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Mis sueños de aventurero 2 parte, , , La ruta de la seda

21/07/2019 03:50 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Es una de las rutas clásicas más antiguas. Aquí no hay señales, ni mapa, ni navegadores con la voz de Marco Polo que ordenen virar a la izquierda en el próximo caravasar

La Ruta de la Seda por Asia central

Son las rutas de la seda, en plural, porque en realidad son una enmarañada red de antiguas rutas comerciales que unían el Mediterráneo con Oriente por Asia Central. Hay que empezar en Estambul y elegir una que vaya hacia el este y pase por alguno de los lugares más destacados de la histórica ruta comercial, como las grandes ciudades de Uzbekistán (Khiva, Bujara, Samarkanda…) o Kasgar con su mercado dominical. Conviene recorrer la mítica carretera del Karakórum y otros rincones remotos de países todos acabados en “stán” que están bastante al margen de las rutas turísticas.

La verdadera historia de Marco Polo y la Ruta de la Seda

La Ruta de la Seda se convirtió en ruta comercial en el siglo 3 a.C. y persistió hasta el siglo 16 d.C., siendo uno de los logros más significativos en la historia de la civilización mundial. Las rutas de las caravanas cruzaban Europa y Asia, hasta llegar a China, y en épocas antiguas sirvió como medio importante en las relaciones comerciales y en los intercambios culturales entre el Oriente y Occidente

La legendaria ruta de la seda fue durante muchos siglos la principal conexión comercial ante Asia y Europa. Entre Constantinopla (actual Estambul) y la ciudad china de Chang’an (hoy Xi’an) su recorrido cubría ocho mil kilómetros, pasando por cordilleras, desiertos y elevadas mesetas. No hay que imaginarla, sin embargo, como un camino único y lineal. De hecho, nadie la recorrió entera antes del siglo XIII, cuando el establecimiento del imperio mongol de Gengis Khan hizo posible el viaje, entre otros, de Marco Polo. La ruta constituía más bien una suma de etapas cortas entre los múltiples enclaves comerciales que la jalonaban. La seda fue sin duda el «producto estrella» desde que en el siglo I a.C. los chinos comenzaran a utilizarla para sus intercambios con pueblos próximos, por ejemplo con el valle de Ferghana (en el actual Uzbekistán), donde crecían afamados caballos. Los romanos la descubrieron al conquistar Partia en el siglo I a.C., y quedaron encandilados de inmediato.

La Ruta de la Seda corre del este al oeste de Asia como un largo collar, enhebrando ciudades que brillan por su historia o su belleza natural. En Xian comienza la Ruta de la Seda. Xian fue un gran centro comercial del mundo antiguo. En esta ciudad china, llamada la capital de la seda, se pueden ver monumentos históricos, como el Mausoleo del Primer Emperador Qin, con su ejército de guerreros de terracota, así como la mezquita. Lanzhou, llamada “ciudad dorada”, fue fundada a orillas del río Amarillo, en China. Además de su importancia en el comercio del oro, fue un centro de desarrollo del budismo y el taoísmo, que desde aquí se extendieron a todo el mundo. También se distingue Dunhuang, en donde se encuentran las mayores dunas de toda China

Las Grutas de Mogao, donde se instalaron los primeros monjes budistas. Kashgar, entre las montañas de Tian Shan y el desierto de Taklamakan, es un oasis que unía a varias ramificaciones de la Ruta de la Seda. Ciudad musulmana, cuenta con la mezquita más grande de China y monumentos y bazares centenarios. Jiayuguan, con su pintoresco fuerte, es el punto final de la GranMuralla China. Samarcanda, que fue declarada Patrimonio histórico de la humanidad, tiene más de 2.500 años. Situada en Uzbekistán, fue la antigua capital del país de Sogdiana, que era la lengua franca usada para el comercio en la Ruta de la Seda y muy rica en restos arqueológicos. Taskent, antiguo centro económico, hoy es la capital de Uzbekistán. La ciudad uzbeka de Bukhara, rica en tesoros históricos, fue un centro capital del Imperio Persa y de la cultura del Islam. Conserva cientos de monumentos de su época dorada durante el Imperio de Tamerlán.

