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Richmond: Un café reinado por alfiles, billares e intelectuales

15/10/2009 14:41 1 Comentarios Lectura: ( palabras)

Desde su nacimiento, a finales de la primer década del siglo XX, este lugar se convirtió en una parada cotidiana de escritores, políticos, artistas, agentes de bolsas y enamorados de distintas partes del mundo

Confitería y Café parte de la historia porteña.

“Y… hubo tres, pero sólo sobrevivió éste” Dice Valentin Angel, un mozo que trabaja hace 37 años en Florida 468. Una clara evidencia de que el modernismo y las costumbres, dejaron caídos y sobrevivientes. Muchos fueron los casos en que el destino ha decidido terminar con esos costados nostálgicos de la gran Buenos Aires. Los Richmond, de Esmeralda y Suipacha, ya no existen, solo quedaron los recuerdos.

Vaya si la esencia de las almas pudieran compartir aquellas ideas, discusiones y lecturas de aquellos intelectuales que emulaban el ritual del encuentro o el de las charlas, como lo hacían los “Socialistas de Boedo” en la esquina del café Homero Manzi. Notables palabras fueron parte del aire que se respiraba en el Richmond, también la sala se perfumaba de ese chocolate caliente que siempre pedía Borges, acompañado por su dama, por la invisible compañía del inglés Herbert y por sus oraciones eternas. Asimismo, aquellos sillones auténticos, desde 1917 relucientes, tapizados de cuero, fueron anfitriones de veladas únicas e irrepetibles, todo aquello iluminado por las imponentes arañas holandesas que colgaban del techo.

Esta orilla porteña fue defendida por esos lúcidos, que se decían llamar “Los de Florida”; con lecturas e ideas que se mezclaban con los aromas del café, los vapores del té y los chocolates calientes. Ellos eran Leopoldo Marechal, Macedonio Fernández y Jorge Luis Borges, eran “los caballos del tablero” que contraatacaban el mal uso de las palabras. “Los de Florida” tenían como necesidad la elevación de la cultura y el noble propósito de la justicia.

A favor del romanticismo, el joven mozo Daniel Ozuna hace ocho años que viene trabajando y grabando en su mente aquel momento que distinguía de sus clientes, el placer y orgullo en aquellos matrimonios que vuelven a la confitería para recordar, después de 30 ó 40 años, su fogueada luna de miel. Una experiencia que disfrutaron en el hotel que estaba en el piso de arriba y que ya no existe más. Viejitos que vienen de otras latitudes y que hablan con dificultad el castellano, pero que han recordado siempre al Richmond. Dichosos de haber vuelto, pedirían quizás un té o un simple vaso de agua, pero el reencuentro con las arañas holandesas, los sillones de cuero, la decoración y el mobiliario con estilo inglés, hacen que degusten aquellas bebidas como si fueran el melikraton de las tradiciones del siglo XVI. Cuando las parejas recién casadas tomaban esta bebida en los ciclos lunares para darle fuerza al amor mutuo y poder concebir un hijo varón.

Con el paso del tiempo, el piano dejo de ser parte de esas noches pasadas como también aquellos desfiles en los sesenta y esas reuniones políticas que sólo duraban quince minutos al fondo del salón. Han pasado muchas figuras, como Mirta Legrand, Monzón, Susana Gimenez, el Muñeco Mateico, Aldo Rico, los ex presidentes De La Rúa, Carlos Menem (a quien le gustaba ir a comer empanadas y locro), Alzogaray, Adelina De Viola, Horacio Quiroga, Hector Blomberg y A. Gerchunoff y que los mozos Valentin Angel, Daniel Ozuna ó Jorge Antonio han atendido alguna vez. En el año 1943, también ha pasado la banda de jazz de Eduardo Armani y su cantante Helen Jakson, que desplegó sus melodías. Los periodistas también eran habitúes, como Eduardo Mallea, quién dirigió durante muchos años el suplemento cultural de La Nación. Hasta el dictador chileno Pinochet, que por sus acciones no podía disfrutar de alguna infusión en la confitería sin tener a sus custodios militares que lo protejan.

En ese mismo rincón, abajo, hay una “cueva de alfiles” de todas las clases sociales, trabajadores y abuelos que se desconectan de las obligaciones de la vida e ignoran a la molesta rutina. Según Luis, las personas casi siempre son las mismas, todos se sientan en las mismas mesas a jugar ajedrez, backgamond o 5 guilles (un juego que tiene como elementos 3 bolas y 5 palitos). Luis recibe a los alfiles hace 38 años y todos lo conocen. Entre los alfiles, hay uno que se llama León, quién asegura que “uno no necesita de terapias” al visitar el Richmond, poder jugar ajedrez, compartir partidas, festejar movidas majestuosas, ver a campeones como Najdorf y disfrutar de su tiempo libre entre tableros de ajedrez y mesas de billar. Sin embargo, para el director de la sala de billar, apodado Charlie, la rivalidad sana que hay en las partidas de ajedrez o en las de billar está marcada por una tensión y niega el hecho de que la gente que visita la cueva para jugar lo tome como una terapia. Tal es así, que recuerda hechos como la pelea entre amigos que al salir se abrazaban como si nada hubiera pasado. Al mismo tiempo, confiesa que cuando piensa sus estrategias al jugar billar charla con su amigo invisible al que apoda “El Negro” y una vez llegó a tal intensidad su concentración que sin querer pidió dos cafés y no se dio cuenta que estaba jugando solo.

Pues, Richmond es un mundo aparte. Tranquilo, bello y único. Amado por aquellos matrimonios de abuelos que desayunaron, quizás, un té para empezar a disfrutar de la ciudad, pero con el paso de los años, era más bien un melikraton para el alma. Las rivalidades fueron los pétalos de las leyendas en aquella vereda porteña, como ese grupo imponente de “Los de Florida” que desafiaban a “Los socialistas de Boedo” y los ajedrecistas enemigos pero que eran verdaderos amigos.

En este costado del mundo; encontramos la paz, las lecturas ya eternizadas en los recuerdos de pocos, las charlas de aquellos agentes de bolsas que vienen antes de que Valentin Angel empezara a trabajar, los debates políticos en el fondo para que nadie escuche, los turistas que encuentran un estilo inglés en cada espacio, pero conquistado por la energía porteña. Como también esos clientes esporádicos que entran para pasar el rato pero corren el peligro de ser hechizados por aquellas huellas enriquecidas que han enaltecido desde el 21 de diciembre de 1917, un gran reinado.

Por Guillermo César Emanuel Fernández


Sobre esta noticia

Autor:
Guillermo César Emanuel Fernández (117 noticias)
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Tipo:
Nota de prensa
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Distribución gratuita
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Shirley (15/10/2009)

me gustó el 4to párrafo.