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En el año 1912 el francés Louis Pergaud retrata en una novela la encarnizada y divertida rivalidad entre los chicos de dos pueblos vecinos imaginarios de la Francia rural: Longeverne y Velrans. Un retrato inolvidable de la infancia a través de una historia de furiosa enemistad y compañerismo, llena de planes y contraplanes, en un combate librado con piedras y palos y con muchas palabrotas. El título de la obra ya intuimos que es "La guerra de los botones" y se ha convertido en un clásico de la literatura, hasta tal punto que ya ha inspirado cinco películas.

Pero esta guerra que se hace con el botín de los botones (y también tirantes, cremalleras y cordones) solo es la mitad de la historia, quizás su mcguffin, pues la verdadera historia es la guerra que estos chicos entre 7 y 14 años libran contra la autoridad: contra los padres en primer lugar (la relación entre padres e hijos es una guerra en la que los padres tienen la fuerza y los hijos la picardía), pero también frente a los educadores (esa educación casi dictatorial de entonces, donde la violencia en las aulas no era ajena a la enseñanza). "La guerra de los botones" es un canto y una alegoría hacia la infancia, donde la curiosidad y la inocencia son los atributos más característicos que tienen los niños, y donde sus protagonistas juegan a la guerra siguiendo al pie de la letra todo su reglamento, con un mayor sentido de lealtad y de honor que el que se contempla en los verídicos conflictos bélicos.

Louis Pergaud murió tres años después de publicar el libro, atrapado en una alambrada, bajo el fuego cruzado de dos pueblos vecinos y enemigos por herencia. Como en su novela, pero aquí era la Primera Guerra Mundial... y no le dispararon botones. Por fortuna, su memoria permanece en sus películas. Ninguna de las adaptaciones ha modificado la esencia de la historia, que trata el enfrentamiento que mantienen desde varias generaciones atrás los niños de dos aldeas francesas, cuyas disputas se acaban saldando con los botones de su ropa como precio de la derrota, para ser castigados por sus familias cuando lleguen a sus casas con las prendas deterioradas.

La versión más importante se nos presenta en blanco y negro: La guerra de los botones (Yves Robert, 1962). En las vacaciones escolares de principios de esa década de los sesenta, los chicos de Longeverne liderados por Lebrac (André Treton) y los de Verlans dirigidos por L'Aztec (Michell Isella) se enfrentan y simulan una guerra con espadas de madera, tirachinas y palos. Los niños de ambos pueblos franceses mantienen una rivalidad eterna y, como cada verano, se enfrentan a juegos de guerra donde los botones son el precio de la derrota.

Una película que casi seis décadas después nos aparece llena de escenas que hoy se verían como políticamente incorrectas, por ese maltrato sistemático a la infancia desde la autoridad que confería la familia o la escuela. Nos llaman la atención las escenas de maltrato físico: los violentos castigos, gritos e insultos que Lebranc recibe de su padre, actos que que se repiten ante la mirada impasible del pueblo y el maestro, aunque ese chico lo que más teme no son los golpes, sino que se le envíe a un internado; la borrachera del pequeño Gibus, provocada porque unos padres de familia le dan de beber aguardiente; niños que gritan continuamente y que llevan navajas, que dan caza y matan a un zorro u hostigan sin piedad a un burro, niños que beben vino y aguardiente en la cabaña que construyen. Porque ellos reproducen lo que ven en los adultos, y los niños fuman y beben como lo hacen en casa sus padres o en la escuela sus maestros.

Una película que habla de igualdad y fraternidad, de república y monarquía, de pobres y ricos en el diálogo de esos niños en el patio del colegio. Pandillas que se organizan para ganar dinero recolectando setas, pescando o cazando zorros, ...y componen su tesoro con los botones, tirantes, cremalleras y cordones que obtienen en las refriegas contra el bando enemigo. Una película donde la única niña que aparece, Marie Tintin (Marie Catherine Faburel), realiza tareas del hogar y de intendencia (coser botones, desgarrones, etc.) para evitar los reproches de las madres, un rol que hoy se consideraría políticamente incorrecto, pero que no es ajeno a una realidad no tan lejana.