Si viajamos a Uzbekistán, debemos conocer la ciudad de Khiva, ejemplo de arquitectura musulmana de Asia Central. Es remarcable el barrio amurallado de Itchan-Kala, Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 1990. Ashgabad, la capital actual de Turkmenistán, en un antiguo mapa de la Ruta de la Seda la encontramos nombrada como Konjikala, y luego como Nisa. Se encuentra en un oasis del desierto de Karakum, o “desierto negro”. De la antigua ciudad de Merv sólo quedan ruinas, cuando en el siglo XII fue la más poblada del mundo. Su trazado en la Turkmenistán actual tiene interesantes estatuas de Buda. Teherán, capital de Irán, hoy es una bonita y vital ciudad de quince millones de habitantes que vale la pena conocer. Mosul, ubicada en Irak, fue una de las capitales económicas y políticas de la Ruta de la Seda. Lugar de reunión e intercambio comercial de árabes, cristianos y kurdos, en la región se encuentran monasterios, bazares y mezquitas que recuerdan mucho la época dorada. Ankara, ubicada en la meseta de Anatolia, es la actual capital de Turquía. Cerca de la ciudad, se puede visitar la región de Capadocia, una formación geológica única en el mundo. Estambul, punto de llegada de la Ruta de la Seda, esta ciudad turca es una de las grandes capitales históricas del mundo. Antiguamente se llamó Constantinopla, y después, Bizancio. Es el puente que une a Europa con Asia. Ciudad esplendorosa y muy rica en monumentos históricos, con una gran vida cultural, social y turística.

La dinastía arsácida de Partia (o Parthia) fue la dinastía de reyes partos que reinaron en el antiguo Irán y formaron el Imperio parto. Fundada en 250 a. C. por Arsaces I, conservó el trono hasta el 224 a.C, año en el que fue reemplazada por la de los sasánidas. El último arsácida que reinó sobre los partos fue Artabano IV, que fue vencido por Ardacher I, hijo de Papak. Estaban emparentados con la dinastía arsácida de Armenia y con los reyes arsácidas de Atropatene. Después de la conquista del Imperio persa por Alejandro Magno, rey de Macedonia, Persia estuvo constantemente debatida entre las viejas tradiciones persas y el nuevo modo de vida del periodo helenístico, que los dirigentes helenos al final no fueron capaces de resolver. Finalmente, los griegos y su cultura «ciudadana», no jugaron más que un papel secundario frente a los modelos anteriores a la conquista que hicieron su reaparición con fuerza, tales como el empleo persistente del arameo en la administración y el comercio. El Imperio seléucida reinó sobre las tierras helenas de Asia después de la muerte de Alejandro. Territorio estirado hasta el extremo que descuidó sus posesiones persas por su preferencia por Anatolia y Siria. Los parnos, tribu nómada irania, sacó provecho de esta situación, que creció con la desintegración del Imperio seléucida, seguido de unas querellas de sucesión tras la muerte de Antíoco IV Epífanes en 164 a. C. El otro reino helenístico en tierras irania e india, el Reino Grecobactriano, sufrió la misma suerte, barrido por las migraciones de los nómadas yuezhi y el ascenso del Imperio Kushan. El siglo I a. C. vio desmoronarse los últimos restos de los reinos helenísticos y la emergencia de los que acabarían siendo enemigos mortales de los partos: los romanos y los Kushan, después de varias guerras y conflictos.

En 247 a. C., dos hermanos, Arsaces I (Aršak) y Tirídates, de la tribu nómada irania de los parnos, provenientes de las riberas del rio Amu Daria, ocuparon la satrapía seléucida parta del territorio de Tejen, y mataron a su gobernador Andrágoras. Esto prefiguró las grandes dificultades y sinsabores que conocería Seleuco II antes de perder el control de Bactriana, cuyo sátrapa griego Diodoto dirigió la rebelión (futuro Diodoto I). Los partos estuvieron a la defensiva durante casi un siglo, durante el cual la escena mundial se transformó radicalmente. En 190 a. C., el rey seléucida Antíoco III el Grande sufrió una derrota aplastante por parte de los romanos en la Batalla de Magnesia, en Magnesia del Sipilo, lo que marcó el inexorable declive de su reino. Tras la muerte de Antíoco IV en 164 a. C., estallaron luchas intestinas en el seno de la dinastía real, dejando la vía libre a las campañas de Mitrídates I de Partia durante su largo reinado de 171 a 138 a. C. Mitrídates I, anexionó las provincias de Media, Susiana, Persis, Caracene, Babilonia, Asiria, al oeste, y las de Gedrosia y Sistán, al este. Se apoderó también de Seleucia del Tigris, que era la segunda ciudad más grande del Asia occidental. Los partos respetaron la autonomía y las instituciones griegas de Seleucia, y fundaron, enfrente, en la orilla izquierda del Tigris, la ciudad de Ctesifonte, la nueva capital del nuevo imperio. Durante el reinado de Demetrio II Nicátor, los seléucidas intentaron reconquistar los territorios perdidos, pero en 139 a. C., el rey perdió frente a la caballería parta y fue hecho prisionero por Mitrídates I, quien le trató bien, incluso le dio a su hija en matrimonio, no obstante, le mantuvo en cautividad en Hircania hasta su muerte.

