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Reflexiones desde un barranco

05/08/2010 18:45 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Desde un barranco pude ver muchas desdichas, contemplar las penurias de la vida, ver la miseria en su más elevada expresión, era la década del 60 y ya la pobrerza golpeaba con duresa en nuestro país

El cielo se tornaba rojizo y sus nubes parecían adornar el infinito, como un cuadro pintado sobre un lienzo cuyos oleos descubren lentamente una realidad que se conjuga con la suerte que les toca vivir a cada uno. A lo lejos se ven surgir entre las sombras los barrios emergentes cuyos techos de necesidad y miseria; parecen desentrañar lentamente la injusta diferencia de quienes viven día a día en la indigencia.

Desde mi barranco pude ver, lo injusto, pobre e infeliz de algunas vidas, pero siendo niño no pude discernir su gran complejidad, aunque inserto en su mundo despiadado, y siendo receptor de su malvado desvarío, por la plenitud de vida alojada en mi interior pase por sus torrentes, sintiendo por momentos menguada, mis ansias de vivir.

Era un niño inquieto con un corazón lleno de incertidumbres, pero sin detenerme demasiado en todo lo que pasaba a mí alrededor, le hacía frente a la vida con un cuerpo escasamente de unos treinta kilos, creyendo que a fuerzas de golpes de puño me había de abrir paso en la vida turbulenta que me circundaba.

El barrio era muy pobre, los trapos se secaban al sol esperando ser vendidos por escasas monedas, la calle que hacía su inicio en una zona de casa quintas terminaba en el barranco donde mi niñez transitaba sus escollos de tierra removida por el paso de los carros, y mis ojos contemplaban las miserias latentes de sus alrededores.

Villa miseria, una palabra que nos toca muy de cerca, en el tiempo en que vivimos, como si la miseria fuera cosa de este tiempo, en el lugar donde me crié estaba rodeado de indigencias, los años sesenta no fueron felices para muchos, allí a pocos metros del barranco estaba la quema de Boulogne, con tantos nutrientes que en una oportunidad fuimos a buscar plantines de tomates que crecían con fuerza en el lugar, y terminaron creciendo con alegría en nuestra huerta.

Contemplaban mis ojos aquellas personas grandes y pequeñas que vivían y comían de la basura magullando sus manjares, como también la gente de villas emergentes que en sus desgracias descargaban sus furias. A metros de tanta exclusión apenas subiendo como elevándonos un poco por encima, estábamos nosotros, en el barranco, como si las miserias terminaran unos metros mas arriba.

Allí como imponente, como si una casa quinta de cien metros cuadrados fuera toda una fortaleza, claro, para quienes solo conocen un cuarto de dos por dos y un pasillo donde hay que abrirse paso a los trompazos, nuestra casa quinta parecía ser una mansión, nuestra; es solo una manera de decir, pues solo éramos caseros del lugar.

Suficiente para vivir inmersos en una lucha social que para aquel lugar parecía ser tan solo cosa de adolescentes.

Para ellos éramos los pibes de la quinta, ignoraban que también padecíamos las mismas miserias, los mismos problemas de alcohol y necesidades; la diferencia estaba en que; la indigencia no es tanta si se galopea a caballo.

La tarde al fin daba lugar a un anochecer prematuro, como si el sol quisiera ocultarse de tanta desdicha, si pudiéramos mirar desde arriba veríamos la gran extensión de chapas, cartones y remiendos que pretendían tapar la desgracia humana en su mas bajo nivel, los seres humanos tratando de borrar con alcohol y desdicha, acurrucados en sus miserables recovecos como si un poco de sueño pudiera aislarlos de tanta desolación.

Crecer allí no es poca cosa como tampoco reconocer nuestros problemas puertas adentro, lidiar con tanta furia del destino, pero aún así éramos pobres privilegiados, comíamos todos los días y andábamos a caballo, corríamos por el parque, trabajábamos todo el tiempo, e íbamos a la escuela, para algunos; unos privilegiados.

Disponíamos de árboles frutales, teníamos plantaciones de tomates, y verduras.

Pero también sabíamos comer pan duro, o usar grasa de cerdo en lugar de manteca, no le asqueábamos a la miseria, éramos duros, trabajadores, luchadores que le imponíamos nuestro ritmo a la indigencia.

Y nos rodeaba lo mas duro, la miseria en su mas elevada expresión, esa gente estaba allí, como desechos de la sociedad, recogiendo residuos para poder llevar algo al estomago, niños tirándose sobre un cajón de tomates peritas pasados, desechos de un vendedor ambulante, que para ellos era la única manera de menguar su hambre.

Desde mi barranco pude ver muchas desdichas, tal que la mía paso como una sombra, como un recuerdo indescifrable, verme allí sobre mi yegua tostada, caprichosa y testaruda, contemplando las penurias de la vida y caminar e introducirme en el laberinto de la exclusión social a fuerza de coraje, como si a alguien se le ocurriese apagar la luz a un grupo de personas y dejarlos a oscuras de oportunidades, y solo las riñas y peleas fuesen la <a href=

única salida a su desdicha.

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Charlypol (628 noticias)
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