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03/02/2021

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Por Pablo Antivero Esper

En Argentina, después de una cuarentena extensa y devastadora en todos los sentidos posibles, con 50% de pobres, con 29% de desempleados, con una inflación galopante (más otros indicadores que es preferible no mencionar), el 17 de noviembre del año 2020, el Poder Ejecutivo envió al Congreso el proyecto de ley de legalización del aborto.

Mientras el kirchnerismo estuvo en el poder, el fallecido Néstor, la multiprocesada -y actual vicepresidente- Cristina y el megafónico -y actual presidente- Alberto estuvieron en contra de la legalización del aborto. Sí, usted leyó bien: siempre en contra. Nunca prosperó un proyecto de legalización del aborto en esos 12 años. Y eso que el kirchnerismo tuvo, durante ese periodo, la espalda política para hacerlo. No obstante, fueron necesarios tan sólo cuatro años del fallido y nefasto gobierno de Mauricio Macri para que, de regreso, Fernández & Fernández decidieran avanzar con uno de los legados que el presidente felino les dejó. Mágicamente, el tema se convirtió en un urgentísimo asunto de Estado.

De este modo, más allá de las veloces transformaciones ideológicas de nuestros dirigentes (en realidad, Cristina ya se había dado vuelta en el debate parlamentario de 2018), el interrogante que me acucia (y quizás a parte de los argentinos también) es: ¿era necesario después de un año agotador, con una sociedad arrasada por esta pandemia/cuarentena, en medio de una crisis económica y social sin precedentes y con asuntos graves como los mencionados al comienzo proponer este tema? Me anticipo a todos los que me van a correr por izquierda: no digo que el aborto no sea, para algunos, un tema importante. En todo caso, de ser un tema debatible, merecería un abordaje serio y no el debate express que está sucediendo ahora: un poco por videoconferencias, otro poco presencial y, por último, con un oficialismo que porotea legisladores. ¿Esto constituye una discusión respetuosa, democrática y transparente?

Tan sólo hace dos años el pueblo argentino dijo NO a la legalización del aborto. Digo, estamos hablando de una deliberación muy actual, no una que se dio hace 100 años. ¿El kirchnerismo hará lo mismo con todos sus proyectos de ley que no sean aprobados? ¿O sólo con éste?

Para el actual gobierno el pueblo es bruto, es muy bruto y no entiende. Entonces hay que machacar y machacar hasta que entienda y se apruebe esta ley sí o sí, aún, como ya lo he explicado, en las condiciones actuales. El NO es NO sólo es válido para las campañas pseudofeministas. En la vida política el NO vale nada.

Lo que no comprende el Presidente es que aprobar una ley a las apuradas ( o a los apurones ) le quita legitimidad, en primer lugar, a la norma misma y luego a su autoridad política, que se socava porque, en ambos casos, todos se dan cuenta de la maniobra. Lo más trágico es que, tal vez a él, a la vicepresidente y a todos los que apoyan esta jugarreta, ni siquiera les importe.

Una foto te puede matar

En marzo de 1993, The New York Times publicó una foto trágica: un niño sudanés, con el típico vientre inflamado, doblado sobre sí y en estado de aparente agonía se había convertido en el objetivo de un buitre, que esperaba paciente su muerte. La imagen sacudió al mundo porque mostraba a un continente que, como aquel niño, tenía (y aún tiene) hambre. La segunda tragedia de esta historia le sucedió al fotógrafo Kevin Carter que, al año de captar esta escena y a pesar de haber ganado por ella el Premio Pulitzer, se suicidó.

Supuestamente, una de las razones fue la persecución y el escarnio público que padeció luego de la publicación de la foto. Todos le preguntaban si había ayudado al niño. La respuesta era siempre la misma: no. Como fotoperiodista, él no estaba autorizado a intervenir en las situaciones que debía documentar. Por otro lado, pareciera ser que nadie entendía que no es lo mismo auxiliar a un abuelo que se cayó en un paseo de compras, que a un niño de Ayod, una aldea perdida al sur de Sudán arrasada por el hambre, las enfermedades y la violencia.