La red de caminos comúnmente conocida como la “Ruta de la Seda” fue el resultado de la expansión de los intercambios comerciales y culturales entre China y la cuenca del Tarim. A finales del siglo XIX, Ferdinand von Richthofen denominó “Ruta de la Seda” (Seidenstraße) a los numerosos itinerarios comerciales y culturales por tierra, tanto primarios como secundarios, que aseguraron los intercambios dentro de Asia Central. Desde los Han a los Tang, las rutas alrededor del desierto del Taklamakan, en la cuenca del Tarim, conectaban las capitales chinas de Chang’an (el moderno Xi’an) y Luoyang con las fronteras occidentales. En Dunhuang las rutas se bifurcaban en las ramificaciones norte, sur y central, alrededor de la cuenca del Tarim. La ruta norte empezaba en la Puerta de Jade, a las afueras de Dunhuang, y proseguía hacia el oasis de Turfán, cerca del complejo de cuevas budistas de Bezeklik. Desde Turfán, esta ruta continuaba por las estribaciones del Tianshan hacia Karashahr y Shorchuk (cerca de la moderna Korla) antes de llegar a Kucha, un oasis rodeado de cuevas budistas como Kyzil y Kumtura. La ruta norte continuaba por Aksu, una encrucijada de las rutas del Tianshan, y por Maralbashi, cerca de las cuevas budistas de Tumshuk, hasta Kashgar, donde volvía a conectar con la ruta sur.

LA RUTA DE LA SEDA

La ruta sur empezaba en la puerta de Yangguan en las afueras de Dunhuang y continuaba por los oasis que bordeaban por el sur el desierto de Taklamakan, entre los cuales se encontraban Miran, Charklik, Cherchen, Endere, y Niya. Esta ruta seguía la ladera norte del Kunlum hacia Khotan y Kashgar. Una ruta intermedia se dirigía desde Dunhuang hacia la guarnición militar de Loulan en el lago Lop-nor, donde se bifurcaba hacia Miran, en la ruta sur, y Karashahr, en la ruta norte. Los itinerarios de los viajeros alrededor de la cuenca del Tarim dependían de sus objetivos y destinos, el entorno físico y político, y las condiciones económicas. En su sentido más amplio, las rutas de la seda se extendían hasta el Mediterráneo a lo largo de un itinerario descrito en las Mansiones Parthicae de Isidoro de Charax en el siglo I. Las rutas terrestres partían del Mediterráneo a través de Siria hacia Mesopotamia, el antiguo Irán y la Margiana (Merv), en el oeste de Asia Central. Las rutas desde la Margiana llegaban a Bactria, en el valle del Oxus, o se bifurcaban al norte hacia la Sogdiana y continuaban a través del valle de Ferghana y la cordillera Alai hacia Kashgar. A través de las montañas del Karakorum, rutas capilares unían directamente las rutas de la seda de Asia Central oriental con las arterias mayores del subcontinente indio. La “ruta norte” (Uttarapatha) que se extendía desde la Bactria hasta el norte de India estaba conectada con la “ruta sur” (Dakshinapatha) en la meseta de Decán y los puertos marítimos de la costa oeste de India. El Periplus Maris Erythraei describe el próspero comercio marítimo entre el oeste y el sur de la India, Arabia, Egipto y el Imperio Romano durante el siglo I de nuestra era.

