diluye, se normaliza. Mientras Crawford depende de la paciencia y eficiencia de su entrañable criada, apodada "mamacita" a pesar de ser alemana, Davis naufraga en la relación con su hija y persiste en los fracasos con los hombres debido a un sentido de la intransigencia generado a partir de traumas adolescentes. En este interesante recorrido, vemos claramente cuán profundo llega a ser su fracaso como madres y hasta qué punto la escasez de cariño recibido siendo niñas las ha convertido en personas incapacitadas para amar.

La nostalgia por un pasado dorado, el divismo y el narcisismo son más importantes para ellas que su propia estabilidad emocional. Eso quizá redundó en la altísima calidad de sus interpretaciones pero las hipotecó en el terreno íntimo y personal, provocando un constante escepticismo que se acabó convirtiendo en obsesión conspiranoica permanente. No obstante, es necesario decir que en un contexto tremendamente adverso para las mujeres, estas actrices lideraron una respuesta que abrió un camino de esperanza en la lucha por la igualdad y el reconocimiento del rol femenino en la industria. Se enfrentaron a jefes de estudio, lucharon por contratos no exclusivos y pelearon con las agencias de representación hasta la extenuación.

En Feud, la caracterización de los personajes es francamente buena así como la elección del reparto. Aunque, a mi juicio, la espléndida Jessica Lange sale vencedora del reto al conseguir ofrecer más matices de verosimilitud a su interpretación de Joan Crawford. Lange muestra en todo momento la actitud que siempre se le atribuye a la diva y sale adelante de todos los retos que plantea la serie con una nobleza extraordinaria. Por contra, la siempre brillante Susan Sarandon se mantiene más en su registro de comodidad, no llega a realizar una interpretación tan audaz como su compañera. En ocasiones, da la impresión de estar demasiado impactada por la figura que está representando y se muestra asustada ante el reto mayúsculo al que se enfrenta. Eso provoca que no acabe de lucir en demasía, algo que quizá Ryan Murphy ya preveía al girar progresivamente la trama hacia la trayectoria de Crawford, dejando en segundo plano a su antagonista. A medida que avanza la narración, el foco de atención se centra en Joan y es allí donde se detalla el camino de la vejez, la decrepitud, el olvido y finalmente la muerte. En este sentido, resulta apasionante ese sueño moribundo de Crawford en el que se reúne con Warner, Hedda Hopper y también con Davis. Porque, a pesar de todo, había un respeto íntimo entre ellas que su orgullo impedía explicitar. No obstante, nunca hubo una última conversación entre ellas que pudiera facilitar una reconciliación en vida.

Murphy despliega una propuesta de alta calidad y demuestra que vive un momento dulce tras la soberbia American Crime Story: The People vs OJ Simpson. En el proyecto que nos ocupa, busca conectar con la fascinación que el público sigue profesando al Hollywood clásico y sus estrellas. La creatividad del showrunner siempre está patente pero se apoya en los hechos reales y las licencias que se permite están en todo momento controladas. En global, el efecto dramático que se consigue es muy potente y cumple sobradamente con los objetivos gracias a una producción que nos sumerge, con rigor, en el modo de funcionamiento de la industria hollywoodiense.

Además, en Feud, hay un goteo de figuras hollywoodienses que estuvieron relacionadas con el dúo protagonista. Destacan Alfred Molina, excelente en el papel de Robert Aldrich; el siempre imprescindible Stanley Tucci, genial como Jack Warner; Judy Davis, dando vida a la célebre columnista y aliada de Crawford, Hedda Hopper; y Dominic Burgess, en el papel de Victor Buono, quien participó en Baby Jane y Canción de Cuna para un Cadáver. Todos ellos irradian verosimilitud y brillantez en sus emblemáticos personajes. Asimismo, hay apariciones puntuales muy interesantes: Sarah Paulson, talismán constante en las producciones de Murphy, da vida a Geraldine Page, John Rubinstein encarna al maestro George Cukor, y el hilarante John Waters interpreta al controvertido director William Castle, un icono del cine fantástico con el que Waters podría acreditar algún que otro paralelismo.

La apuesta por ilustrar la serie en base a un supuesto documental en el que Joan Blondell (Kathy Bates) y Olivia De Havilland (Catherine Zeta-Jones) contextualizan lo que pasó entre Davis y Crawford, supone un nuevo acierto puesto que rompe con un formato lineal y refleja el cambio generacional y estilístico que experimentó Hollywood entre 1962 y 1977. Si bien la recreación de Olivia se puede considerar como el punto más oscuro de Feud dado que se acentúa una frivolidad que la veteranísima De Havilland ha denunciado, se trata de un elemento fácilmente sorteable ante la brillantez del resultado global.

Considero que Feud: Bette and Joan alcanza su máximo nivel como reivindicación del género femenino en el cine. La serie pivota sobre las mujeres y desarrolla sus tramas entorno a ellas, rompiendo esquemas y reflejando un potencial que fue desaprovechado durante décadas y que aún perdura aunque a un nivel inferior. Hay que tener en cuenta que los prejuicios sexistas no solo han sido característicos de una gran parte de la historia del cine sino de toda la sociedad en su conjunto y esa es una lacra que los hombres debemos asumir para poder mejorar. En cualquier caso, aquellas mujeres que han sido punta de lanza en la lucha por la igualdad y el reconocimiento merecen el respeto eterno. Desde su ejemplo se puede hacer más para cambiar las cosas que con centenares de campañas publicitarias.

Susan Sarandon, Ryan Murphy y Jessica Lange, en la premiere de Feud.

Precedido por:

Bette Davis y Joan Crawford

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