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Restaurar el socialismo, una evidencia demócrata en Venezuela

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16/09/2019 14:41 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Es necesario revisar el proceso político de Venezuela

Asidero

Instaurar la democracia en Venezuela, llevará mucho tiempo y la población civil debe radicalizarse para asumir responsabilidades en la estructura política del Estado. Contar con la casta militar es imposible por los intereses que ellos reflejan y representan. Los sifrinos por su parte quieren dominar los factores de poder y, para esto desean un estallido social o golpe militar, pero no cuentan con lo principal, él factor popular.

Esto, ha permitido que el presidente, Nicolás Maduro Moros se atornille más en el poder. A su vez, le ha permitido tomar los puntos estratégicos del país y, controlar los conceptos de revuelta, motín, rebelión, putsch, revolución o guerra civil. Enrique Ochoa Antich, dirigente del opositor Movimiento Al Socialismo (MAS) hizo un análisis certero: “Lo de hoy ha sido una nueva irresponsabilidad del extremismo. Ningún golpe. Ni a pronunciamiento militar llegaron. Operación publicitaria más o menos ridícula. Ahora la oposición negociará más debilitada. Maduro, más atornillado. Nunca como ahora requerimos diálogo y referendo”.

Debemos dejar la farsa en una sociedad como la nuestra y ser sumisos, muchos no tienen internet y no están enterados de nuestra verdad, tenemos una imagen visible en el gobierno y, ahora sí tenemos un solo bloque político dispersado en varios estamentos económicos que desfiguran nuestra verdad geopolítica y territorial.

Estamos acostumbrados a una libertad de empresa y a un conocimiento en común, aunque tengamos una diversidad de ideas, Venezuela es una.

La libertad de prensa en mi país, Venezuela, se encuentra intrínsecamente vinculada al concepto de democracia, pero la verdad es que en Miraflores no existe tal cosa que podamos llamar cabalmente “democracia”. Ese es el telón de fondo de lo que ha ocurrido con la salida del aire de muchos dirigentes del chavismo y que hoy, lo nombran porque simplemente no son líderes de base y donde todos los venezolanos los rechazamos, sin ser xenófobos.

Estamos hartos a la indiferencia a los pedestres discursos mediáticos que cada día una opinión pública escucha, desde pasados procesos electorales a favor de quienes ejercen los más importantes cargos de poder en el país.

Lo que escuchábamos en los programas televisivos rompe con ese discurso que se utiliza políticamente como instrumento unificador de lo que el francés Guy Debord llamó “La Sociedad del Espectáculo”, en la que el espectáculo es el modelo de la vida socialmente dominante.

Tomarse en serio el papel de periodista, como hizo Carmen Aristegui, aunque se estuviera o no de acuerdo siempre con ella, haciéndole contrapeso al poder que ha retornado en México con toda la fuerza de su autoritarismo, es algo que hasta sus detractores debieran haber agradecido y defendido y más ahora cuando rasgos muy evidentes de lo que se conoce como “Sociedad Orwelliana” hacen acto de aparición en países que se auto nombran “democráticos”. Rasgos como el sometimiento a intensos bombardeos mediáticos diseñados para impedir la reflexión de la gente; como el contrasentido de lo que, en la novela de Orwell, 1984, se describe como el Ministerio de la Abundancia, que tal como sucede con los otros ministerios tiene una función contraria a la que indica su nombre pues lo que verdaderamente pretende es mantener a la población en los umbrales de la miseria, o el Ministerio de la Verdad, que trata de manipular u ocultar la verdad

Muchos podrían cuestionar estas comparaciones afirmando que no corresponden a la realidad de lo que se vive en Venezuela y México. Contestaría que de hecho no sólo se están viviendo en mi territorio, sino en Europa, Estados Unidos, Canadá y un largo etc., mezcladas con una buena dosis de los rasgos de otra novela visionaria, “Un Mundo Feliz” de Aldous Huxley y la estrategia de la distracción permanente que desvía la atención del público de los problemas importantes y de las grandes decisiones que toman las élites económicas y políticas.

La ausencia de Aristegui deja un enorme vacío que nadie podrá ocupar, excepto una decidida movilización de los mexicanos conscientes para favorecer el cambio indispensable que sigue sin ocurrir en México. Aunque López Obrador lo viene haciendo bien. Pero, el asunto es el gabinete económico y los operadores energéticos.

Necesitamos la verdad, no una manipulación de conceptos.