Muchos son los artefactos que dan pruebas de conexiones comerciales a larga distancia y de transmisión cultural entre China, Khotan en la ruta de la seda sur, y las fronteras noroccidentales del subcontinente indio. Los fragmentos de finos tejidos de seda chino reflejan el comercio a larga distancia o las relaciones tributarias con Khotan durante el siglo III y principios del IV de nuestra era. Monedas de los gobernantes indo-escitas (Saka) y Kushan y un manuscrito incompleto de una versión Gandhari del Dharmapada fueron encontrados cerca de Khotan. Otros objetos importados a Khotan desde el noroeste del subcontinente indio incluyen pequeñas esculturas de piedra de Gandhara y figuras modeladas en terracota. El comercio a larga distancia de objetos budistas de gran valor (como manuscritos, pequeñas esculturas, estupas en miniatura y posiblemente reliquias) prefiguró las posteriores conexiones entre las comunidades budistas en Khotan y Gilgit. Khotan no fue sólo un centro comercial y religioso del suroeste de la cuenca del Tarim, sino que funcionó también como punto de conexión entre China, India, el oeste de Asia Central e Irán. El reino de Shanshan, que floreció en la ruta de la seda sur, entre Niya y Loulan hasta el siglo IV dC, se benefició del comercio a larga distancia entre China y el este de Asia Central. La seda china fue probablemente usada en transacciones comerciales a cambio de objetos de lujo de estas regiones, ya que la seda era preferida como moneda a las piezas de cobre.

La prosperidad económica de los oasis agrícolas y los centros comerciales de la ruta sur permitieron a las comunidades budistas establecer estupas y monasterios. Como Marilyn Rhie señala en Early Buddhist Art of China & Central Asia, las esculturas budistas de Miran y Khotan guardan muchas similitudes con las tradiciones artísticas de Gandhara, Swat, y Cachemira en el noroeste del subcontinente indio. Las pinturas murales de Miran reflejan lazos tanto con el arte del oeste de Asia Central como con el noroeste de India. Los documentos administrativos encontrados en Niya, Endere, y Loulan escritos en lengua gandhari y kharoshti demuestran los lazos lingüísticos y culturales entre los oasis de la ruta sur y el noroeste del subcontinente indio en los siglos III y IV d.C. Las rutas intermedias a través de Karashahr y las rutas norte a través de Turfan eclipsaron probablemente la ruta sur hacia el siglo V. La mayoría de yacimientos arqueológicos de importancia de la ruta norte están situados alrededor de Kucha y del oasis de Turfán. Las pinturas murales en las cuevas-monasterio, la arquitectura de las estupas, los artefactos y otros restos de aproximadamente los siglos III-VII d. C. en los yacimientos alrededor de Kucha muestran más afinidades estilísticas con el noroeste del subcontinente indio, el oeste de Asia Central y Irán, que con China. Los yacimientos situados más al este a lo largo de la ruta norte, pertenecientes a fechas relativamente más tardías, en los siglos VII-X d.C., revelan elementos más chinos y turcos.

Las pinturas murales de las cuevas-monasterio de Kyzil demuestran continuidades entre el arte de la parte oeste de las rutas norte y las tradiciones artísticas de Swat, Gandhara y Persia Sasánida a mediados del primer milenio. Monjes y mercaderes que viajaban por las rutas norte y sur fueron los responsables de los contactos comerciales, religiosos y culturales entre India, Asia Central y China. Los restos materiales de los yacimientos situados a lo largo de las rutas de la seda reflejan las estrechas relaciones entre el comercio a larga distancia y los patrones de transmisión cultural y religiosa. La demanda de seda china y objetos de lujo, de gran valor pero poco volumen, estimuló el comercio. Objetos valiosos como el lapislázuli, los rubíes y otras piedras preciosas de las montañas de Afganistán, Pakistán y Cachemira provocaron probablemente que los viajeros se aventuraran por estas difíciles regiones. Algunos de estos productos fueron objetos preferentes de las donaciones budistas, tal y como atestiguan las referencias literarias budistas a las “siete joyas” (saptaratna) y a los depósitos de reliquias. Ver Xinru Liu, Ancient India and Ancient China. El comercio a larga distancia de objetos de lujo, que estaban relacionados con la transmisión del budismo, provocó un incremento de la interacción cultural entre Asia del Sur, Asia Central y China.

