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Un viaje por la infancia del crack

06/09/2009 14:53 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Detrás de La Pulga existe un pasado que lo marcó para siempre: el barrio en el sur de Rosario, su abuela Celia, su escuela y el fútbol de las inferiores

ROSARIO.- Más allá de sus gustos musicales por la cumbia, cada tanto en su camioneta suena la zamba "Rosario de Santa Fe", que, en la versión de Soledad, lo moviliza: "Recuerdo que nunca olvido, Rosario de Santa Fe; el pago donde he nacido, lejano rincón querido?". Mucho más que el lugar donde nació, esta ciudad es, acaso, el espacio del planeta que contiene su vida y todo lo que la rodea. Aquí, Lionel Andrés Messi viene cada vez que puede a reunirse con la mitad de la familia que no ve tan seguido.

La Pulga nació el 24 de junio de 1987 en el Hospital Italiano Garibaldi. El médico Norberto Odetto, que atendió el parto de Celia Cuccittini de Messi, le informó a su esposo, Jorge, que su tercer hijo había nacido con un peso de 3, 600 kilos. Está confirmado: nació en la Argentina, creció en un barrio que sabe de alegrías y de penurias y en sus potreros aprendió cada secreto y cada arte de la pelota. Una sola paradoja distancia a Messi de nuestro país: tan sólo unos pocos pudieron darse el lujo de verlo brillar de cerca antes de que jugara en primera división. Quizá por eso este viaje a su infancia muestre las páginas desconocidas de la vida del crack que hace una semana fue elegido el mejor jugador de Europa y que va camino a ser el N° 1 de la FIFA.

En el barrio General San Martín, donde predominan las casas bajas y grises, los hombres montan sus bicicletas y salen en busca del pan diario. A metros del Regimiento 121, vivió su infancia junto con su familia, compuesta además por sus hermanos Rodrigo, Matías y María Sol. Entre cortadas y calles sin salida, lo llamaban Pulguita y sus amigos, Piqui . "En el barrio, nadie se olvida de los pelotazos de Leo al portón de su casa a la hora de la siesta. Todos le pedían que aflojara un poco", cuenta Claudio Biancucchi, el tío de Leo y el padre de sus primos Maxi y Bruno (el primero juega en Flamengo y el último, en Munich 1860).

En el sur de Rosario, en la calle Laferrere al 4700, a un costado de los complejos del Fonavi, está la canchita de tierra -sólo con pasto en los córners- del club Grandoli. Ese es el lugar donde Lionel jugó por primera vez. Don Carlos, el responsable de las actividades, anuncia desde la ventana de su quiosco la mala noticia de que hace unos meses falleció Salvador Aparicio, el primer entrenador en la meteórica carrera del pibe por el que hoy habría que desembolsar unos 250 millones de euros para comprárselo a Barcelona.

La caminata por esas calles desparejas, entre tierra, asfalto y cascote, entrega datos sobre quién realmente despertó el talento de este niño prodigio con la pelota: su abuela materna, Celia. Ella fue la que le regaló la primera redonda, la que llevaba a Leo de la mano a ver jugar a Rodrigo y Matías -los hermanos mayores- en Grandoli. Y fue doña Celia la que obligó a "Apa", como se recuerda a Aparicio, a ponerlo cuando faltaba uno para completar el equipo. "Mi suegra fue una visionaria -cuenta con emoción Jorge, el papá de Lionel-. Ella le dijo a Don Apa que lo pusiera a jugar. Me acuerdo que Apa le dijo: Está bien, pero se lo pongo cerca de la raya, así cuando llora lo saca usted solita . Ese día Leo la rompió y desde entonces jugó siempre de titular."

El 21 de marzo de 1994, con la ficha 99231, fue inscripto en Newell´s, donde se desempeñó en categorías con compañeros que eran dos años mayores que él. Uno de los integrantes de aquel plantel, Lautaro Formica, compartió aquellos años con Messi y asegura que "acariciaba" la pelota. "Cuando teníamos 11 años, jugamos un torneo en Balcarce y fuimos el comentario de todos. Me acuerdo que Messi hizo un desastre. Después de que la agarraba, los rivales sacaban del medio. A veces los del fondo nos aburríamos mucho porque casi todo lo resolvía él", explica el actual defensor de Godoy Cruz. Uno de sus entrenadores de entonces, Carlos Morales, recuerda: "Nos decían la Maquinita 87, goleábamos por todos lados. Lionel fue, y es, un distinto. Todo lo que imaginaba, después, lo hacía en la cancha".

Los años en el jardín y de la primaria transcurrieron en la Escuela N° 66 General Las Heras. En el patio llama la atención un palo borracho que Messi esquivaba con bollitos de papel o plasticolas. En ese lugar donde también estudió Horacio Ameli, Lionel dejó gratos recuerdos. "Era un chico de lo más tranquilo. Un dulce", relata Monica Dómina, su maestra de primero a tercer grado. "A Leo siempre lo llamaban los grandes para que jugara en sus equipos. Todos lo querían tener para ganar los intercolegiales rosarinos", agregó Mónica.

Diana Ferretto, su maestra de jardín, no olvida la mirada angelical de la Pulga: "Sus ojos hablaban por él. Tenía un ángel especial, porque los chicos del curso lo seguían y lo protegían mucho".

Los estudios secundarios no los pudo comenzar en la Argentina, pues en ese momento apareció el ofrecimiento de Barcelona para sumarlo a sus inferiores y, lo más importante, hacerse cargo del tratamiento hormonal. Su círculo íntimo confiesa que le costó la adaptación en Cataluña. "Los primeros meses en Europa fueron duros. Cuando hablábamos por teléfono, lo notaba triste", comenta Cintia Arellano, su gran amiga de la infancia. Tuvo que despegarse de sus amigos, sus familiares y pasar algunos días sólo con su padre, ya que la familia debió dividirse en dos. "Hoy todos ven el final de la historia, pero no fue fácil. En un momento casi pegamos la vuelta definitivamente. Pero él tenía muy clara su intención de jugar en Barcelona", cuenta Jorge Messi, quien maneja la imagen y la representación de su hijo.

Se mudó a la ciudad condal y se convirtió en una estrella. Lo que vino después es conocido, es cierto, pero la verdadera historia, escondida entre la timidez de algunos y el silencio de otros, aparece, sorprende y crece a pasos agigantados.


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