Nadie se espanta ante la existencia de “códigos de ética” en las empresas dedicadas a la información, como sugiere algún periodista en su artículo publicado en los periódicos nacionales. De eso “pedimos muchos periodistas nuestra limosna”, de que exista esa ética que comprometa a periodistas y a las empresas que emprenden el “negocio de las noticias” por igual a ejercer el principio básico del periodismo que es la búsqueda de la verdad, aunque en esa búsqueda salgan a la luz algunas “casas blancas”.

 

Merecemos en Venezuela, una buena parrilla televisiva y buenos equipos de trabajo, necesitamos todo un género comprometidos con el país

 

Durante lo que llamamos la era neoliberal, desde la década de 1980, los capitalistas han transferido la producción de ropa y muchos otros objetos a países de bajos salarios. Su motivación: aumentar las ganancias sustituyendo el trabajo mal pagado en el extranjero por trabajo doméstico demasiado caro, reduciendo así la factura salarial y evitando una confrontación directa con sus trabajadores. Gran parte de lo que solíamos llamar el "Tercer Mundo" se convirtió en una gran zona de procesamiento de exportaciones que produce insumos baratos y bienes de consumo para Europa y América del Norte. Como resultado, las ganancias, la prosperidad y la paz social en los países ricos se han vuelto cada vez más y más dependientes de la sobreexplotación de cientos de millones de trabajadores en los países pobres. Esto debe llamarse por su nombre real: imperialismo; una forma nueva y moderna de imperialismo capitalista, que no se basa en las técnicas crudas heredadas de la era feudal, pero que ciertamente practica el terrorismo de estado, la guerra secreta y la intervención militar directa cuando sea necesario.

La transferencia global de la producción no solo permitió una restauración de la rentabilidad y un impulso de la acumulación de capital, sino que también aumentó significativamente la competencia entre los trabajadores a través de las fronteras. En la lucha económica, —la lucha para proteger y mejorar la posición de uno dentro del sistema capitalista en oposición a la lucha política para abolirlo—, buscar protegerse contra una mayor competencia es un reflejo natural y normal. ¡Pero eso no lo hace progresista! La otra cara de la moneda para la emigración de la producción a países de bajos salarios es la inmigración de trabajadores de estos países. La hostilidad hacia la inmigración fue el factor más importante que llevó a la mayoría de los trabajadores británicos a votar en contra de unirse a la Unión Europea. El reflejo de los trabajadores en respuesta al aumento de la competencia, que exige muros y cierre de fronteras, es el mejor ejemplo que se puede encontrar para ilustrar lo que Lenin llamó “esta tendencia espontánea al trade-unionismo [sindicalismo] para refugiarse bajo el ala de la burguesía

La evidencia de la persistencia e incluso la omnipresencia del imperialismo nos rodea. Sin embargo, los liberales, los socialdemócratas e incluso muchos que se ven a sí mismos como revolucionarios permanecen ciegos, ayudados por una discusión semántica sobre lo que significa "imperialismo", escondiéndose detrás de estadísticas que oscurecen la pregunta, pero no la iluminan. El imperialismo glorificado es detestable, pero el imperialismo negado es un obstáculo mucho mayor para construir un movimiento para derrocar la dictadura de los ricos escondidos detrás de la lamentable y desacreditada fachada de la democracia.

Se debe evitar una dictadura o una convulsión social por hambre en Vzla

Marx sería un hombre del siglo XIX: esta es la tesis defendida por un biógrafo reciente (Husson, 2017). Otro crítico lo calificó de posricardiano menor (Brewer, 1995). Pero la ciencia económica, aun admitiendo que es una ciencia, ciertamente no es una ciencia que progresa lineal y periódicamente unificada. Por ejemplo, a diferencia de la física, diferentes paradigmas económicos continúan coexistiendo de manera conflictiva.

La economía dominante actual, llamada neoclásica, se basa en un paradigma que no difiere fundamentalmente del de las escuelas premarxistas o incluso preclásicas. En gran parte, el debate triangular entre la economía clásica (Ricardo), la economía vulgar (Say o Malthus) y la crítica de la economía política (Marx) continúa hoy en los mismos términos. Las relaciones de poder que existen entre estos tres polos han evolucionado, pero no según un esquema de eliminación de paradigmas obsoletos. En resumen, la economía dominante no domina debido a sus propios efectos de conocimiento, sino en función de relaciones de poder ideológicas y políticas más generales.

Por tomar solo un ejemplo, las teorías contemporáneas del desempleo retoman, bajo una forma modernizada, los viejos análisis sobre los pobres. El debate en Inglaterra en torno a las leyes sobre los pobres se encuentra hoy en las denuncias sobre las ayudas sociales: en lugar de aceptar los puestos de trabajo ofrecidos, la gente desempleada preferiría no hacer el esfuerzo de trabajar y vivir cómodamente de las prestaciones sociales (Husson, 2018a).