Una película que empieza con el dilema y conflicto de descubrir lo que significa el insulto "huevón" que le dicen a uno de ellos y que finaliza con un gran colofón: cuando Lebranc y L´Aztec se encuentran en el reformatorio al que han sido enviados por sus padres y su frase para enmarcar: "¡Y pensar que de mayores seremos tan tontos como ellos!".

Es La guerra de los botones una simpática distopía alrededor de que la guerra es intrínseca desde la infancia, y que nos redirige al recuerdo de otras obras donde el mal no es ajeno a esta temprana edad, como nos recordaron las películas El señor de las moscas (Peter Brook, 1963; Harry Hook, 1990) y Quién puede matar a un niño (Narciso Ibáñez Serrador, 1976). Pero quizás también es una posible utopía alrededor de la infancia y las guerras, como fuera otro clásico del cine francés en blanco y negro: Juegos prohibidos (René Clément, 1952)

Antes de la película clásica de Yves Robert, Jacques Daroy dirigió en 1936 una versión, bajo el título de La guerre des gosses , en que las bandas de escolares de dos pueblos diferentes están enfrentadas y el conflicto llega a tal magnitud que los padres terminan involucrándose, Pero después aparecerían otras versiones, ya en color:

- En 1994, la versión británica dirigida por John Roberts donde la acción se traslada a las localidades de Ballydowse y Carrickdowse, en donde reza la leyenda: "La mayoría de las guerras duran años; ésta tiene que acabar antes de la cena" .

- Y en el año 2011, dos versiones en un mismo año en la cartelera de Francia, algo inaudito: la dirigida por Yann Samuell y la dirigida por Christophe Barratier (cuyo nombre nos suena especialmente por su obra más conocida, del año 2004, Los chicos del coro ), si bien esta última adquiere el título original de La nouvelle guerre des boutons y que tiene una localización temporal diferente al original, pues se ubica durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), donde otra contienda se libra en campo francés: dos bandas de chicos de dos aldeas próximas luchan por el dominio de su territorio, mientras en el mundo real reina una guerra con el pensamiento intransigente de los nazis en contra de los judíos. Es una historia que muestra lo peor y lo mejor de las personas, y que contó con actores tan acreditados como Laetitia Casta, Guillaume Kaned o Gerard Jugnot.

Aunque la novela (y las películas) pueda parecer una comedia para niños, junto a la sencillez e ingenuidad del relato, incluye referencias de interés general. Explica cómo se organizan los grupos sociales, los valores que los articulan (lealtad al grupo), concepciones que los inspiran (igualdad), normas obligadas de conducta (disciplina de grupo), distribución de cargas colectivas (aportaciones personales), infracciones sancionables (revelación de secretos) y castigos (azotes con vara). Los oponentes que caen prisioneros son objeto de escarmiento que afecta a lo que consideran el bien más preciado de una persona, el honor. Y la deshonra se inflige mediante el corte de botones, ojales, cintas, cordones y tirantes de las prendas de vestir, lo que provoca sentimientos de vergüenza ante los iguales y de indefensión ante la familia. En sí, la obra constituye un documento sobre la vida en aldeas rurales a principios de los 60 en Francia. Ya hemos comentado que René Clément hizo un ejercicio similar en 1951 con Juegos Prohibidos , también un notorio film de enorme contenido pedagógico. Y ambas cintas buscan lo mismo, y tienen en su haber un ambiguo mensaje antibelicista, pero Clément optó por una vertiente mucho más cruda y dramática, todo lo contrario que nos propone Yves Robert con esta magnánima obra.

La semana pasada hablamos de la novela "Mujercitas" y de sus varias versiones cinematográficas. Y esta semana lo hacemos con la novela "La guerra de los botones" y las películas que de esta historia han surgido. Una historia de hombrecitos... que realizan un guerra particular. Una guerra que puede parecer un juego, pero que bien pudiera ser la guerra contra la autoridad (mal entendida).

Y esta película va dedicada a Antonio Aragüez, un ilustrador amigo que nos la recordó hace poco en el grupo de Facebook, Cine solo Cine, y lo hizo con la sensibilidad del artista que es. Porque Antonio es el creador de la mascota de nuestro Servicio de Pediatría, Alacan, y se merecía esta dedicatoria "de cine".

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