¿Está bien lo que hizo? ¿Debía haber hecho algo más? Y en todo caso, ¿qué podría haber hecho? La polémica se ha profundizado desde entonces, incluso con versiones muy diferentes acerca de lo sucedido. Pero no quiero desviarme de la razón por la cual traje esa foto y su historia.

La foto con que comienzo este artículo es cruel. Es la de un bebé desmembrado, resultado final de un aborto. Ahora bien, ¿es despiadado el fotógrafo que tomó la foto o es despiadado un aborto? ¿Dónde reside la atrocidad? Una vez más, ¿de quién es la responsabilidad? Y si volvemos al caso anterior: ¿de Kevin Carter o del gobierno de Sudán más sus cómplices que apoyan esta clase de regímenes?

Se me puede acusar de dar un golpe bajo o de ser escatológico por incluir esta foto, pero ¿acaso no se habla constantemente de inclusión, de visibilización y de otros términos afines en relación a las violencias? Cada piba que muere por un aborto (clandestino o no) es una tragedia. Pero cada niño que muere también lo es. Y lo es tanto en un aborto legal como en uno ilegal. Y de esto, los proaborto no hablan. En esta discusión, el niño por nacer es invisible. Para ellos debe serlo. Tiene que ser un fenómeno como afirmó el ministro de salud nacional, Gonzalez García, porque sino -como también dijo- sería el mayor genocidio universal (sic).

De hecho, cuando en el debate de 2018, la Dra. Chinda Brandolino quiso mostrar un aborto en el recinto del Senado para responder a una pregunta, una parte del sector proaborto se manifestó en contra y una mujer con un pañuelo verde en la muñeca se levantó y se fue. En fin, debe ser bien extraño luchar por una causa que uno, deliberadamente, no quiere ver. Finalmente, se censuró la proyección del aborto porque (al igual que el niño africano) la verdad es insoportable.

Las estadísticas cuentan a las madres, nunca a los hijos. Después nos llenamos la boca hablando de los más débiles. Las tragedias no se resuelven multiplicándolas, sino desarmandolas. Es importante tener presente que si vamos a hablar de una realidad, es necesario conocerla. Yo no puedo hablar del aborto si no he visto lo que sucede en un aborto. De hecho, creo que es la única manera válida de discutir el tema: a partir de lo real. De otro modo, la discusión se torna etérea, abstracta, semántica. Yo puedo leer informes o estadísticas que me proporcione la ONU o cualquier ONG, pero cuando Kevin Carter me muestra una foto en el diario de la mañana -mientras tomo unos mates en mi cómodo sillón, desde el cual elucubro cómodamente mis ideas para salvar al mundo- me sacude la existencia, me explica todo en unos segundos y me hace también responsable de ese dolor. A veces, una simple imagen es el texto más poderoso y evidente que puede existir.

Por momentos pienso que el Poder Ejecutivo, a cargo de Les Fernández , no está al mando de un equipo de científicos, sino que es una banda de psicópatas inoperantes que está llevando al país por un abismo. Y no sólo por este tema. Ojalá me equivoque. Mañana, martes 29 de noviembre, el proyecto se discutirá en el Senado y podría ocurrir lo mismo que en Diputados: que el debate empiece el 29/12 pero que se prolongue hasta la madrugada del 30. No bromeo cuando digo que el oficialismo tiene que estar muy desesperado para terminar el año así.

Deseo, en verdad, que todo este desquicie abortista no avance y que el gobierno entienda, de una buena vez, que un país no se hace con artimañas o engaños sino a través de la construcción de un poder legítimo que escucha y lidera con vocación a un pueblo que ha depositado en él su esperanza más noble: la evolución hacia una nueva ética social.

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