Pero el argumento de que la teoría marxista está obsoleta debido al progreso de la economía busca el efecto de eliminar al mismo tiempo cualquier referencia a la teoría del valor.

En última instancia, la pregunta a la que debe responder la teoría del valor es: ¿de dónde proviene la ganancia? En los libros de texto contemporáneos encontramos la definición de ganancia: es la diferencia entre el precio de venta y el coste de producción. Pero el misterio de la fuente del beneficio permanece intacto. Es alrededor de esta cuestión absolutamente fundamental con la que Marx abre su análisis del capitalismo en El Capital.

Antes de él, los grandes clásicos de la economía política, como Smith o Ricardo, partían de una pregunta ligeramente diferente, la del precio relativo de los bienes: ¿por qué, por ejemplo, una mesa vale el precio de cinco pantalones? Muy rápidamente, la respuesta que se impuso es que esta proporción de 1 a 5 refleja el tiempo requerido para producir un pantalón o una mesa. Esto es lo que podría llamarse la versión básica del valor-trabajo.

A continuación, estos economistas clásicos intentaron descomponer el precio de una mercancía. Además del precio de las materias primas, este precio incorpora tres categorías principales: renta, ganancias y salario. Esta fórmula trinitaria parece muy simétrica: la renta es el precio de la tierra, la ganancia es el precio del capital y los salarios son el precio del trabajo. De ahí la siguiente contradicción: por un lado, el valor de una mercancía depende de la cantidad de mano de obra requerida para su producción; pero, por otro lado, esta no solo comprende el salario.

La teoría marxista, llamada del valor-trabajo, busca escapar de esta aparente contradicción. No está de más recordar muy brevemente cómo procede Marx. El principio esencial es que el trabajo humano es la única fuente de creación de valor. Valor significa aquí el valor monetario de los bienes. Entonces nos enfrentamos a este verdadero enigma que las transformaciones del capitalismo obviamente no han hecho desaparecer: el de un sistema económico en el que las y los trabajadores producen todo el valor, pero solo reciben una fracción de él en forma de salario, mientras que el resto se va a las ganancias.

Los capitalistas compran medios de producción (maquinaria, materias primas, energía, etc.) y fuerza de trabajo; producen bienes que venden y terminan con más dinero del que originalmente invirtieron.

Marx ofrece su solución, que es a la vez genial y simple (al menos a posteriori). Aplica a la fuerza de trabajo, esta mercancía un tanto peculiar, la distinción clásica que hace entre valor de uso y valor de cambio.

El salario es el precio de la fuerza del trabajo socialmente reconocido en un momento dado como necesario para su reproducción. En este sentido, el intercambio entre el asalariado que vende su fuerza de trabajo y el capitalista es, en general, una relación igual. Pero la fuerza de trabajo tiene una propiedad especial, su valor de uso, la de producir valor. El capitalista se apropia de la totalidad de este valor producido, pero restituye solo una parte de él, porque el desarrollo de la empresa hace que las y los asalariados puedan producir durante su tiempo de trabajo un valor mayor que el que recuperarán bajo la forma de salario.

Hagamos como Marx, en las primeras líneas de El Capital, y observemos a la sociedad como una “inmensa acumulación de mercancías” producidas por el trabajo humano. Podemos hacer dos pilas: la primera consiste en bienes y servicios que corresponden al consumo de los trabajadores y trabajadoras; la segunda pila incluye los llamados bienes de lujo y bienes de inversión, y corresponde a la plusvalía. El tiempo de trabajo de toda la sociedad puede a e en dos partes: el tiempo dedicado a producir la primera pila Marx lo denomina trabajo necesario, y el que se dedica a la producción de la segunda pila es el trabajo excedente. En el fondo, esta representación es bastante simple, pero, obviamente, para lograrla es necesario dar un paso atrás y adoptar un punto de vista social.

Nota: (1) Lenin, ¿Qué hacer?, En Obras seleccionadas, vol. 1, Moscú, Ediciones del Progreso, 1968, p. 142.

*Escrito por Emiro Vera Suárez, Orientador Escolar y Filósofo. Especialista en Semántica del Lenguaje jurídico. Escritor. Miembro activo de la Asociación de Escritores del Estado Carabobo. AESCA. Trabajo en los diarios Espectador, Tribuna Popular de Puerto Cabello, y La Calle como coordinador de cultura. ex columnista del Aragüeño

Hay que romper con los viejos esquemas políticos- partidistas


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Emiro Vera Suárez (1156 noticias)
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