La historia siempre ha estado repleta de incógnitas y continúan siendo notables las lagunas que nos restan por completar. Así que, en plena región china de pretensiones ardientemente separatistas y recientes circunstancias sangrientas, los tocarios, hace unos cuantos siglos ya, fueron una asombrosa excepción cuya rareza podría poseer la clave del pasado de Eurasia. Provincia de Xinjiang, la más occidental de la República Popular China. Situada entre Mongolia y el Tíbet, paso obligatorio y privilegiado de la antigua Ruta de la Seda. Perenne encrucijada ­histórica de pueblos y culturas, lo que siempre favoreció que fuese una zona conflictiva, tanto en el pasado como en el presente. Ajena y sin vinculación a nuestro mundo, el del bautizado como Viejo Continente. Es allí, en el Turkestán oriental, en la cuenca del río Tarim, donde a finales del siglo XIX se encontraron en un monasterio budista una serie de manuscritos –siglos V-VIII d. C.– que contenían, aparte de las esperadas ­lenguas afines a la zona –chino, mongol, sánscrito y variedades iranias–, dos completamente desconocidas. Tras varias expediciones internacionales posteriores y los consiguientes hallazgos de más manuscritos, en 1908 los alemanes Emil Sieg y Wilhelm Siegling lograron descifrar esas dos lenguas y, lo más extraordinario, establecieron que su carácter era indudablemente ­indoeuropeo.

Dos lenguas indoeuropeas totalmente ­aisladas, rodeadas de un océano de variedades chino-tibetanas y uralo-altaicas. Y lo que es más desconcertante, estas dos lenguas nuevas poseían rasgos que las vinculaban con las del tronco indoeuropeo del oeste de Europa –itálico, germánico, celta–, no con las más próximas geográficamente de Oriente –indoiranio–. Las dos nuevas lenguas, que comenzaron denominándose kuchita y turfanés, por las ciudades donde fueron halladas, Kucha y Turfán, eran ininteligibles entre sí. No obstante, se descubrió que una de ellas era una variedad muchísimo más arcaica, y ambas procedentes a su vez de una lengua común, probablemente del primer milenio antes de Cristo. ¿Quiénes hablaron estas lenguas? ¿De dónde vinieron? ¿Cuándo llegaron, desaparecieron y por qué? Aún hoy no tenemos respuestas infalibles a estas cuestiones. Los problemas sociales, económicos y políticos que a lo largo del siglo XX sacudieron la región, impidieron y ralentizaron las investigaciones. Sin embargo, aunque todavía se tiene poca información, son suficientes para otear un panorama donde las piezas del puzzle pueden ir encajando poco a poco. El lingüista Friedrich W. K. Müller propuso llamar a las lenguas y pueblo recién descubiertos, tocarios. Parecía además corresponderse con aquellos a los que las fuentes chinas llamaban tu-ho-lo y las indias tukharas. Pero se trató de un error de interpretación en el pie de texto de un manuscrito y, a pesar del equívoco, el término se impuso irremediablemente.

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Finalmente, quedaron bautizados como tocarios, y a las variedades lingüísticas se las llamó tocario A y tocario B. Este desliz inicial, aunque proveyó de un nombre al nuevo hallazgo, no esclareció ni mucho menos la identidad de este pueblo. Y en el presente se siguen manteniendo bastantes hipótesis al respecto. Las fuentes en su mayoría son externas, relatos legendarios y textos de otros pueblos como chinos, hindúes o greco-romanos. Existen diversas fuentes occidentales que se han relacionado posterior y necesariamente con los tocarios y que nos muestran la existencia del país de los Serica, “país de la seda”, ubicado en Asia Central. Ptolomeo y Plinio el Viejo, por ejemplo, lo sitúan con Escitia al oeste, la India al sur y los sinae –chinos– al este. Plinio el Viejo hizo además una elocuente descripción de los Serica, que siempre se había considerado incongruente, pero que en el nuevo paisaje tocario adquirió un sentido clarificador: “Esta gente (…) excede la estatura ordinaria humana, posee cabellos del color del lino, ojos azules y hacen una especie de ruido tosco al hablar, no tienen una lengua apropiada para el comercio”. Obviamente, se refería a un pueblo caucasoide, indoeuropeo, y el historiador y ­geógrafo griego Pausanias también compartía esa visión. El Imperio romano, aparentemente y según sus registros, no llegó a contactar directamente con el pueblo chino, sino más bien con los habitantes de diversas ciudades-estado sitas en la Ruta de la Seda. Pero el hecho de que estos individuos sí mantuvieran relaciones comerciales con los sinae, suponía un adelanto de varios milenios en los cálculos que se conjeturaban sobre los primeros intercambios culturales entre indoeuropeos y poblaciones chinas.

 

 

 

 

 

FUENTES

Https://es.wikipedia.org/wiki/Marco_Polo

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Anaya (69 noticias)
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